Los Periféricos es el nombre del colectivo de seis directores responsable del documental del mismo título, así que este funciona de alguna manera como carta de presentación. Pero el nombre Los periféricos también hace referencia a la forma de encarar el objeto del film, en este caso el rock nacional, y en particular a la elección de sus personajes, entendiendo aquí periféricos como marginales no necesariamente en el sentido del reviente o la marginalidad más lumpen sino el estar y haber pasado por la historia desde los bordes. Personajes que no ocupan el centro de la escena, no forman parte del canon establecido del rock nacional, no están consagrados ni tienen la prensa de las grandes figuras.

El largometraje está compuesto a su vez por seis cortometrajes, cada uno con un director distinto abordando un tema o personaje diferente. Y si bien hay una temática común, cada realizador realiza su corto con su propia estética, su propia narrativa, haciendo uso de recursos diversos. Así, mientras algunos eligen un formato de documental más tradicional, otros exploran otras variantes. Como Juan Riggirozzi con Viva CualKier Revolución que introduce animaciones y texto escrito que subraya o comenta lo que se cuenta, en función de adecuarse a la estética desprolija propia de lo que está relatando que es la historia del emblemático salón Pueyrredón, reducto histórico desde los 90 hasta hoy del Punk y el activismo contracultural. Otros, como Luis Histoshi Díaz y Gonzalo Hernández con aDDRogué, prefieren una fotografía en sobrio blanco y negro y un uso muy expresivo del sonido para que el baterista y técnico de grabación Marcelo Belén cuente las particularidades del ya legendario estudio de sonido que regentea en la localidad de Adrogué. Algunos personajes como el escritor y periodista Enrique Symns, que protagoniza el corto La Mala Suerte de Gabriel Patrono, son figuras clave de la escena desde sus libros, desde su ya mítico papel de presentador de Los Redonditos de Ricota y como director y redactor de la revista Cerdos & Peces, pero aquí se lo ve en otra faceta, la de poeta en vivo acompañado en escena por una banda de blues rock.

En entrevistas los realizadores contaron que cada uno de ellos filmó su propio segmento sin meterse en el del otro hasta llegada la instancia del montaje y recién ahí trabajaron en conjunto. Esto, que podría hacer pensar a priori en una pura unión de fragmentos, posee sin embargo una ilación trabajada para que el relato fluya y se pase naturalmente de un corto a otro, de una historia a la otra, sin separadores o transiciones, y logre su carácter de obra completa y coherente en su diversidad. Y lo que le da también esa coherencia, esa lógica propia, es la actitud que está presente en todos ellos. Una actitud que podríamos llamar punk, aun cuando este no es el único género que se muestra y se llega incluso a los verdaderos inicios del rock en la Argentina. Una disposición abierta, una vocación de cuestionar y no quedarse con las ideas cristalizadas y los preconceptos en torno al rock argentino y su historia. Riggirozzi en su corto hace una reivindicación pero trata de desmarcarse en lo posible de una épica o de la pura celebración, y así cuanto entrevista a los responsables del Salón Pueyrredón muestra todas las dudas, el hartazgo y hasta el pesimismo de uno de sus artífices, Gustavo López, que hasta se permite dudar de la pertinencia de este material para un documental. 

El último corto, Mi Historia del Rock de Iván Wolovik, ejemplifica claramente esta voluntad desmitificadora. El joven historiador de rock Victor Tapia parado en el baño de La Perla de Once cuenta la consabida historia de cómo Tanguito y Litto Nebbia compusieron allí La Balsa en lo que la historia oficial ubica como inicio del rock nacional. Lo que hace luego es ubicar este mojón como un momento fundacional, quizás necesario y hasta hermoso, pero que no solo es una convención sino también un acto de injusticia con unos cuantos artistas que ya venían haciendo rock en la Argentina desde fines de la década del 50. Acto seguido se desplaza de este baño legendario (que ya no es igual al del mito), pasa por el boliche La Cueva (de la cual no queda nada) y recorre la ciudad en un relato que reintroduce para la historia del rock a figuras como Johnny Tedesco y principalmente Eddie Pequenino, a quien los que tenemos cierta edad lo recordamos como humorista pero que fue uno de los primeros músicos en grabar canciones de rock en nuestro país (varias de las cuales no cuentan con copias que hayan sobrevivido). Como un arqueólogo desplazándose por una locación en ruinas pero con la voluntad rigurosa de traer visibilidad a una historia que fue ignorada o menospreciada.

El género documental de música, y en particular el de rock, al que a veces se bautiza como rockumental, está teniendo un bienvenido auge en el mundo y también en la Argentina. Basta observar su presencia en los festivales y también en las plataformas de streaming. Los periféricos es un buen exponente de esta tendencia que además deja en claro que, además de las figuras consagradas y omnipresentes, hay muchas más historias en nuestro rock que merecen ser contadas. 

LOS PERIFÉRICOS
Los Periféricos. Argentina. 2019.
Dirección: Colectivo “Los Periféricos” (Juan Riggirozzi, Iván Wolovik, Tomás Makaji, Luis Histoshi Díaz, Gonzalo Hernández, Gabriel Patrono, Lautaro Aledda, Pablo Arias). Con la participación de Máximo Martín Soto (Max Secuestro), Marcelo Belén, Enrique Symns, Raúl “Rulo” Fernández, Batra Luna, Gustavo Lopez, Victor Tapia. Montaje: Iván Wolovik, Juan Riggirozzi. Música: The Tormentos. Diseño y gráfica: Nancy Lopez. Post Producción de Imagen: Filmódromo. Post Producción de Sonido: Santiago Greco. Producción: Idealista, Filmódromo, La Nave De Los Sueños, Divagario, Arti Films, Boca Seca. Duración: 60 minutos.

Todos los jueves de mayo en el Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543, CABA)

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