Joe Heaney fue un intérprete de canciones tradicionales irlandesas. Esas cantadas a capella, contando historias de gente común, de sus trabajos duros, sus vidas difíciles y sus alegrías cotidianas. Canciones intensas y melancólicas cantadas generalmente en un pub, en el campo o en una pausa en el trabajo. Heaney tuvo un origen campesino y una vida de trabajo y sacrificios, grabó cientos de canciones tradicionales en inglés y en gaélico y logró cierta celebridad cuando en 1965 fue invitado al festival de música Folk de Newport, momento en que decidió quedarse a vivir en Nueva York.

El realizador Pat Collins decide contar su historia no como una  biopic tradicional o como un documental, sino como un experimento mezclando la biografía de ficción con el material de archivo. El resultado es un film menos preocupado por hacer un racconto de momentos históricos o anécdotas y más interesado en entender al hombre y transmitir como esa vida fue formando al artista. A medida que avanza la historia y el personaje se va haciendo público se da lugar a imágenes de archivo del verdadero Heaney y fragmentos de entrevistas, a veces en off mezcladas con la recreación, sin que medie ni parezca necesaria mayor explicación. El recurso aparece bien avanzado el relato pero a partir de allí su presencia recurrente se vuelve natural.

El relato se divide en tres partes que son tres momentos históricos en la vida de Heaney interpretados por tres distintos actores. La primera parte es la de la niñez en un aislado pueblo de la costa irlandesa, con imágenes de la cotidianeidad de esos trabajadores, campesinos y pescadores que parecen tomadas de El hombre de Aran (1934) de Robert Flaherty y forman la escuela de vida y música del protagonista. La segunda parte es la de Heaney a sus 40, entrando al mercado laboral en la ciudad, sobreviviendo con empleos temporales en la construcción mientras pasa las noches cantando en los pubs. La tercera y última es la de Healey en sus 60 años, ya un artista conocido, establecido en Estado Unidos pero con la nostalgia permanente por su origen, por los lugares e historias sobre las que estuvo cantando toda su vida.

La preciosa fotografía en blanco y negro remarca la sensación de gravedad, del agobio de las vidas sufridas. El tono es sobrio, contemplativo y quizás un poco solemne, pero teniendo en cuenta el entorno que se muestra, el carácter del personaje y el espíritu de su arte, la elección parece coherente y hasta inevitable.

Song of Granite / Canción de granito, de Pat Collins (Irlanda, Canadá, 2017)

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