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Nada más apropiado para el mundo de Damien Chazelle que la historia de esa obsesión que fue la realización de un viaje para poner un pie sobre la Luna. La historia dice que fue el presidente Kennedy el que lanzó la idea y que fue su sucesor el que apoyó la realización de ese viaje una vez muerto el presidente demócrata. El problema era que el esfuerzo de la NASA por lograrlo consumía plata y costaba vidas. De todas maneras, incluso pese a la Unión Soviética que había asumido el desafío y parecía estar siempre un paso adelante, en 1969 los norteamericanos lo lograron y Neil Armstrong fue el primer hombre en poner un pie sobre el satélite natural de la tierra. Damien Chapelle es un director de cine que se especializa en historias sobre la obsesión y la épica del sacrificio que implica dedicarse a lo que se ansía lograr, ya sea tocar standards de Jazz en la mejor orquesta posible como Whiplash o el sueño de crecer en el mundo del espectáculo como en Lalaland.

Chapelle investigó cómo fue esa lucha por ganar la carrera del espacio, llamó a Ryan Gosling para que se pusiera en la piel de Neil Armstrong y junto a un gran grupo de actrices y actores más la excelencia de la industria de Hollywood, puso en la pantalla el día a día de ese grupo de gente que vivió con una sola idea en la cabeza. Llegar a la luna.

Hay detalles técnicos interesantes sobre cómo logra Chazelle lograr la diferencia entre lo que son las escenas de la vida diaria del momento en que la historia se traslada al espacio. El cine es un poco de arte, algo de técnica y bastante de negocio, en ese sentido El primer hombre en la Luna lo combina todo. Hay una apuesta a registrar el día de manera naturalista y cuando se llega al momento culminante se apela a las técnicas de las cámaras de Imax, una tecnología que se usa para meter al espectador sobre esa nave y transmitir esa experiencia. No es la primera vez que Hollywood se mete en el tema, pero sí que logra transmitir la dureza de lo que fue ese camino, mientras se exponen esos cascajos de lata que se recalentaban, temblaban, no tenían medidores que funcionaran todo el tiempo y que además exigían de los que manejaban esos aparatos una atención extrema y un estado físico descomunal. En esta ocasión la historia personal de Armstrong y su familia está puesta en primer plano, además de mostrar la cotidianidad de las familias y el esfuerzo de las mujeres por sostener ese mundo privado donde realmente sobresale Claire Foy haciendo de la esposa del astronauta.

Todo en el relato es casi perfecto, las actuaciones, las escenas, todo abruma por ajustado ya a la vez novedoso de lo que fue el progresión de terminar con un hombre llegando a la Luna. Esos hombres que viajaron tenían familias que vivían para apoyar ese mandato obsesivo pero tenían sus propios intereses profesionales y debían cumplir con el interés de una potencia que se puso en la obligación de no traicionar el legado de uno de sus líderes emblemáticos. Las dos horas veinte de duración pueden resultar algo planas, pero los minutos dedicados al viaje y a la llegada son asombrosos y la película se ocupa de además de crear nuevas imágenes justamente para un evento que resultó ser la primera cosa global de la que participamos como civilización como espectadores desde nuestros televisores.

El cine de Chazelle es un gran exponente de uno de los costados más llamativos del espíritu norteamericano, un perfil donde sobresale un compromiso por la excelencia y la entrega a una épica del sacrificio individual. Pero esa característica está alejada de cierta humanidad y un poco de distante de nuestro espíritu caótico y adorador de una épica más a los ponchazos.

EL PRIMER HOMBRE EN LA LUNA
First Man. Estados Unidos, 2018.
Dirección: Damien Chazelle. Guión: Josh Singer. Elenco: Ryan Gosling, Claire Foy, Jason Clarke, Kyle Chandler, Corey Stoll, Patrick Fugit, Christopher Abbott, Ciarán Hinds, Olivia Hamilton, Pablo Schreiber. Producción: Damien Chazelle, Marty Bowen, Wyck Godfrey e Isaac Klausner. Distribuidora: UIP. Duración: 141 minutos.

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