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Bienvenido el estreno de una película paraguaya, aun cuando en Las herederas, al momento de la inversión de dinero, participaran una decena de países.

Bienvenido este reencuentro con una cinematografía casi huérfana pero que hace un par de años presentara 7 cajas, exponente ad hoc de una forma de hacer películas con planos cortos y cámara en mano que retrataba a una sociedad urgente y en tensión en un espacio asfixiante simbolizado por un micromundo a pleno estallido y violencia visceral. 

7 cajas, como se esperaba en la aldea global del cine, tuvo su recorrido por festivales, premios y galardones.

Con otro criterio estético y una diferente construcción de relato surge la opera prima de Marcelo Martinessi, que hace poco también engalanó alfombras rojas de alto prestigio. Esas “Red Carpet” festivaleras siempre disponen de su arsenal ideológico-económico por descubrir algo nuevo, o una cinematografía incipiente o a un paisito perdido en este continente (para la mirada centroeuropea de evento del cine todos los países de México para abajo son “paisitos”) o algún pedazo de tierra aun virgen o algo parecido (es decir, aun “sin cine de festival”).

Que se entienda: no está mal, todo lo contrario, que una película compita en festivales clase A y que se convierta en el re-nacimiento de una cinematografía.

Los temas, que exceden esta reseña, por lo tanto, serían dos (tal vez más): 1) A través de qué mecanismos estéticos y de producción se llega a concebir “un cine para festivales” (ejemplos, por acá, sobran) y 2) Cómo será “el día después” y qué se hace luego del aplausómetro canino o berlinés y del desfile de smoking(s) y de vestidos glamorosos para las fauces de los paparazzis y admiradores.

Considerando (o no) estas ideas tiradas medio al voleo, que van más allá de virtudes (o no tanto) de Las herederas, la película describe a un mundo asfixiante, a un coto cerrado que tiene a dos mujeres mayores, en pareja hace tiempo, a una casa repleta de recuerdos “caros” y muebles que podrían venderse y a un pasado (económico) que no vuelve en contraste con una actualidad nada placentera (desde lo económico pero también afectivo). 

Chiquita (Margarita Irun) es un sujeto activo que irá a la cárcel debido a un fraude, en tanto, Chela (Ana Brun), una vez que su pareja está aún cerca pero lejos de ella, se moviliza desde varios aspectos para escapar de la rutina. Aparecerá una empleada doméstica (sutil lectura clasista sobre la sociedad paraguaya), pero antes que nada, Chela se convertirá en una “taxi driver” de mujeres de alto poder adquisitivo o, en todo caso, de una aristocracia paraguaya que a través de su discurso – simpático y verborrágico – jamás olvida su origen y ubicación social.

Pero el personaje clave (para Chela) será Angy (Ana Ivanova), una mujer más joven, oscilante en el terreno afectivo, diferente en casi todo a su chofer ocasional, de verba catártica en más de una oportunidad. En los encuentros, en los pequeños detalles de esta relación entre dos mujeres, en los silencios y miradas de Chela y en un erotismo todavía culposo y sutil, Las herederasencuentra sus mejores momentos.

Cine minimalista, de casa y pareja en declinación y de apostillas certeras más que de discursos contundentes (un registro clave que complace al mundo festivalero y al goce de buena parte de la crítica de cine), el opus inicial de Martinessi está concebido, como tantos otros ejemplos, desde una extrema astucia aunada a una buena dosis de cálculo.

Se verá, entonces, qué depara el futuro.

LAS HEREDERAS
Las herederas.Paraguay/Uruguay/Brasil/Francia/Noruega/Alemania, 2018. 
Dirección y guión: Marcelo Martinessi. Fotografía: Luis Armando Arteaga. Montaje: Fernando Epstein. Sonido: Fernando Henna y Rafael Alvarez. Dirección de arte: Carlo Spatuzza. Intérpretes: Ana Brun, Margarita Irún, Ana Ivanova, María Martins, Alicia Guerra, Yverá Zayas. Duración: 94 minutos.

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