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Mariela (Lorena Vega) una joven de unos 35 años regresa a su pueblo natal en zona de la costa después de 15 años de ausencia. En cierto sentido es lugareña, pero a esta altura se siente (y también la tratan) como una forastera ya que desde entonces cortó todo contacto. Los motivos de su partida y también los de su regreso no están claros de movida y se irán develando con el transcurso de los días y de sus encuentros. Pero en primer lugar se trata de arreglar algunas cuentas pendientes con su novio de adolescencia Gastón (Guillermo Pfening) y también, aunque esto no era tan buscado, con el hermano de éste Carlos (Marcelo Subiotto). La llegada de Mariela no cae bien ni a aquellos a los que busca ni tampoco a los que trata de evitar y la protagonista se mueve por las calles del pueblo en medio de una atmósfera cada vez más cargada de hostilidad y rechazo, que al principio es sutil y solapado y después ya no tanto. La razón de este enrarecimiento se irá develando a través de sucesivos flashbacks a la adolescencia del trío conformado por Mariela, Gastón y Carlos descubriéndose una trama de secretos enterrados pero con ganas de salir a la superficie.

El bosque de los perros es el primer largometraje del santacruceño Gonzalo Javier Zapico y forma parte de una corriente de películas independientes de género que en los últimos años viene mostrando exponentes muy interesantes. Suerte de thriller y oscuro coming of age en locación rural, con la idea ya conocida hasta el lugar común, pero que sigue siendo efectiva, de pueblo chico infierno grande. Ese lugar apacible en apariencia se revela como un escenario denso y asfixiante, testigo de traiciones, resentimientos y desafíos perversos que se manifiestan en la crueldad inútil de un ritual de sacrificio de perros. En ese sentido se emparenta con otro film reciente como El eslabón podrido (2015) de Valentín Javier Diment que también muestra el pueblo y la comunidad en su vertiente más sórdida y corrompida.

El personaje de Mariela se mueve en la ambigüedad. Está en su pueblo, el lugar donde pasaron cosas determinantes para su vida, y a la vez lo siente completamente ajeno. Fluctúa en su adolescencia entre ambos hermanos, uno sensible y frágil al que ama pero manipula y el otro más fuerte y prepotente al cual rechaza y a la vez se entrega. Pero en cualquier caso, aunque en su presente sea de algún modo acosada, no se comporta como una víctima. Se defiende, pelea, putea y muestra los dientes, algo mucho más saludable que el rol acostumbrado de la dama en peligro para el que no se postula. Los diálogos son cortos, precisos y cortantes y por eso mismo más creíbles.

La trama avanza entre los intentos de Mariela de ajustar cuentas y arreglar algo del pasado y los flashbacks que van resignificando y sugiriendo que ese algo quizás no tenga arreglo. En este marco turbio nos encontramos con la pérdida de la inocencia, el peso de un pasado que vuelve a repetirse fatalmente y la idea de que los inocentes y las almas bellas no tienen demasiadas posibilidades de sobrevivir. Nos damos cuenta de que a lo mejor nadie es bueno, y ciertamente no lo es su protagonista, pero eso no impide que a veces nos pongamos de su lado. Un logro también de Lorena Vega que construye un personaje complejo e intrigante.

EL BOSQUE DE LOS PERROS
El bosque de los perros. Argentina, 2019.
Dirección: Gonzalo Javier Zapico. Intérpretes: Lorena Vega, Guillermo Pfening, Marcelo Subiotto, Angelo Mutti Spinetta, Julieta Brito, Francisco Macia. Guión: Gonzalo Javier Zapico. Fotografía: Germán Constantino. Música: Damián Grafigna. Dirección de Arte: Victoria Cachan. Producción: Marcelo Vitali, Julio Midu, Roberto Salomone. Producción Ejecutiva: Marcelo Vitali, Sebastián Feldman, Tito Vitali. Distribuye: Primer Plano. Duración: 82 minutos.

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