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Una madre, una hija, una ausencia, una casa, un lugar invadido que hasta incluye el robo de una heladera.

Espacios a recuperar o espacios por ocupar. O por lo menos, intentarlo.

En los últimos meses un sector del cine argentino construye sus historias desde espacios en tensión: casas, habitaciones, camas, ausencias, presencias. Lugares que fastidian y se agotan en sí mismos. Lugares que pertenecen a algo que se está yendo o que se intenta recuperar. O tal vez ocupar por primera vez.

Me refiero a La cama de Mónica Lairana –estreno de la semana pasada- y al film cordobés Casa propia de Rosendo Ruiz. Diferentes desde la concepción y propósitos de los personajes, las dos describen a un espacio viejo o nuevo, un espacio al fin, un espacio a descubrir y otro que agoniza.

La segunda película de la también realizadora cordobesa Inés Barrionuevo, luego de la más que interesante Atlántida, recorre un espacio que está de duelo, un auto destrozado, un electrodoméstico que fue robado, un graffiti incomprensible, un invierno que cruje adentro y afuera de esa casa de Unquillo, ahora re-habitada por Julia (Umbra Colombo), una viuda al borde del retiro como actriz, y a su pequeña hija Emma (Victoria Castelo Arzubialde).

El relato inicial circunscripto a la relación madre-hija deja lugar a otros personajes y situaciones: un amigo de Julia también actor, los ensayos de una obra teatral, un encuentro sexual de la protagonista con una joven del pueblo, un chico que traba amistad con Emma… y un zorro que se “presenta” (metáfora, clara y transparente) desde la voz en off, más adelante durante la zona media del film y también en el desenlace, propiciando que la trama redunde en la obviedad de la fábula pero sin demasiados misterios, sin nuevos lugares a recorrer, sin sorpresas que fusionen aquello fantástico con lo cotidiano y familiar.

Julia y el zorro navega entre la perfección formal y un árido distanciamiento que la directora elige para que no se materialice una inmediata empatía con el espectador.

A diferencia de Atlántida, donde el erotismo afloraba con astucia y sutileza en más de una secuencia desde su misma convalidación por tratarse de una película de crecimiento hacia la adolescencia, Julia y el zorro descansa en un tono ajeno a la emoción, invadido por las dudas e incertidumbres de Julia, un personaje complejo que carga con el objetivo de alejarse de ese pasado aun cercano y tormentoso que extiende el duelo debido a la ausencia física producida por una tragedia.

Acaso la presencia del zorro afuera de la casa, observando el conflicto a una distancia pronunciada, también permita sugerir que se trate de una metáfora (¿transparente?) entre la película y el espectador oteando las idas y vueltas de Julia y su pequeña hija, dos personajes in-completos frente al vacío.

JULIA Y EL ZORRO
Julia y el zorro. Argentina, 2018. Dirección y guión: Inés María Barrionuevo. Producción: Juan Pablo Miller y Inés María Barrionuevo. Fotografía y Cámara: Ezequiel Salinas. Dirección de arte: Carolina Vergara. Vestuario: Sol Muñoz. Sonido: Atilio Sánchez. Música: Germán A. Sánchez. Montaje: Rosario Suárez. Intérpretes: Umbra Colombo, Victoria Castelo Arzubialde, Pablo Limarzi. Duración: 105 minutos.

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