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Las historias de cenicientas son tan viejas como efectivas y siguen dando leche abundante y redituable. Y esto es así incluso en estos tiempos donde ciertas reivindicaciones de género o de clase las damos por descontadas y ciertos ideales los damos por vetustos y acabados. Bueno, no. Ahí están, vivitos y coleando. Y de esa siempre tentadora zanahoria se sirvieron films no tan distantes como Mujer bonita (1990) o, en este nuevo y superado milenio, El diario de la princesa 1 y 2 (2001 y 2004) o Sueño de amor (2002). Una tradición en la que Locamente millonarios cae por entero. Basado en el primero de una trilogía de best sellers, el film estrenado hace un par de meses en Estados Unidos, fue un éxito brutal de taquilla, algo aún más destacable en las salas norteamericanas teniendo en cuenta que su elenco está compuesto en su totalidad por actores asiáticos entre asiático-americanos, chinos, singapurenses, malayos, japoneses y filipinos.

La cenicienta del caso, involuntaria como es de rigor, es Rachel (Constance Wu), una profesora de economía en Nueva York hija de una inmigrante china que llegó desde Oriente con una mano atrás y otra adelante. Rachel está de novia con Nick (Henry Goldling), un joven asiático que nunca antes le había contado de su origen. Hasta que una noche Nick le propone ir de viaje a Singapur a la boda de su mejor amigo y de paso presentarle a su familia. Cuando llegan a Singapur, uno de los nuevos y opulentos tigres asiáticos, la desprevenida Rachel se viene a enterar, no solo de que están acudiendo a la boda del año, sino que la familia de su novio es la más rica de la zona y que este es el heredero codiciado de una inmensa fortuna. Parece color de rosa pero el problema es que su compañero al obviar esta información que uno supondría relevante, hace que Rachel tenga que enfrentarse sin habérselo propuesto al juicio de la alta sociedad que la rodea y, sobre todo, de la familia. Estos ven en ella una oportunista cazafortunas y harán lo posible para hacérselo sentir y apartarla de él de las formas más desagradables.

Locamente millonarios es una comedia romántica con mucho más de romántica que de comedia, que en lo que toca a la parte romántica predominante sigue casi todas las reglas y recorre casi todas las vueltas y lugares comunes del género, y que en cuanto a la parte de comedia un poco más subsidiaria ofrece un humor liviano de risas discretas. Y lo está presente también es una buena dosis de melodrama bien cargado, quizás como un guiño a un género tan popular en oriente o quizás porque era tentador entregarse al refugio acogedor de la telenovela.

En cuanto a la pareja es Constance Wu la que se pone al hombro la película dándole espesor y complejidad a una Rachel aparentemente frágil pero con fuerza interior y sentido de la dignidad. Henry Golding no tiene la misma suerte como su partenaire, Nick, un príncipe azul un poco anodino, galán lineal, bienintencionado, un poco blando y pusilánime. En el reparto numeroso de secundarios, unos cuantos odiosos, otros lastimeros y algunos pocos más simpáticos, se destacan Awkwafina y Keng Jeong como unos ricos pero no tan ricos, no lo suficiente para formar parte, alineados entre los pocos aliados de Rachel y responsables de la mayor parte de los momentos de humor.

Hay en el film una intención declarada de crítica al arribismo, a la prepotencia del dinero y el poder, pero es una crítica no muy convencida, que no alcanza a disimular la fascinación que eso en realidad le produce. Y así se sucede el despliegue empalagoso y obsceno de riqueza, la ostentación sin freno de mansiones, autos, vestidos, joyas, fiestas, yates, helicópteros, fiestas multitudinarias, modelos y ejércitos de sirvientes uniformados. “El lujo es vulgaridad” decía un tema de los Redonditos de Ricota y esta película se empeña en demostrar esa sentencia todo el tiempo, no necesariamente de manera voluntaria, porque lo que arranca como crítica a ese alarde de oneroso mal gusto no tarda en revelarse como deseo de pertenecer.

Arriesgo la idea de que el éxito enorme del film en su país de origen se debe menos a sus dotes como comedia romántica, que algunas tiene, o a la supuesta originalidad de su elenco, sino más bien al viejo deseo de vivir vicariamente la vida soñada que explica también el éxito de los realitys de niñas ricas como Paris Hilton o las Kardashian. Lo que se compra sigue siendo la historia de princesa plebeya a lo Lady Di o “nuestra” Máxima Zorriegueta. Una que viene a cuestionar lo acartonado y anquilosado de ese sistema de tradiciones y códigos rígidos, amenazando con romper y darle la espalda pero no tanto. Se trata de una jugada engañosa y estratégica como las que Rachel enseña en la facultad y ejecuta en una escena con su resistida suegra, para finalmente entrar, renovar el escenario decadente con su frescura pero ya integrada junto a esos millonarios arrogantes y ofensivos pero no tan malos en el fondo. Se trata de creer que una/o también podría formar parte y, en fin, de seguir creyendo una y mil veces en el viejo y resistente cuento de la Cenicienta.

LOCAMENTE MILLONARIOS
Crazy Rich Asians. Estados Unidos. 2018
Dirección: Jon M. Chu. Intérpretes: Constance Wu, Henry Golding, Michelle Yeoh, Gemma Chan, Awkwafina, Chris Pang, Sonoya Mizuno, Kheng Hua Tan, Harry Shum Jr., Ken Jeong, Lisa Lu, Nico Santos. Guión: Pete Chiarelli, Adele Lim, sobre la novela de Kevin Kwan. Fotografía: Vanja Cernjul. Música: Brian Tyler. Edición: Myron Kerstein. Dirección de Arte: Leslie Ewe, David Ingram. Producción: Nina Jacobson, John Penotti, Brad Simpson. Producción Ejecutiva: Tim Coddington, Robert Friedland, Kevin Kwan. Diseño de Producción: Nelson Coates. Distribuye: Warner Bros. Duración: 120 minutos.

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