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Si todo sale bien se esperan no menos de cinco películas a partir de la historia de Máquinas mortales, que es una serie de libros que cuenta con cuatro largas novelas y una precuela que a su vez consta de tres novelas más. Ya quedó claro con El señor de los anillos que a Peter Jackson le gustan los proyectos de largo plazo, así que Máquinas mortales parece hecha a medida para él, lástima que se haya quedado en el área de la producción y le haya cedido la dirección a Christian Rivers. Claro que lo anterior no implica perder de vista que será la respuesta del público la que determine si semejante plan es posible pero desde aquí estamos en condiciones de adelantar que a juzgar por la primera entrega, no será tan fácil que la cosa funcione, en principio porque no hay nada que no hay referencias fácilmente reconocibles, pero como dice una estrella de nuestra televisión que el público siempre se renueva, habrá que abonar la idea que siempre habrá incautos a los que todos les parezca novedoso y eso en los tiempos que corren, donde el público parece no tener noticias del pasado es más cierto que nunca.

La historia cuenta que en un momento los seres humanos vuelan por los aires y el mundo tal como lo conocemos desapareció y muchos siglos después, los pocos seres humanos que quedan se sobreviven como pueden en lo que queda de la Tierra. Los países han desaparecido y lo que queda son apenas unas fortalezas móviles que se andan conquistando unas a otras, la principal, al menos la que aparece en esta historia como muy agresiva y conquistadora, es Londres, que al arrancar la película cruza el estrecho que la separa de Europa para conquistar otras ciudades móviles.

Hay una especie de monarca que parece gobernar con mano dura pero con algo de criterio pero el poder detrás es Thadeus Valentine (Hugo Weaving), una cabeza brillante que conoce de arqueología y también sobre cómo conseguir energía del reciclaje de todas la porquerías que los “antiguos” que llevaron a la hecatombe a la civilización dejaron. Pero detrás de su imagen de hombre de ciencia esconde un monstruo sediento de poder que se halla abocado a recrear lo peor del mundo del pasado y a él se enfrentan las nuevas generaciones, su hija “oficial” y otra que es el fruto de una relación del pasado que solo intenta matarlo: Hester Shaw. En el medio aparece Tom Natsworthy (Robert Sheeham) que es un estudioso del pasado y que en confuso episodio termina fuera de Londres y acompaña a Hester, primero de manera ambigua y después como aliado en la que entiende que es una venganza legítima de Hester que vio a Thadeus asesinar a su madre.

El diseño de producción es impresionante pero los elementos que van apareciendo parecen tomados de manera caótica de clásicos de distintos géneros y el resultado además de confuso es un poco gastado, pero no sería raro que el público masivo caiga como chorlito.

La película acumula personajes y las resoluciones que se empiezan a suceder, dan como resultado una especie de agotadora maratón hasta llegar al final. En ese sentido está claro que la primera historia tiene una resolución, pero el proyecto general solo el resultado en la taquilla dirá si tiene una continuidad, aunque se agradecería que sea más original y deje de saquear de tantas fuentes diferentes. Máquinas mortales no es aburrida, tampoco novedosa ni sorpresiva y teniendo en cuenta que Peter Jackson está detrás de todo, quizás la solución de fondo sea que Jackson tome el mando y sea el director de lo que viene.

MÁQUINAS MORTALES
Mortal Engines. Nueva Zelanda/Estados Unidos, 2018.
Dirección: Christian Rivers. Guión: Peter Jackson, Philippa Boyens y Fran Walsh. Intérpretes: Hera Hilmar, Hugo Weaving, Jihae Kim, Robert Sheehan, Stephen Lang, Leila George, Frankie Adams, Caren Pistorius, Colin Salmon, Ronan Raftery. Producción: Peter Jackson, Deborah Forte, Amanda Walker, Fran Walsh y Zane Weiner. Distribuidora: UIP. Duración: 128 minutos.

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