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Uno de los fenómenos más notables que se dio en el cine argentino de 2000 para acá es el auge de los documentales en primera persona. Documentales donde el realizador parte de experiencias personales, es narrador (a veces en off) y protagonista (a veces en cámara). Varias de estas experiencias están ligadas a historias familiares como en Los rubios (2003) de Albertina Carri, Fotografías (2007) de Andrés Di Tella (2007), M (2007) de Nicolás Prividera o, más recientemente, Desmadre (2017) de Sabrina Farji. Estas historias pueden ser apasionantes o conmovedoras, pero films como los mencionados no tendrían la misma relevancia si no es porque a su vez logran conjugar lo personal y lo íntimo con algo del orden de lo universal. El silencio es un cuerpo que cae, opera prima de la realizadora cordobesa Agustina Comedi es un buen ejemplo de documental que puede hacer confluir lo personal y lo universal, lo privado y lo público.

El origen de la película, según Comedi, está en el hallazgo de un cantidad considerable de material filmado de manera casera por su padre, Nestor, fallecido en un accidente en el año 1998 cuando ella tenía 12 años. Esto se suma a ciertas revelaciones acerca del pasado de su padre, que fue militante político y que antes de casarse con la madre de Agustina mantuvo durante once años una relación con otro hombre y se movió en los ambientes gay de la época. La visión de este material, más la indagación de la historia familiar es la que le dio la idea de realizar el film, con la dudas iníciales no solo de cómo organizar esa inmensa cantidad de archivo sino acerca de si estaba bien sacar a la luz estos secretos que habían sido tan cuidadosamente mantenidos.

Agustina Comedi narra la historia de su padre a través de su voz en off, las imágenes de archivo en donde su padre rara vez aparece en cámara pero está presente en su búsqueda, en su manera de mirar, y también a través de entrevistas a quienes lo conocieron. Con este material traza el recorrido de vida desde la clandestinidad de la militancia de izquierda en los 70 y la clandestinidad del ambiente gay en la dictadura, a los 80 de los primeros años de democracia donde la liberación política no significó necesariamente abandonar los códigos secretos y el silencio y donde se iba a sumar a mediados de la década la aparición del SIDA, hasta llegar a los años 90 donde, ya casado y padre de una niña, encaró una vida totalmente distinta.

En documental de Comedi es de una gran riqueza, abordando una buena cantidad de temas partiendo desde lo íntimo del abordaje familiar y ampliándolo hacia lo político, mostrando no solo el enorme prejuicio que había en la sociedad y en el seno de las familias con respecto a la homosexualidad sino también la homofobia virulenta en el seno de las organizaciones revolucionarias, incluso realizando juicios internos a integrantes que habían caído en esta “desviación burguesa”. Al mismo tiempo echa luz sobre el ambiente gay de los 80, sus códigos de pertenencia, sus maneras de relacionarse y la difícil vida cotidiana de quien los integraban.

Hay un trabajo muy interesante en la forma en que se trata la diversidad del material y el ejercicio de empatar los formatos del archivo familiar en VHS con las entrevistas realizadas recientemente, tratando estas últimas para darles continuidad al relato tanto desde la imagen como desde la gráfica. Este trabajo desde la postproducción, que en primer lugar podría parecer una elección de índole estética o puramente formal, también puede estar aludiendo a que ciertas cosas no han cambiado demasiado, como la continuidad del secreto y del silencio y de las dificultades para abordar la cuestión que siguen presentes. La constatación de esto lo atestigua la dificultad que tienen algunos entrevistados para nombrar la homosexualidad o el pedido de otros que acceden a hablar y mostrar sus imágenes de archivo pero sin dar la cara con su imagen actual.

Agustina Comedi pone su voz y también pone el cuerpo, se muestra en el archivo como la niña que fue y en la actualidad junto a su hijo pequeño. Aborda un material muy íntimo y complejo de índole emocional y lo hace de manera emotiva pero sobria, sin caer en ningún desborde. Abre a demás su historia personal a diversas líneas de índole social y político y da cuenta de cómo esta historia ocurrida entre los 70 y los 90, puede verse no sólo como un interesante retrato de una época sino además mostrar su vigencia y su continuidad con las luchas de hoy.

EL SILENCIO ES UN CUERPO QUE CAE
El silencio es un cuerpo que cae. Argentina, 2018.
Dirección y guión: Agustina Comedi. Fotografía: Agustina Comedi, Ezequiel Salinas, Benjamín Ellenberger. Música: Virus. Edición: Valeria Racioppi. Sonido: Guido Deniro. Producción: Ana Apontes, Matías Herrera Córdoba, Juan C. Maristany. Producción ejecutiva: Juan C. Maristany. Distribuye: 3C Films Group. Duración: 72 minutos.

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