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A su manera, La cama es una película revolucionaria.

Desde la forma en que está concebida y los silencios de los personajes hasta una puesta de cámara (con herencias subliminales o no de los trabajos de Gustavo Fontán) que conlleva a la articulación y desarticulación corporal de una pareja a punto de separarse, rodeada de cajas y recuerdos, de una casa en venta y de una vida en simultáneo que parece terminar

Pero no son cuerpos perfectos: el paso del tiempo, el envejecimiento, el deterioro y una sexualidad que parece haberse ido para siempre actúan como ejes dramáticos de una puesta en escena austera, de mínimos detalles, de recorridos por espacios vacíos y objetos de uno y otro que serán separados por sus dueños.

Jorge (Alejo Mango) y Mabel (Sandra Sandrini), cuerpos y rostros y brillantes actuaciones del dúo, son buscados por la cámara de Mónica Lairana con el propósito de explorar solo en lo necesario, en la mínima información, en la hipótesis de un encuentro sexual (acaso el último) que debería ser feliz, pero no, porque el paso del tiempo y el placer dejaron lugar al resguardo afectivo, al miedo por quedarse solos, al que solo desea protección, acaso un abrazo, un beso, una mirada. Hasta ahí.

Por eso el otro protagonista central (en campo o fuera de campo, modificado o camuflado) es la cama. El deseo que no está presente, el llanto, el mínimo reproche, la vuelta a la cama que será ocupada por otras cosas. La imagen de Mabel sacando la ropa (mucha, muchísima) de un armario y tirándola a la cama, con la cámara fija, resulta conmovedora. Como material simbólico y como explicación sin subrayado de que el deseo no está o parece que fue para no volver.

Es que La cama – bienvenida y más que original y riesgosa opera prima de Lairana -, además de la ya citada escena, tiene un montón de tomas fijas que logran conmover con poco y nada. La pareja separando sus medicamentos (las dos manos, las voces, los remedios, nada más); Mabel levantándose de la cama y buscando a Jorge, a los gritos y desesperada, por toda la casa; la pareja metiéndose en una pileta Pelopincho. En fin, solo cito tres pero hay muchas más.

Y esos cinco minutos finales, con esa secuencia sexual protagonizada por esos mismos cuerpos del comienzo y la intimidad a flor de piel que finalmente se completa a través del coito. ¿Será el fin? ¿El reinicio? ¿No habrá día después?

Una secuencia final con la cámara fija que, como ocurre en otros grandes desenlaces (por ejemplo, Faces de Cassavetes y Las amargas lágrimas de Petra Von Kant de Fassbinder) plantearían imaginar, porqué no, ese instante siguiente, ese día después. O el momento en el que llega el flete o ese último beso de despedida o el instante en que se colocaría el cartel de venta en la fachada.

Es que La cama es una película en tiempo presente, un presente continuo de una pareja, de un espacio a punto de desaparecer, de una relación que parece pero no quiere terminar.

Y allí siempre está la calidez cinematográfica de Lairana, acariciando a sus dos personajes, protegiéndolos, exponiéndolos al detalle, convirtiéndolos en criaturas maravilosas.

LA CAMA
La cama. Argentina/Brasil/Alemania/Holanda, 2018. Dirección y guión: Mónica Lairana. Fotografía: Flavio Dragoset. Edición: Eduardo Serrano. Dirección de arte: Maru Tomé y Renata Gelosi. Sonido: Germán Chiodi. Con: Sandra Sandrini y Alejo Mango. Duración: 94 minutos.

Se exhibe en Sala Lugones, del jueves 22 al miércoles 28, a las 19 y 21:30; en el MALBA, el viernes 23, a las 18, el sábado 24, a las 22 y el sábado 1º, a las 22; en el Cine Municipal Select – Espacio INCAA de La Plata, del jueves 22 al miércoles 28, a las 19.30.

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