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Soledad Rosas era joven incorfomista, no se sentía cómoda en el medio burgués en que le tocaba vivir cuando salió de viaje a los 22 años, en un periplo organizado por sus padres que trataban de entender a esa hija que no se amoldaba a nada de lo conocido. En ese viaje Soledad conoció al amor de su vida Edo y junto a él se inició en una forma de vida alternativa, guiada por ideales anarquistas bien concretos lo que la llevó a vivir como “squater” y a comprometerse con el tema del cuidado de la naturaleza y la calidad de vida. Allí abrazó el ideario vegano y la práctica la urinoterapia conformando un tono, una visión particular del mundo acompañada por hechos concretos. En ese camino de compromiso conoció a Edo en el grupo anarquista al que se unió para luego involucrarse en una lucha concreta contra un complejo ferroviario que el estado italiano quería instalar en Turin. A partir de ese compromiso la policía y la Justicia pusieron la atención sobre las actividades de los anarquistas y comenzaron a vigilarlos. Esa vigilancia se hizo efectiva a través de seguimientos telefónicos y de espías en las calles de Turín.

A partir de ahí comenzó el armado de una causa que incluyó llamados grabados con otro grupo anarquista violento y la alarma cuando se detectó la compra de material que podía usarse para actos terroristas. Lo que siguió fue una brutal intervención estatal, cárcel y tortura de los militantes y el suicidio de Edo, en largo proceso judicial en el cual Soledad se negó a tomar algunos atajos que los abogados le recomendaban y que estaban a su disposición por ser extranjera. Pero Soledad entendía que usar los artilugios legales de una sociedad a la que ella le había declarado la guerra era una traición a los ideales de su pareja. Soledad obtuvo el beneficio de una cárcel domiciliaria donde después de un tiempo se suicidó. Con el tiempo el estado italiano tuvo que admitir que no existían pruebas de las actividades delictivas del grupo al que habían pertenecido Sole y Edo.

Esta historia fue investigada por el periodista Martín Caparrós y le sirvió para editar su libro “Amor y anarquía: la vida urgente de Soledad Rosas, 1974-1998”, que es la base para el guion de Soledad que dirigió Agustina Macri.

La elección de Vera Spinetta para darle vida a Soledad no pudo ser más acertada, mientras que el resto del elenco se compone de actores argentinos de reconocida trayectoria como Luis Luque y Silvia Kutica más otros italianos. Soledad es una producción importante que cuenta una historia trágica y trata de entender a una joven argentina, que mientras vivió en la casa de los padres no había demostrado interés político alguno -la propia hermana de Soledad lo dice a cámara- y que al irse a Europa encontró al amor de su vida y una causa que terminó transformándolo en un símbolo de lucha para muchos grupos anarquistas europeos.

La extrañeza de la familia se traslada en cierta forma al guión y si Vera Spinetta se mete de lleno en el retrato posible de Soledad Rozas y el guión se ajusta a los hechos, al espectador la historia se le vuelve confusa quizás porque falta algo del fuego que Soledad y Baleno encontraron dentro de ellos para enfrentar a la sociedad. El nervio anarquista desaparece un poco tras la historia de amor Vera Spinetta-Soledad se apodera de la película, pero la razón de Estado que se impuso y condenó a esos dos amantes se vuelve difusa. En la vida real Soledad Rozas escribió una carta (*) después de la muerte de Baleno que aparece en el libro de Caparrós y cuyo espiritu no termina de aparecer en la película, que de todas maneras es el retrato de una vida que encontró en el amor su razón de ser y su final, todo al mismo tiempo. En ese sentido se podría afirmar que Soledad es al anarquismo lo que Tango feroz fue a la historia del rock nacional.

SOLEDAD
Soledad. Argentina/Italia, 2017.
Dirección: Agustina Macri. Guión: Agustina Macri y Paolo Logli. Intérpretes: Vera Spinetta, Giulio Maria Corso, Marco Leonardi, Luis Luque, Marco Cocci, Silvia Kutika, Fabiana García Lago, Flor Dyszel, Julián Tello, Maurizio Lombardi. Producción: Rodrigo H. Vila y Alfredo Federico. Distribuidora: Buena Vista. Duración: 100 minutos.

(*) “Compañeros y compañeras: La rabia me domina en este momento. Siempre he pensado que cada unx es responsable por sus actos, pero esta vez hay culpables y lxs quiero mencionar en voz alta, son aquellxs que mataron a Edo: el Estado, lxs jueces, lxs abogadxs, la prensa, el T.A.V., la policía, las leyes, las reglas y toda la sociedad de exclavxs que acepta este sistema. Siempre luchamos contra esta dominación y es por ello que hemos terminado en la cárcel. La cárcel es un lugar de tortura física y psíquica, aquí no se dispone de absolutamente nada, no se puede decidir a qué hora levantarse, qué comer, ni con quién hablar, ni con quién encontrarse, ni a qué hora ver el sol. Para todo hace falta hacer una solicitud, hasta para leer un libro. Ruido de llaves y cerraduras que se abren y se cierran, voces que no dicen nada, voces cuyo eco se escuchan en los pasillos fríos, zapatos de goma que no hacen ruido y una linterna que en los momentos menos pensados está ahí para controlar tu sueño, correo controlado, la palabra prohibida. Todo un caos, todo un infierno, toda la muerte. Así es como te matan día a día, despacio pero seguro para hacerte sentir más dolor. Por eso Edo ha decidido terminar abruptamente con este dolor infernal. Al menos él se permitió tener un último gesto de mínima libertad, de decidir él mismo cuando terminar con esta tortura. Entre tanto, me castigan a mí y me ponen en incomunicación. Eso significa no sólo no ver a nadie sino tampoco recibir ningún tipo de información, no tener una frazada para taparse. Ellxs tienen miedo de que yo me suicide. El mío es un aislamiento cautelar, lo hacen para “salvaguardarme”, y así no tener que asumir la responsabilidad si yo decidiera también ponerle fin a esta tortura. No me dejan llorar en paz, no me dejan tener un último encuentro con mi Baleno. Veinticuatro horas al día, un agente me custodia a cinco metros de distancia. Después de lo que pasó, lxs políticxs del partido verde que vinieron para darme su pésame y para tranquilizarme no se les ocurrió nada mejor que decirme que ahora seguramente todo se va a resolver más rápido, ahora todxs van a seguir con más atención el proceso y pronto te darán arresto domiciliario. Después de este discurso me quedé sin palabras, estaba sorprendida, pero pude preguntarles si se necesita de la muerte de una persona para conmover a un pedazo de mierda, en este caso el juez. Insisto, en la cárcel ya mataron a otrxs y hoy mataron a Edo, estxs terroristas con licencia para matar. Voy a buscar la fuerza de alguna parte, no sé de dónde, sinceramente ya no tengo ganas pero tengo que seguir, lo hago por mi dignidad y en nombre de Edo. Lo único que me tranquiliza es saber que Edo ya no sufre más. Protesto, protesto con mucha rabia y mucho dolor.

Sole

P.D.: Si el hecho de encarcelar a una persona es un castigo, entonces a mi ya me castigaron con el asesinato de Edo. Hoy empecé la huelga de hambre. Quiero mi libertad y la destrucción de toda esta institución carcelaria. La condena la voy a pagar todos los días de mi vida.

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