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Entre el 1 y el 5 de mayo se desarrollará la 9 edición del Festival Internacional de Cine de Cosquín, así que como anticipo hablamos con su director artístico, Roger Koza, sobre los objetivos del encuentro y cuáles son las novedades de esta edición.

El festival consolida a lo largo de sus ediciones una programación acotada pero sólida. ¿Considerás que esa estrategia es, también, propia del “hacer” en el cine independiente?
Lo más interesante y a la vez exigente del FICIC reside en su tamaño. Tener que reunir unos 40 títulos implica comprender que no hay margen para el error. Cada película elegida debe ser representativa de la idea de cine que tiene el festival; cada película es así una pieza insustituible. En ese sentido, el festival es un organismo imaginario constituido por películas concretas que tienen en este una función estética irremplazable. Lógicamente, el dinero y el tiempo (del festival, apenas 5 días) son las variables externas a ese requerimiento, pero la forma de conjurar la escasez de ambos pasa por resolver todo en la puntería. Elegir es aquí tomar resoluciones decisivas.

La Competencia Internacional de Cortometrajes es una categoría fuerte del festival. ¿A qué cuestiones, dentro del circuito de festivales, responde este posicionamiento?
No se trata de una estrategia de posicionamiento, sino de una política de programación bien consciente: lo único que diferencia un cortometraje de un largometraje es su extensión. ¿Por qué debería ser más importante un film de 70 minutos que otro de 4? El rigor es independiente de la duración de un film, incluso la presión de trabajar en tiempos acotados hasta puede hacer todo más arduo. Basta recordar la obra de Artavazd Pelechian para confirmarlo. El cineasta armenio, cuya obra consiste prácticamente en cortometrajes, tardó un año y varios meses en hacer Los habitantes, una obra maestra de menos de 10 minutos. La habitual piedad que se suele ejercitar en muchos festivales frente a los presuntos principiantes que se inician con cortos está descartada de plano. Eso nos permite combinar un corto de Radu Jude con uno de un director ignoto; si el director debutante ha demostrado cierta ambición en su película y ha encontrado, por consiguiente, la traducción formal de esta, es ya un candidato a ser considerado.

La categoría Competencia Nacional Cortos de Escuela se consolidó como un importante espacio de exhibición para aquellos grupos o autores que recién comienzan. ¿Considera este uno de los valores mas significativos de la propuesta del festival?
Es una sesión programada por Lea Naranjo y Ramiro Sonzini, críticos los dos, y además cineasta y montajista, respectivamente. Son meticulosos; solamente quedan las películas que detentan un gesto cinematográfico preciso. En esa sección pasaron Fernando Restrelli y Santiago Reale, dos cineastas que ahora compiten en el festival y cuyas películas vienen de estrenarse en IDFA y Berlín. Ninguna sección es más significativa que otra; las razones que di en el inicio sobre las películas se aplican asimismo a las secciones.
Por fuera de las competencias, ¿qué tipo de “expectativas” u objetivos se plantea la programación en sus otras categorías?
Las otras secciones trabajan en contrapunto la historia del cine con el presente de este. La sección “Se viene el gauchaje”, ideada por Fernando Peña, funciona como una intromisión enigmática de un pasado semiolvidado del cine nacional y regional que en las coordenadas del cine de hoy resulta una experiencia inconmensurable. Poner en diálogo las películas argentinas actuales con estas de gauchos permite conjeturar hiatos y discontinuidades en la evolucion heteróclita del cine argentino. El foco prodigado a Carmen Guarini también tiene una misión histórica. El cine de Guarini es clave porque ella presiente en los ‘90 una deriva y un cambio radical en el panorama documental del cine argentino. Sus películas se sitúan en la intersección de un cine sobreviviente de los ’80 y un cine de fines de los ’90 que dará lugar a una renovación total. En ese sentido, Meykinof, donde sigue las instancias del rodaje deRonda nocturna, de Edgardo Cozarinsky, es, al menos para mí, fundamental: ese film reúne la generación del ’60 y del ’70 con la del ’90, y ese encuentro tiene lugar en el inicio de nuestro siglo. Literalmente, ella filmó la conjunción de dos épocas del cine en un tiempo nuevo. Finalmente, la retrospectiva completa dedicada a André Novais Oliveira ayudará a seguir construyendo desde el festival un mapa cinéfilo sobre las transformaciones del cine independiente brasileño. Todos los años hemos prestado especial atención a lo que sucede en el país administrado ahora por un monstruo bajo la aquiescencia de un sector social que lo permite, algo que los cineastas en cierta forma predijeron (es el tema deBaixo centro y Sol alegría) y que también ha estimulado la imaginación de una generación de cineastas. Oliveira es uno de los grandes secretos del cine independiente de la región, y poder dar cuenta de eso es simplemente vindicar nuestra adjetivación de “independiente” con dignidad y alegría. ¿Hace falta entonces explicar por qué Perrone, Ruiz y Moguillansky tienen cada uno de ellos películas en el festival? Por las dudas: ellos son rostros diversos y libres del llamado cine independiente argentino. Con todo esto, mi expectativa como director artístico es poder pensar junto a nuestro público qué signifca hoy ser independiente y qué es el cine frente a ese adjetivo que reclama una pregunta y un movimiento del pensamiento para intentar responderla.

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