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La escena parisina de fines de siglo XIX no tenía nada para ofrecerle al pintor francés Paul Gauguin. “Sólo quiero crear un arte sencillo, decía. Para ello necesito empaparme de una naturaleza virgen, no ver nada más que salvajes”. Esa necesidad, lo llevó a dejar todo y viajar a Tahití en 1891. Allí, pasará un período de su vida, donde podrá redescubrirse como artista. También encontrará el amor en su musa y la virginidad de la selva para inspirarse, lo que le permitió llevar su obra a su máxima expresión. La historia lo recordará como uno de los más importantes pintores post impresionistas, junto a Cezanne y Van Gogh, del arte moderno.

Gauguin, viaje a Tahití, del director francés Edouard Deluc (¿Dónde está Kim Basinger?, 2009; Je n’ai jamais tué personne, 2002), es una biopic que narra el período en que Gaugin, interpretado por el gran Vincent Cassel, deja su país para irse a la Polinesia en busca de una mayor motivación para volcar en sus cuadros. Entre los lugareños, conocerá a Tahura (Tuhei Adams), quien se convertiría en su mujer y en modelo de sus cuadros más famosos. El costo de su deseo, será alto. Pasará momentos de hambre, miseria y problemas de salud, sin que le impidan abandonar su pasión por la pintura.

El cine se nutrió de muchas películas que abordan la vida de pintores famosos: Van Goh (1991) de Maurice Pialat; Sobreviviendo a Picasso (1996) de James Ivory; Frida (2005) de Julie Tamor o Renoir (2012) de Gilles Bourdos, entre otras. Todas, a su manera, comparten narrativa y estilísticamente, tópicos comunes. El argumento evoca el proceso de transformación del hombre devenido en artista. Los relatos, generalmente, tienen un formato clásico y las acciones siguen un orden cronológico, que se acompaña con algún intertitulo. Los escenarios recrean el espacio de sus vivencias y lo contextualizan bajo una estética pictorisista. Por último, se autoimponen imágenes propias que se identifican en la obra del autor y son reconocidas por el espectador. En éste caso, Gauguin, viaje a Tahití, no es la excepción, ni aporta alguna novedad al género.

Rodada en Polinesia y en París, la película de Deluc conjuga varios temas en torno a la vida del pintor, del que no se profundiza como se esperaba: está presente el colonialismo, el egocentrismo, los sacrificios y el sometimiento afectivo, como así también, la idea de la trascendencia desde el arte.

Las imágenes exportan la belleza externa de paisajes exuberantes, plasmados en los cuadros colmados de colores y matices. En esa fusión entre lo externo y lo interno (subjetividad del artista), pareciera que lo representado y lo representable se uniesen en un mismo sentido. Pero más allá de éste encuentro alcanzado entre el pintor y su inspiración, no hay mucha progresión dramática entre las escenas ni en la historia misma del protagonista. Más bien, participamos de cierta monotonía, que desluce el “detrás de escena” de aquellos maravillosos cuadros.

GAUGUIN, VIAJE A TAHITI
Gauguin: Voyage de Tahiti. Francia, 2017. Dirección: Edouard Deluc. Guión: Edouard Deluc, Etienne Comar, Thomas Lilti y Sarah Kaminsky. Intérpretes: Vincent Cassel, Tuheï Adams, Malik Zidi, Pua-Taï Hikutini, Pernille Bergendorff, Marc Barbé, Paul Jeanson, Cédric Eeckhout, Samuel Jouy, Scali Delpeyrat. Producción: Bruno Levy. Distribuidora: Impacto. Duración: 102 minutos.

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