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Cuando en 1996 George R.R. Martin publicó, tras un largo bache de nueve años, su novela fantástica Juego de tronos, el primero de los libros de la saga Canción de fuego y hielo, difícilmente imaginó la repercusión que tendría. Hubo que esperar 15 años para que David Benioff, guionista de películas como Troya, X-Men el origen y Wolverine, se animara a adaptar el texto original, con la ayuda de D.B.Weiss, otro conocido escritor del medio, y la primera temporada de la serie Juego de tronos (Game of Thrones – HBO) llegase a la pantalla chica. Los libros de Martin se han agotado, pero la serie no y en pocos días disfrutaremos de la última temporada.

Juego de tronos no es la única serie que ofrece una diégesis compleja, con múltiples tramas desplegadas en paralelo y minuciosamente detalladas. Tampoco puede asumirse que su éxito radique en el hecho de estar ambientada en un mundo medieval. La belleza de los cuadros visuales, la gran profesionalidad de actores y técnicos y la innegable calidad de los efectos visuales constituyen el atractivo principal de innumerables series y no sólo la que nos ocupa. Dicho todo esto cabe preguntarse: ¿qué es lo que mantiene a las audiencias de Juego de Tronos en vilo temporada tras temporada? Su secreto radica en los matices de los personajes, su complejidad moral. La serie apunta a uno de las preocupaciones centrales de la sociedad contemporánea: la otredad. Juego de Tronos despliega un vasto muestrario de “otredad”: los salvajes, el otro de la civilización; los bastardos, el otro de los “bien nacidos”; los eunucos, los enanos, los que tienen mil rostros, los muertos vivos. Este sinfín de contrasubjetividades, todas ellas en perpetuo devenir, mutando en algunos casos de manera muy drástica, transformándose en lo que no eran, nos dan, paradójicamente, tranquilidad sobre nuestra propia condición.

Las mujeres, el otro de los hombres, muestran una variedad y riqueza incomparables. Emmanuel Levinas afirma que ser responsable es “abrirse pasivamente al sufrimiento del otro ahí”. Imposible no sentir empatía por las jóvenes Stark, tan distintas una de otra. La dulce Sansa, que soñaba con reinar en la Capital rodeada de niños, el epítome del cliché femenino, llega a la última temporada como una líder fría y desalmada. Una verdadera sobreviviente, que ha logrado sobreponerse a experiencias terribles a costa su ingenuidad y romanticismo. Su hermana Arya, por su parte, jamás fue un modelo de femineidad y ha pasado casi la totalidad de la serie vestida y actuando como varón. Su sed de sangre y venganza se ha extendido desde la muerte de su padre, al fin de la primera temporada, hasta la muerte del traidor que la ocasionó, el infame Lord Baelish, al final de la séptima. Y a pesar de todo el espectador no puede más que abrirse a su dolor, el dolor innegable que le produce la pérdida de sus padres, la soledad y la incomprensión.

El caso más interesante es el de Daenerys, la joven hija del rey loco, nacida en la tormenta. Ese inquietante dato, que se entrega al espectador cada vez que se la nombra oficialmente, es seguido por otros aún más perturbadores: la que no arde y madre de dragones. ¿Qué clase de ser esconde la angelical figura de Daenerys? ¿Es hija de la tempestad, carga con ella el estigma del tumulto, que la rodea o que provoca desde su nacimiento? Daenerys no puede ocultar su bestia interior, que se exterioriza en sus tres inhumanos hijos. En su alianza con Drogo, un ser poderoso pero primitivo, deviene dothraki, luego deviene dragón, al parirlos, y por último deviene mujer, a partir de su relación con el poder y los hombres. ¿Cómo no abrirse a su dolor? Tal como plantea Levinas, Daenerys es un enigma indescifrable y la serie, al no reducir su alteridad a los esquemas de representación aceptados, nos obliga a replantearnos nuestros estándares.

Las relaciones binarias no tienen lugar en la serie. No hay: femenino/masculino, joven/anciano, fuerte/endeble, caballero/plebeyo, honorable/ruin; los grises, en todas sus variantes, impregnan los cuadros visuales y las clasificaciones por igual. De esta deconstrucción y este regreso a lo anterior, lo antiguo, e indefinido es que surgen los principales sujetos del relato: “los muertos vivos”. Ese ejército de seres, que crece sin parar y al que no hay como derrotar, ya que no son más que nosotros mismos, pero transformados por ese proceso inapelable que es la muerte y nos obliga a tomar conciencia, capítulo a capítulo de la propia finitud. Ellos son los principales protagonistas de este final de GOT.

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