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Extraño y sugestivo film de Christian Petzold, uno de los representantes más importantes emergidos de la Escuela de Cine de Berlín junto a otros colegas como Thomas Arslan, Ulrich Köhler, Benjamin Heisenberg y Hans Christian Schmid.

Extraño por el riesgo que toma el director de Triángulo (2008) y Ave Fénix (2014) al adaptar la novela de Anna Seghers, que transcurre en los años 40, y trasladarla a la actualidad: idénticos conflictos, parecidos climas, atmósferas similares pero un diseño de producción, escenografía, vestuario y decorados que pertenecen al hoy y no al de aquellos tiempos de la Gestapo y de la apoteosis del nazismo.

Transit puede verse como un experimento en imágenes tan ajeno a los lugares comunes que autoriza momentos de admiración estética, pero también, de exposición de una historia que parece una ecuación matemática fría, desangelada, repleta de matices que tienen relación con las maniobras del guión y no tanto con la construcción de una puesta en escena.

El catálogo argumental obliga a no despabilarse: tejes y manejes clásicos de un film de espías, un hombre que sustituye en identidad a otro, una carta, un viaje intermedio y otro definitivo de París a Marsella, inmigrantes, un pasado que retorna a través de la mujer de un escritor (entremezclado con la anécdota romántica), un detalle que falta para huir de una Francia ocupada por un poder dictatorial.

En efecto, para que el lector comprenda la apuesta metafórica que propone el cineasta alemán: Marsella es un lugar símbólico de resistencia frente a un nazismo de coches modernos, celulares y sirenas policiales que acosan a los perseguidos que tratan de escapar.

Planteada de esta manera, una película como Transit se presenta como más que seductora. Sin embargo, los hilos narrativos y las vueltas de tuerca, también esa autoconsciente frialdad expositiva que Petzold elige para el personaje central y los secundarios, además de de determinadas situaciones que exigían otro tono dramático, alejan a Transit de la hipótesis de una película enteramente lograda.

Petzold lucubra una historia con tonalidades cercanas a las de de otras de los años 70, como las de El otro Sr. Klein de Joseph Losey y El pasajero de Michelangelo Antonioni, pero en este caso, no se lo ve cómodo frente a semejante operación estética.

Y menos aun si se recuerda su mejor película hasta hoy: Bárbara (2012), una historia política afirmada en un thriller de  espías, elaborada desde el dolor y los silencios, sin recurrir a experimentaciones narrativas que asumen el riesgo de transmitir al espectador, aunque más no sea, una mínima dosis de empatía y complicidad.

TRANSIT
Transit. Alemania, 2018. Dirección: Christian Petzold. Guión: Christian Petzold sobre la novela de Anna Seghers. Música: Stefan Will. Fotografía: Hans Fromm. Edición: Bettina Böhler. Diseño de producción: Kade Gruber. Intérpretes: Franz Rogowski,  Paula Beer, Godehard Giese,  Lilien Batman,  Maryam Zaree, Barbara Auer,  Matthias Brandt,  Sebastian Hülk,  Emilie de Preissac, Antoine Oppenheim,  Louison Tresallet,  Àlex Brendemühl. Duración: 104 minutos.

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1 Comentario

  1. Coincido plenamente con Castagna. Petzold exagera por momentos el tono y manotea situaciones de distintas peliculas como parche (hay algo de Casablanca en la resolución de la historia del viaje de huida). Hay momentos interesantes y otros aburridos. Ni chicha ni limonada.

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