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Fernando Spiner es reconocido como un director de ficción, más especialmente como un director de género, uno de los pocos que lo encaró en momentos en que el cine nacional no se adentraba en el universo de, por ejemplo, la ciencia ficción. Spiner lo hizo en La sonámbula (1998) y Adiós querida Luna (2004) y más recientemente se le animó al western con Aballay, el hombre sin miedo (2010). El terreno del documental no le es ajeno, en el que realizó unos cuantos cortos y mediometrajes y compartió con Víctor Laplace la dirección de Angelelli, la palabra viva (2006). En La boya, su reciente documental, hay una cierta continuidad pero a la vez una búsqueda diferente.

Spiner es originario de Villa Gesell, un lugar al que frecuentemente regresa en sus películas. Es el escenario de su cortometraje Balada para un Kaiser Carabela (1987) protagonizada por Luis Alberto Spinetta, de la miniserie policial Bajamar, la costa del silencio (1995), y el tema principal de Homenaje a los pioneros de Villa Gesell (2002). Este último documental fue ideado y escrito junto a Anibal Zaldivar, quien es co-guionista de La boya, co-protagonista junto al propio Spiner y fundamentalmente un amigo de toda la vida, compañero de la juventud en Gesell, de proyectos y de rituales que persisten en el tiempo, como el que se muestra en el film, de nadar juntos a una boya distante varios metros de la costa. Cuando Spiner dejó el pueblo para estudiar en Europa y luego establecerse en Buenos Aires, Zaldivar permaneció en Villa Gesell alternando entre el periodismo, la narrativa y la poesía, y siguió en contacto tanto con Spiner como con su familia que quedó en el pueblo, en particular con su padre, también poeta.

El realizador vuelve (una vez más) a Villa Gesell para realizar un documental no sobre un personaje histórico o un episodio particular, sino sobre algo más cercano y a la vez más inasible. Se trata de hacer un film sobre la poesía, sobre el mar y sobre las relaciones entre ambos. Y también sobre el paisaje que nos rodea, sobre la amistad, la familia y la propia historia, sobre encontrarse a sí mismo y consigo mismo y el entorno. La historia (y el mito) familiar juegan un rol determinante. Ahí están los escritos y las cartas de su padre (en la voz de Daniel Fanego) y de su bisabuelo (en la voz de Sergio Lerer) quien llegó en barco escapando de los pogroms de Ucrania y en donde el objeto boya tiene un papel particular y fundante, que continuaría cuando el padre guarde y pretenda liberar una boya en el medio del agua y en el ritual que ambos amigos practican. Y también tiene un papel de orden más simbólico en tanto sostén. Ahí lo vemos al propio Spiner aferrado a una boya en medio del mar como se aferra quizás a lo que este objeto significa en la historia de su familia.

El mar es protagonista y también el pueblo. Spiner muestra las actividades de su amigo Zaldivar, de los farmacéuticos o guardavidas, y entrevista a algunos vecinos célebres como el pintor Ricardo Roux y los escritores Guillermo Saccomanno y Juan Forn acerca de cómo ese paisaje y la proximidad del mar influencian su ánimo y su percepción de las cosas. El film está contado a lo largo de casi un año y sus capítulos son las estaciones, invierno, primavera y verano. Algo (un poco) similar a como el propio Saccomanno situó su novela Cámara Gesell, ambientada en el pueblo entre el fin de la temporada turística y el inicio de la nueva y lo que pasa en ese lapso. Aunque a diferencia de Saccomanno que abordaba el lugar desde una realidad más dura y desesperada, acá lo que prima es la relación de ese lugar, de ese paisaje y sus elementos con uno mismo, con el paisaje interior.

Si La boya es un film sobre la poesía, los materiales con los que se lo encara implican que la apuesta es también la de un film poético. El discurso tiene un peso, tanto la narración como la poesía, pero no es menos importante lo sensorial. El film se detiene en detalles como el sabor de un pescado, un atardecer, el viento entre los árboles, el sol, las olas, la arena y las gotas de lluvia. Spiner echa mano a recursos como cámaras lentas, tomas aéreas, sobre y bajo el agua. El mar es parte fundamental de esa búsqueda de lo sensorial y en donde más se percibe es en la secuencia donde Spiner y Zaldivar van nadando hacia la boya y la cámara pegada acompaña pegada al brazo del realizador/protagonista, ve lo que este ve y se sumerge junto con él mientras escuchamos la respiración entrecortada y la cuenta de las brazadas. En la entrevista a Forn, este cuenta que, a diferencia de lo que pasa en la ciudad, en el mar o frente al mar uno puede encontrarse frecuentemente con momentos de comunión con la naturaleza y con uno mismo, algo que también podríamos llamar epifanías o iluminaciones. El film de Spiner apunta a alcanzar en su transcurso y con sus imágenes algo de esa experiencia y en varios momentos lo consigue.

LA BOYA
La Boya. Argentina. 2018.
Dirección: Fernando Spiner. Con: Aníbal Zaldivar, Fernando Spiner, Guillermo Saccomanno, Juan Forn, Ricardo Roux, Pablo Mainetti. Las voces de: Daniel Fanego, Sergio Lerer, Analia Couceyro. Guión: Aníbal Zaldivar, Fernando Spiner, Pablo De Santis. Fotografía: Claudio Beiza. Edición: Alejandro Parisow. Sonido: Sebastián González. Música. Natalia Spiner. Dirección de Arte: Juan Mario Roust. Producción Ejecutiva: Magdalena Schavelzon. Distribuye: Cine Tren. Duración: 89 minutos.

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