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El universo del realizador surcoreano Lee Chang Dong es siempre particular y personal pero a la vez se extiende hacia lo universal. Esta vez, en Burning el trío de jóvenes que protagoniza la película son perfectamente orientales, en sus costumbres, en su modo del pensamiento, en sus tradiciones y a la vez son universales; en sus dudas, en su desesperanza, en su insatisfacción permanente sobre el mundo ultra capitalista que los rodea.

Un joven universitario, con voluntad de ser escritor sin ningún capital monetario se encuentra con una jovencita, simpática, misteriosa, soñadora con la que entabla una relación azarosa. Ella emprende un viaje a África y vuelve acompañada por otro joven, un extraño rico, un poco displicente a quien le seduce incendiar viejos invernaderos. Este trio responde a los caracteres de los jóvenes orientales y a la vez responde también a las diferentes subjetividades contemporáneas; el pobre que con una madrea ausente y un padre preso debe mantener la casa paterna, una jovencita que trabaja ocasionalmente como promotora en esas ferias coreanas donde la mercancía es más relevante que el espíritu y finalmente un muchacho del que no sabemos casi nada, solo que es rico, desconocemos de qué manera obtuvo y obtiene su dinero.

La seducción corre por el trio como un relámpago de electricidad, conmoviendo los cuerpos y las cabezas. Los tres se seducen entre sí, los seduce el baile de la chica, el porro que se fuman juntos frente a un atardecer, el dinero, los gatos. El mundo de Lee Chang Dong es algo inestable no solo en lo sentimental sino en la circulación del dinero, en las pulsiones sexuales, en la mirada sobre el otro.

La puesta en escena es magnífica y acompaña la inestabilidad de los protagonistas: esa ciudad con la que abre la película es una ciudad repleta, con gente que va y viene, con caminos sinuosos y con vidrios que reflejan y a su vez espejan una realidad efímera que no parece ser verdadera, sino solo el reflejo de esos cuerpos que la transitan eventualmente. Los personajes suelen reflejarse en vidrios de ventanas y ventanales, miran hacia afuera, están de un lado del vidrio o del otro; sus subjetividades se construyen de este modo, en el reflejo de la realidad que es siempre borrosa, esmerilada tan inestable como ellos.

Basada en un cuento de Haruki Murakami y tamizada por el estilo de Wiliam Faulkner sobre todo en la constitución de esa comunidad y en la mirada sobre la naturaleza y los paisajes; Burning perfectamente podría tener otras resonancias literarias y cinematográficas. Por ejemplo, El rayo verde no solo es una de las grandes películas de todos los tiempos del maestro inagotable Eric Rhomer y un sorprendente libro de Julio Verne ; sino que básicamente es un fenómeno natural, atmosférico, óptico. Es el primero y el último rayo de sol del día; predice el amanecer ya la vez cierra el atardecer; como una especie de final lánguido y aletargado. En Burning el rayo verde está presente siempre sobre todo en su intangibilidad, remarcando lo instantáneo como ese límite impreciso entre aquello que llega y aquello que se va, entre el comienzo del día y la luz que apaga la tarde encendiendo la noche. Cuando los dos jóvenes tienen sexo la primera vez, ella le dice algo así como que” hay que tener suerte para ver el rayo del sol que entra en un instante por la ventana”. Ese rayo y ese instante del sexo, fugaz, imprevisto, insustancial, sublime, irrecuperable es el que marca el ritmo de una película que hacia adentro también es fugaz e imprevista, inclasificable y además es única.

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