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En el principio un plano fijo sobre una casa, un chalet blanco, cuidado, de los suburbios y gente que sale con objetos. Gente diversa, sin nada que las una pero ahí están, cargando cosas de esa casa. Cualquier espectador argentino o de otro lugar pero que esté al tanto de la historia reciente del país, sabe que entre esas personas bien vestidas, agradables vecinos de cualquier lindo barrio de clase media, la conexión es indudable y se entronca con la complicidad o al menos la pasividad que propició la última dictadura en la Argentina.

Con apenas tres películas en su carrera, se desprende que el interés central de Naishtat (aquí la entrevista al director junto a Darío Grandinetti en el Festival de San Sebastián) es trazar un camino posible sobre el estado actual de las cosas en la Argentina y para eso se interna en la historia e identifica algunos mojones ineludibles, primero haciendo pie en el presente con Historia del miedo (2014), un calustrofóbico relato en donde algunos privilegiados sufren (no gozan) su bienestar en un clima de paranoia que deriva del afuera que se intuye miserable y desesperado. Luego fue por la cuestión seminal de la conformación del estado nacional con El movimiento (2015), el viaje viaje alucinado y cruel de un grupo de “patriotas” por el desierto que bien puede leerse como las bases que conformaron dos siglos de enfrentamientos y la causa del empantanamiento argentino. Y con Rojo el tema es la complicidad cívico militar de la década del setenta, una cuestión casi ausente en el cine argentino o en el mejor de los casos, presente de manera oblicua.

SI la primera locación es una confortable casa, la que sigue es un restaurante de provincia, en donde se presentan los personajes, en principio la figura central, Claudio Morán (extraordinarioDarío Grandinetti),el doctor del pueblo, que espera a su esposa (Andrea Frigerio) para cenar, pero antes tiene una violenta discusión con un hombre más joven (Diego Cremonesi),un enfrentamiento que remite al western y que será el puntapié inicial para el rojo del título que impregna un crimen original -y el silencio antes los crímenes que se sucedían con una pasmosa facilidad-, el rojo apagado del vestuario que visten los protagonistas-cómplices, el rojo amenazante de la guerra sucia contra las orgas rojas y el rojo que tendrá su cenit unos meses más tarde, cuando la dictadura tiña de rojo toda la Argentina.

Naishtat habla de los setenta y filma como en esa época, recurre al western pero también al thriller a través de Sinclair (Alfredo Castro), un infalible detective chileno contratado para averiguar el paradero de ese enigmático hombre joven sin nombre que discutió públicamente con el respetado doctor, que Sinclair sabe de inmediato que es el principal sospechoso.

Recursos de la puesta de la época, publicidades recreadas para dar cuenta del clima opresivo, la escuela para hacer los primeros palotes en el autoritarismo y cada uno de los chicos intoxicándose del “ser nacional” en las clases y qué duda cabe, completando el círculo en sus hogares. Y la violencia en todos lados, en el despertar sexual, en los muchachitos celosos, jóvenes que viven en el universo reflejado de los adultos, en donde todos saben, muchos sacan ventaja y el resto sobrevive.

Benjamín Naishtat es preciso, confía en las imágenes, en el cine claro (ganó como mejor director en el Festival de San Sebastián), para decir lo suyo pero también para interpelar al espectador y a la sociedad en su conjunto, con un relato estremecedor, emocionante y reflexivo, sin duda la película del año para el cine nacional.

ROJO
Rojo. Argentina/Brasil/Francia/Holanda/Alemania, 2018.
Guión y dirección: Benjamín Naishtat. Intérpretes: Dario Grandinetti, Andrea Frigerio, Alfredo Castro, Diego Cremonesi, Laura Grandinetti, Susana Pampin, Claudio Martinez Bel, Mara Bestelli, Alberto Suárez, Rudy Chernicoff y Rafael Federman. Fotografía: Pedro Sotero. Música: Vincent van Warmerdam. Edición: Andres Quaranta. Dirección de arte: Julieta Dolinsky. Sonido: Fernando Ribero y Simón Apostolou. Distribuidora: Primer Plano. Duración: 109 minutos.

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2 Comentarios

  1. No creo que la película sea mala (como sí me pareció Animal), sino que tiene pozos narrativos que frenan la trama y sólo sirven para un subrayado innecesario (el ensayo de la danza entre salvajes y conquistadores). Cuando la película fluye, vuelve a despertar interés y resuelve su planteo con mucha sutileza. Me atrevería a decir que hay merece una revisión.

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