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"Callos", de Nacho Rodríguez.

Llegando a las últimas jornadas del Festival Internacional de Cine de Costa Rica, nos proponemos esbozar un análisis de las películas que se presentaron durante esta séptima esta edición.

El Festival se propone como la ventana del cine centroamericano al mundo, por lo cual nuestro recorrido estuvo vinculado a estas cinematografías y al cine de América Latina y el Caribe en general. El Festival tiene una sección competitiva nacional y una de cine centroamericano, que no incluye cine costarricense. En las secciones paralelas, además, se presentaron producciones de Argentina, Chile y México. 

La programación permite observar la presencia de tres ejes fundamentales en las propuestas cinematográficas, mientras que algunos temas parecen no tener la misma persistencia. Por ejemplo no se vio con la misma potencia que durante el año 2017 la cuestión indígena, que más allá de las pantallas mantiene en tensión con los contextos sociales y políticos. Del mismo modo la actualidad política concreta parece haber quedado algo velada, salvo en la película local Callos.

Tal vez el principal eje que está presente transversalmente a toda la programación son los relatos vinculados a la diversidad sexual. En general, esta dimensión está contada desde la perspectiva individual de los personajes. Por supuesto que se proyectan más allá de esas historias personales, porque todas las formas de opresión y fobia son sociales y como tales, políticas.

Callos es un documental costarricense que cuenta la historia de tres jóvenes homosexuales, de entre 16 y 35 años, y experiencias muy diversas. Cada uno de ellos cuenta su historia, y eso gracias a un sistema narrativo que permite que esos testimonios dialoguen entre sí, estas vivencias hablan con el público y a la vez construyen comunidad. La película Nacho Rodríguez tiene una interesante construcción formal: se articula sobre el testimonio de los protagonistas apelando al uso de sus redes sociales, videos auto grabados por ellos mismos y material de archivo sobre las elecciones presidenciales de 2018, donde la discusión sobre el matrimonio igualitario se convirtió en el eje del debate entre candidatos.  

También la cuestión de la homosexualidad masculina se convierte, sorpresivamente, en uno de los temas centrales de una convencional una comedia dramática local, El baile de la gacela, que fue muy popular en Costa Rica, ya que se estrenó comercialmente en 2018. La película de Iván Porras articula dos grupos que cargan distintas discriminaciones: los adultos mayores y los homosexuales.  

Una de las mejores películas presentadas en el CRFIC, estrenada en Berlín y cuyo estreno centroamericano se hizo en Costa Rica, es Temblores de Jayro Bustamante, realizador de Ixcanul. Aquí Pablo, miembro de la alta burguesía guatemalteca, esposo “ejemplar” y padre amoroso, tiene una pareja homosexual. La película comienza en el momento en que su familia se entera de esta relación. Los temblores de la tierra, que son corrientes en Ciudad de Guatemala, son las expresiones de todas aquellas tensiones escondidas que al emerger ponen en peligro los cimientos de todo aquello construido. Del mismo modo la evidencia de la verdad y el deseo de Pablo, sacuden la vida social, laboral y familiar del protagonista. Pablo queda en una encerrona: no podrá acercarse nunca a sus hijos a menos que acepte el camino de “recuperación” que le ofrecen. Su familia le impone una suerte de tratamiento propuesto por los pastores con los que hablan su madre y su esposa. Abstinencia, fe, trabajo en la iglesia evangélica y una serie de recetas de cocina, sostenidas con mucha disciplina, le permitirán rehacer su vida como un marido heterosexual, en el hogar familiar. Bustamante articula cada movimiento desde la duda, y el espectador queda siempre envuelto en las incertezas. Los temblores a los que alude el título, siempre tienen consecuencias impredecibles. Hasta en el plano final de la película.

Las cuestiones relacionadas con los feminismos, que había estado muy presente en la edición anterior del CRFIC, se mantienen vigentes. El despertar de las hormigas, película costarricense de Antonella Sudasassi, cuenta la historia de una mujer casada sometida por las demandas y las prácticas patriarcales de su esposo, además de la presión de su suegra para tener un tercer hijo, que ella no quiere. Isabel está también atrapada por la situación económica que la obliga a ceder en sus deseos constantemente. Este modelo de economía familiar, el hombre proveedor que decide el origen y el destino de los gastos, es parte de este régimen de dominación casi invisible. Sin embargo aquí lo invisible se hace evidente en cada pequeño gesto, en cada pequeño acto y en todas las situaciones cotidianas. La directora logra ser precisa en dar cuenta del régimen patriarcal con mucha delicadeza. Esa mirada, construida también con las miradas de sus hijas mujeres, repone un espacio y un conjunto de personajes que no siempre son protagonistas de los debates.

Fuera de las competencias, la película mexicana La Camarista –sin duda de lo más destacado de la muestra- articula dos lógicas del régimen de dominación: de clase y de género. La primera escena de la película devela esto con precisión y con un mínimo uso de recursos formales. Evelia, la joven empleada del hotel de lujo, encargada de limpiar y ordenar las habitaciones, se cubre el pelo con una rejilla de modo que ninguno de sus cabellos pueda caer sobre las blancas e impecables superficies del ambiente. Sin embargo tiene que levantar una suerte de pañal lleno de detritos humano con sus manos, que no tienen guantes ni otro tipo de protección. Estos pocos planos explica claramente no sólo la condición de clase si no también la distancia simbólica que hay entre aquel que puede ser turista en ese hotel de lujo y quién está encargada de limpiar sus habitaciones. La película, que no abandona nunca a Eve y en la que no existe otro espacio físico que el hotel, retoma la idea de la doble explotación expuesta desde hace muchos años por el feminismo político.

Apelando a ciertas implicancias indirectas, podríamos pensar otra interesante película mexicana, Feral de Andrés Kaiser,  en relación con estos ejes. Si aquí no hay discriminación sexual o dominación machista, hay un dilema central de la modernidad y del par saber/poder. El tema es el de los niños salvajes y su potencialidad para ser educados en el marco de un modelo civilizatorio. Lo que Kaiser pone en juego es la cuestión de la otredad, del otro salvaje, indeseable, que no sabe. Esta película de terror, más a la Poe que a las sangres inútiles que abundan en Hollywood, propone esta tensión en una sociedad micro, hegemonizada por un ex sacerdote. Es él, ni más ni menos que un religioso, el hombre que domina y entrega la palabra.

El tercer eje, que está presente con altibajos desde hace al menos 10 años en el cine de la región, es la memoria. En este caso la comprendemos como la memoria de las violencias y la explotación, como las memorias de los sectores populares alrededor también de sus tradiciones. Esas memorias son las que nos permiten aproximarnos a muchas de las historias que aún permanecen invisibilizadas. La batalla del volcán busca reconstruir desde puntos de vista opuestos, militares y de combatientes revolucionarios, el que fuera el ataque final del Farabundo Martí en 1989, que obligó al gobierno a aceptar un acuerdo de paz en El Salvador. También como parte de la competencia centroamericana, en La asfixia lo que se reconstruye, eliminando las innumerables capas de olvidos, es un caso particular, la desaparición del padre de Ana, uno de los 45000 desaparecidos por la dictadura guatemalteca.

En este sentido las tres películas argentinas, ya estrenadas en nuestro país, dan cuenta de las formas de contar la memoria. La por momentos ambigua Rojo, de Benjamín Naishtat, que desde la ficción propone una mirada de complicidad civil con la dictadura; el notable documental El silencio es un cuerpo que cae, de Agustina Comedi, que articula la cuestión de la homosexualidad, ya que Comedi “descubre” la vida como homosexual de su padre, que luego se impone casarse con su madre y someterse a ese orden heterosexual y matrimonial. La directora traza una línea entre la violencia lo que la “normalidad” impuso sobre su padre en el orden familiar, como también con la represión en la organización de izquierda a la que pertenecía y la brutalidad policial sobre los cuerpos de él y su grupo de amigos; finalmente Sueño Florianópolis cuenta la disgregación de una familia y del sueño de la burguesía argentina en el marco de un viaje a Brasil, que era  en los ’90 una suerte de coronación del sueño de la economía liberal. La película funciona como un relato sobre la disgregación y la frustración de la clase media producida por el neoliberalismo en Argentina.

Una memoria que hoy parece imprescindible.


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