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Si algo tenemos por seguro es que la obra de William ha resistido el paso de los siglos, que tiene infinitas lecturas y actualizaciones y que Hamlet es un texto al que, por motivos y estímulos diversos, dramaturgos, actores y directores siempre desean volver. 

Seguramente cada uno de nosotros tendrá explicaciones para esta capacidad de producción de poéticas y de sentidos que dispara la historia del joven príncipe de Dinamarca. La capacidad de Shakespeare para abrir la puerta a la modernidad y a la existencia del sujeto consciente de sí mismo –eso que casi setenta años después Descartes resumió con su “Pienso, luego existo”- despliega ese abanico inacabable de búsquedas.

La modernidad, esa que surge cuando el sujeto adquiere para sí el poder de conocer y transformar la naturaleza, para fundar la verdad y para decidir sobre su destino más allá del mandato de oráculos y dioses, entra en crisis desde la segunda mitad del siglo pasado. Cuando la historia muestra una humanidad no necesariamente buena e igualitaria, se pierde toda certeza de un mundo que avanza linealmente hacia un futuro mejor.

Esa invalidez de seguridades llama a regresar a la pregunta por aquel (aquellos) que somos. Esa misma que Hamlet formula en el famoso monólogo que comienza con el no menos célebre “¿Ser o no ser?”. Allí Shakespeare / Hamlet afirma, “Así la conciencia hace de todos nosotros unos cobardes: y así los primitivos matices de la resolución desmayan bajo los pálidos toques del pensamiento, y las empresas de mayores alientos e importancia, por esa consideración, tuercen su curso y dejan de tener nombre de acción”. Conciencia y pensamiento tuercen el curso de la historia, de la acción ordenada por el mandato. Aquello que acá suena a cobardía –y de alguna manera también lo hará 50 años después en el Leviatán de Hobbes-, será la potencia del positivismo que atraviesa nuestra filosofía (¿tal vez la misma que la del buen Horacio?)

En tiempos de escasez de certezas, Hamlet nos permite volver a pensar en el origen y reconstruir eso que aun somos, hombres modernos que anhelamos el futuro de progreso que alguna vez nos fue asegurado. Por eso Hamlet es la obra de teatro a la que inevitablemente retornamos.

Al menos dos versiones de una de las obras más representadas se puede ver hoy en Buenos Aires. Radicalmente diferentes, la una clásica y la otra traída a un presente del ahora mismo; la una en la sala central de un teatro oficial y la otra en una casa del barrio de Colegiales; una respetando texto, otra desarmándolo para rearmarlo. Hamlet, a secas, es la (pro)puesta de Rubén Szuchmacher en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín y Ojalá las paredes gritaranla de Paola Lusardi en ese espacio privado. Ambas están profundamente trabajadas y responden a los poéticas y los tiempos de sus creadores. No duden en verlas y pensar como dialogan estas textualidades que surgen de la obra clásica puesta en acto.

Ojalá las paredes gritaranHamlet, el centennial 

Allí están Hamlet y Horacio (uno de los hallazgos de la puesta de Lusardi desde Colegiales), apartados, arrinconados en el costado del mundo sobre un teclado eléctrico con el que acometen ruidos.

Adolescentes del más absoluto presente. En el ahora del instante teatral. Si el teatro siempre remite a un pasado, aun instantáneamente reciente, el contexto y la relación del público con la escena interfiere en esa lógica y esto refuerza la intención de la directora de traer a Hamlet a este tiempo.

Más allá de la idea de los márgenes de respeto al texto o de la apropiación del mismo -discusión que puede tener sentido en otro contexto-, lo cierto es que Lusardi aprovecha el presente para explorar elementos que no siempre están tan trabajados como la dimensión espacial, los elementos, los colores y sobre todo, los cuerpos y su erótica.

Será a través de esa construcción de personajes y sus cuerpos cargados de vitalidad o muerte, que la cuestión del poder, lo central de la obra, se pondrá en juego. El joven Hamlet enfrentará a su tío Claudio, ahora dueño del emporio empresario que alguna vez manejó su padre, tanto en el modo de ocupar el espacio familiar como en la relación con su madre. La casa moderna, el lenguaje puesto en el presente –cierto anacronismo en Polonio funciona para traer también el orden moral completamente perdido en esta relación desencajada- y las normas de relación de poder capitalista (dinero, empleo, consumo) son espacios simbólicos para actualizar la trama clásica.

A la vez tendrá una identidad generacional, esa que también se suele perder en otras puestas, en la relación erótica con Ofelia, quien podrá ser pensada desde su propio encuentro con la sexualidad. ¿Cómo entender ese suicidio intuido del gran personaje femenino de la historia si no es desde su lugar de adolescente sexuada, cargada de deseo y reprimida?

Una pregunta que deja la propuesta es por Horacio, el que no habla. El amigo que viene de afuera –el mundo de la ciencia y de la Historia- aquí calla. El hombre al que Hamlet le da su voz de moribundo, a quien conmina a convertirse en historiador, no cuenta nada. ¿Por qué Lusardi nos propone la paradoja de que el que cuenta permanezca callado, que acompañe a su amigo con ruidos sin mucho valor expresivo?

Tal vez allí se centre una de las posibles lecturas en relación con el sujeto moderno / postmoderno, el valor de las palabras, y el sentido de todo relato sobre el pasado en relación con el futuro. Si Hamlet en 1605 muere para fundar el futuro, ¿cuál será el sentido de su muerte en 2019 en el barrio porteño de Colegiales?

Hamlet: El hombre que alguna vez fue joven

Lejos de ser una mirada crítica sobre la puesta de Szuchmacher en el San Martín, este subtítulo propone una manera de pensar la obra original desde el clasicismo. Hamlet es el joven atravesado por el dolor que se transforma en el hombre que decide matar y con tal gesto convertirse en rey, aun cuando el cetro lo tenga su tío Claudio. Porque Hamlet mata utilizando los atributos reales a Rosencrantz y Guildenstern, y no solo como forma de escapar a su muerte, sino para asumir el lugar que entonces siente que le corresponde. Por eso al regresar, frente a la tumba de Ofelia afirma “Soy el Danés”, que no es lo mismo que decir soy un danés.

Así, ese hombre que fue joven es el eje de esta propuesta. De allí la centralidad del trabajo escénico de Joaquín Furriel. Él ocupará el centro del escenario, se desplazará hasta allí para decir sus parlamentos y será a su alrededor que girarán los personajes. Las relaciones de poder que se despliegan en la obra serán establecidas en relación con él.

Y si la duda es clave en Hamlet, lo es sin dudas por el juego con el lenguaje a través de la polisemia, la vacilación y el poder del engaño. Aquí esto se potencia de un modo notable y por ello también se destaca el trabajo de Claudio Da Passano como Polonio, más allá de su talento y su aporte desde los gestos del clown. Porque Szuchmacher, con un respeto al texto original que se agradece, retoma ese pasaje de Hamlet entre la juventud y la muerte como una construcción que se cimienta en la tensión entre la duda, el mandato y la decisión. Esto también explica el lugar de Rosencrantz y Guildenstern en la puesta. Si muchos diluyen su presencia, el director acá parece afirmarla.

Si a través de la palabra se expresa la duda por sobre la certeza de un orden que está desapareciendo, asoma también la potencia explicativa que adquirirá con la modernidad.

El espacio-tiempo en el que difusamente está instalada esta versión, permite pensar en alguna nación decadente en las primeras del siglo XX. Un Estado viejo amenazado por la nueva reconfiguración del mundo y el avance de la modernidad de la Europa occidental que se llena de armas para enfrentar el futuro. En esa región de la historia aparece una repetición posible de la decadencia de una dinastía de la que Shakespeare hablaba cuatro siglos atrás. De alguna manera Horacio, el hombre que alguna vez contó la historia, es sobre el final imaginariamente relegado a un costado. Aunque Szuchmacher respeta el final con absoluta fidelidad, cierto corrimiento del lugar de Horacio abre la Historia para que la cuenten, una vez más, los ganadores. Los que siempre parecen ganar.

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