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Shane Black no es ajeno al universo de El Depredador. El mismo participó como actor en la primera película de la serie, la de 1987 dirigida por John McTiernan, y le cabe el honor nada despreciable de haber sido la primera víctima de la célebre criatura. Treinta y un años después, con cinco películas de lo que ya se convirtió en franquicia, y con Black asentado y muy solicitado en Hollywood, a aquella primera víctima le llega su revancha haciéndose cargo del boliche como director y co-guionista de esta última entrega. La idea al principio era hacer un reboot de la saga, borrón y cuenta nueva. Pero esa primera intención derivó en una secuela con lazo directo a la original, haciendo referencia a aquel primer encuentro cercano, sin tratar de borrar las cuatro películas del medio pero sin tampoco tomarlas muy en cuenta.

El protagonista vuelve a ser un soldado: Quinn (Boyd Holbrook), un sniper que se encuentra en medio de una misión en la frontera mexicana y tiene la ¿suerte? de que una nave caiga derribada delante suyo. Ante el desastre que tiene ante sus ojos, a nuestro simpático asesino de precisión lo que se le ocurre es tomar de entre los restos un casco y una muñequera (que sabemos que son armas temibles) y mandárselas a sí mismo por correo para que las autoridades no se apoderen de ellas. El paquete viene a caer en la casa de su ex, Emily (Yvonne Strahovski), y en las manos de su pequeño hijo Rory (Jacob Tremblay) que a pesar de ser un poco autista es también un poco genio y no tarda mucho en activar los instrumentos. Además del rastreador que les viene adosado. Quinn se escapa de la custodia gubernamental junto a una científica y un grupo de veteranos con algunos problemitas mentales para tratar de llegar a tiempo antes que el Depredador sobreviviente vaya a la casa familiar a recuperar sus juguetes con el esperable desparramo de sangre.

Habíamos dicho que esta última película no tomaba en cuenta más que a la primera. Sin embargo algo quedó de la inmediatamente anterior Depredadores de 2010. Hasta entonces, enfrentamientos con Aliens incluidos, el tono era serio, con algún ligero y discreto toque de humor, pero mayormente grave y oscuro. A partir de Depredadoresuna vocación de chacota, absurdo y derrape general se apoderó de todo y esto es lo que ahora continúa. Los antecedentes de Shane Black hacen que esta elección no sorprenda. En los últimos años dirigió Entre besos y tiros (2005), Iron Man 3 (2013) y Dos tipos peligrosos (2016), todos films orientados a la acción combinada con la comedia. Además de ser el guionista de viejas glorias en la misma vena como Arma mortal (1987), El último Boy Scout(1991) o El último héroe de acción (1993). Entretenimientos livianos, contundentes y sólidamente construidos en su aparente simpleza. El otro co-responsable del guión no es otro que Fred Dekker a quien le debemos clásicos de terror adolescente ochentero como Night of the Creeps (1986) y The Monster Squad (1987). Con esta dupla es fácil imaginar para donde van los tiros.

Se trata principalmente de una comedia de acción, con elementos de terror, ciencia ficción y bastante gore. Black ya viene hace rato con el formato Buddy Movie y aquí lo amplía al de película de pandilla, con un protagonista definido y un grupo de que lo secunda, desastroso, inconsciente e irresponsable pero con códigos de lealtad. El grupo de inadaptados obligados a ser héroes, al estilo de Los doce del patíbulo, que carga además con la mayor parte de las situaciones humorísticas. La Dra. Bracket, la científica interpretada por Olivia Munn, viene a ser el contrapunto serio y centrado, pero a veces también se le sale la cadena. Como personajes tenemos un niño autista objeto de burla de sus compañeros de colegio y tenemos también uno de los veteranos con síndrome de Tourette de quien surgen unas cuantas situaciones humorísticas cuando se brota. La trivia dice que Black también tiene Tourette así que suponemos que eso lo autoriza a reírse del tema. Podemos agregar que, para equilibrar estas incorrecciones, el personaje femenino de la científica es fuerte, decidido y no tiene nada ni de recurso sexy ni de damisela en peligro. Por el contrario es la que salva las papas en más de una ocasión.

A la mitología de la serie, a la cual todas las películas van añadiendo algo, esta incorpora una nueva especie/facción de Depredador, ciertas intencionalidades siniestras para con respecto a la tierra y hasta una suerte de perro extraterrestre de presa (como para usar una analogía) que arranca como monstruo temible y también termina como recurso cómico. Y es que al final todo va para el mismo lado. Incluso el gore desfachatado, abundante en sangre roja o verde fosforescente, miembros despedazados volando y pedazos arrancados de columna vertebral arrojados a la cara del espectador más para provocar una risa sonora y gruesa que para impactar o aterrar. El Depredador no es ni intenta ser otra cosa que un entretenimiento ágil, incorrecto y descerebrado. Y está bien. No se toma a sí misma en serio y no tiene tampoco la peregrina idea de que su público lo haga.

EL DEPREDADOR
The Predator. Estados Unidos. 2018.
Dirección: Shane Black. Intérpretes: Boyd Holbrook, Olivia Munn, Trevante Rhodes, Sterling K. Brown, Jacob Tremblay, Thomas Jane, Keegan-Michael Key, Alfie Allen, Augusto Aguilera, Yvonne Strahovski, Jake Busey. Guión: Shane Black, Fred Dekker. Fotografía: Larry Fong. Música: Henry Jackman. Edición: Harry B. Miller III. Producción: John Davis, Lawrence Gordon. Producción Ejecutiva: Bill Bannerman. Diseño de Producción: Martin Whist. Distribuye: Fox. Duración: 107 minutos

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