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Como si fuera necesario, Abbas Kiarostami con 24 frames -su obra póstuma- se reconfirma no solo como uno de los grandes cineastas de nuestro tiempo sino como un teórico de la imagen; de esos que se permiten apostar más allá de lo puramente cinematográfico.

Veinticuatro tomas en principio fotográficas registradas por el mismo director durante algunos años, intervenidas todas y sin excepción digitalmente, responden a infinidad de interrogantes acerca de la naturaleza de las imágenes, de la incidencia del orden sonoro, de la pertinencia de los encuadres, de la poeticidad de aquello que vemos, de la irrupción del orden digital en el cine. Qué sucede antes o después del momento de registro de una fotografía quizá sea la pregunta disparadora que se hace el maestro iraní, pero lo cierto es que la visión de la película nos interpela (en el más amplio y positivo sentido de esta palabra tan ajada) y a la vez dispara como una ametralladora bella y silenciosa, demasiados interrogantes. Sin duda, la última película que el maestro no llegó a ver sea una deliberada posibilidad de rever toda su obra desde otras concepciones. 24 frames no es solo el “testamento” de Kiarostami es también su manifiesto más agudo, más inteligente que cuestiona el pasado, el presente y el futuro de las imágenes en su totalidad. No es una película, es un ensayo poético que interroga la ontología de las imágenes. Esa sucesión de imágenes y sonidos apela a otro tipo de a otro tipo de percepción; más sensorial, más tangible; es una cadena sonora que mistura música con sonidos de la naturaleza proponiendo la importancia y la relevancia del registro sonoro en el cine. En definitiva, como los grandes maestros de nuestro tiempo, Kiarostami no deja de hacerse la pregunta acerca de cómo, desde dónde, con qué sentido se puede representar la realidad. Lo interesante es que el maestro no responde, solo con cada una de esas veinticuatro imágenes se pueden entrever sus preocupaciones acerca de la entidad de las imágenes en la actualidad, sobre aquello que se ha perdido, sobre la naturaleza de lo que viene.

El título de la película reviste cierta ambigüedad, explícita, consciente; “frame” es un fotograma, pero también es un “marco” y es además un término muy usado en la informática. De ahí que ya desde el titulo se apela a la confluencia de varios espacios; el cinematográfico (esos 24 cuadros por segundo que sugieren la ilusión de movimiento), el de la tecnología (como aquello que se puede “hacer” con las imágenes que han perdido su referente) y el de la pintura (como estatuto de la obra de arte).

24 frames propone un dialogo no solo de espacios artísticos como el cine y la pintura, sino de tradiciones como la hollywoodense y la experimental, como la que dio origen el cine –la fotográfica- y la influencia de la digitalización de las imágenes. Una obra que dialoga consigo misma y dialoga con los espectadores proponiéndoles interrogantes que no se responden, solo se sugieren. Esos árboles, esa nieve, esas ventanas abiertas, esos animales, esas pocas personas que aparecen, ese sonido del viento, esa chica que se queda dormida frente a una computadora se alinean en un orden estético y no narrativo, de ahí deviene la capacidad de esperar y pensar en la secuencia que viene. Imágenes que se suceden y la curiosidad de un maestro que nos deja, como legado, no sólo un corpus de películas extraordinarias sino 24 frames, donde expone un mundo donde las certezas han perdido su relevancia.

24 FRAMES
24 Frames. Irán/Francia, 2017.
Dirección: Abbas Kiarostami. Sonido: Ensiyeh Maleki. Distribuidora: 996films. Duración: 114 minutos.

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