Armado con fragmentos en donde Jonathan Pryce hace las veces de Cary Grant y con imágenes filmadas por el mismísimo Cary Grant, la película es una más bien adocenada mirada a la vida sufrida de un cockney abandonado por su padre y con una madre internada en un asilo de insanos a la que sacó de allí treinta años después de que la internaran. Grant durante años creyó que su madre estaba muerta. El documental asume que cuando el actor entró a un tratamiento psiquiátrico basado en la utilización de LSD, una práctica que fue un hitazo en Hollywood, el actor se hallaba inmerso en una crisis profunda.

Los textos de Cary son bastante transparentes al respecto, el actor favorito de mucho de los grandes directores de esos años sentía que algo faltaba, que su imagen pública era una fachada que le venía bien como actor pero que lo hacía vivir triste e insatisfecho. De esa época data una respuesta a un periodista al que le dijo “Todos quieren ser Cary Grant, incluso yo quiero serlo”. El asunto es que entre su historia personal y esta incomodidad ante el mundo, Crant acumuló casamientos ya que no terminaba de relacionarse en serio con las mujeres que se le acercaban y ya mayorcito logró armar una familia y son las mujeres de esa última etapa de su vida, su hoja incluida las que están detrás de este documental que tiene buenas escenas de las películas de Cary, pero no muestra en pantalla a Randolph Scott el que según muchos de los biógrafos de esa etapa de Hollywood, fue su gran amor y al que tuvo que dejar de tratar por presiones de los grandes estudios sobre ambos actores. Así se escribe la historia.

Becoming Cary Grant, de Mark Kidel (Francia, 2017)

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