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A veces nada contribuye tanto a la propia infelicidad como la felicidad de los otros. Suena un poco feo pero eso es exactamente lo que le pasa a Nathalie (Karin Viard) con la llegada de los 50. Docente, separada y madre, nuestra protagonista se sumerge en una crisis que es algo más que la de la mediana edad o un efecto de la llegada de la menopausia con sus cambios de humor, que es lo que su médico le sugiere al principio. Nathalie cae una crisis de orden más existencial y a la insatisfacción por sus propias cuentas pendientes se le suman los logros ajenos: Su ex está felizmente en pareja, su hija es una joven bella y talentosa que aspira a entrar en el conservatorio de danza, su mejor amiga tiene un matrimonio duradero y estable, y en la escuela donde enseña literatura desembarca una joven con curriculum y aspiraciones que puede hacerle sombra en la consideración de su jefe y colegas. Todo esto la deja comparativamente en falta y la salida que encuentra no es la de arreglar su propia vida sino la de tratar de arruinársela a los demás.

Buena parte de la película, la mejor parte, muestra a Nathalie atacando y contraatacando a aquellos que tienen la osadía (intencionalmente o no, no importa) de refregarle en la cara su felicidad. Y lo hace con la idea, que entiende justiciera, de hacerlos aunque sea un poquito más infelices apelando a los recursos que tiene a mano: frases irónicas y/o hirientes, muestras orgullosas de desdén o directamente actos de sabotaje. Esta malicia, que es lo más disfrutable de la película, es intencional a medias. Nathalie no es una villana consumada sino alguien a quien su situación le está pegando muy mal y agarra por donde puede. En algunos casos sus estocadas son claramente a propósito, pero en otros es evidente que la situación se le va de las manos. “No puedo parar” le confiesa a su mejor amiga, confidente y también víctima de su irracional venganza.

Nathalie parece ser no tanto un agente de esta malignidad como su portadora, se trata de algo que se apodera de ella convirtiéndola en el fondo en un producto y una víctima de su frustración. Esto suena un poco deprimente y hasta le quita algo de diversión al asunto pero también salva al personaje de convertirse en una caricatura y prepara el terreno para su redención. Esta llega cuando al personaje su actitud se le hace insostenible porque, ya sin control de sí misma, termina hiriendo sin querer queriendo -o viceversa- a quien más quiere y alienándose completamente. Así, en el tercer acto, que es el de esa redención, entramos en la fase más seria y previsible del film. No es que se uno esperara otra cosa, pero la reconciliación con los demás y consigo misma que sobreviene responde sin más a los clichés de la sanación y las historias motivacionales de autoayuda.

Karin Viard es la protagonista absoluta y es también la razón de que la película se sostenga, por lo menos en su mayor parte, manejando con naturalidad la ambigüedad del personaje y haciéndola querible en sus incontables fallas, en su permanente vaivén entre el amor y el odio, el orgullo y la vergüenza, la malicia y el arrepentimiento. Los secundarios son bastante sosos y no muy desarrollados y no van más allá del contrapunto. Algo celosa es una comedia francesa convencional filmada de manera convencional. No es insoportable como gran parte de las comedias mainstream del mismo origen aunque tampoco es descollante o desopilante. Se deja ver con cierto agrado y simpatía, provocando más sonrisas que risotadas y ofreciendo un planteo final con vocación muy evidente de conmover. 

ALGO CELOSA
Jalouse. Francia. 2017.
Dirección: David y Stéphane Foenkinos. Intérpretes: Karin Viard, Marie-Julie Baup, Thibault de Montalembert, Anaïs Demoustier, Anne Dorval, Corentin Fila. Guión: David Foenkinos, Stéphane Foenkinos. Fotografía: Guillaume Deffontaines. Música: Paul-Marie Barbier , Julien Grunberg. Edición: Virginie Bruant. Producción: Eric Altmayer, Nicolas Altmayer. Dirección de Arte: Valérie Rozanes. Diseño de Producción: Marie Cheminal. Distribuye: Energía entusiasta. Duración: 107 minutos.

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