La crisis política que atravesó nuestro país en el 2001, ofrece el escenario perfecto para narrar una historia turbia, que desnuda viejos entramados políticos de corrupción. Bajo ese contexto de caos y desamparo, se desarrolla El Sonido de los Tulipanes del realizador Alberto Masliah (Schafhaus, casa de ovejas, 2010) ambientada en aquellos años y con un gran elenco de actores.

Marcelo (Pablo Rago) es un escritor devenido en periodista de un diario local, y autor del libro “El Sonido de los Tulipanes”, en el cual revela un complot a través trabajos de inteligencia que involucra a muchas personas del entorno de su padre, Antonio Dimmarco “Tonio” (Roberto Carnaghi), un ex activista político y consagrado intelectual, con quien se distanció hace años a causa de esa publicación.

Cuando Tonio aparece muerto, en circunstancias poco claras, comienza un proceso de investigación en manos del Laucha (Gustavo Garzón), quien sospecha que no fue un suicidio. Para Marcelo la pérdida de su padre lo desestabiliza emocionalmente y comienza a dudar de todos los que lo rodean. Entre ellos, aparece Carolina (Calu Rivero), la ex secretaria del padre, quien lo acompaña a develar el crimen, mientras él se enfrenta a El loco Bertolini (Gerardo Romano) y a su banda involucrada en aquel complot. Marcelo continúa para llegar a la verdad, a pesar del alto costo de su misión.

Mientras las acciones avanzan para dar luz a los hechos, la trama se va complejizando y abriendo en varias subtramas que responden a temas vinculados a la dictadura, la apropiación, el exilio y la militancia política. En ese marco, todo está a punto de quebrarse, la desconfianza entre los personaje se acrecienta, y la sospecha presiona para sostener el policial. Al mismo tiempo, los protagonistas se mueven bajo la dualidad de un contexto adverso, donde les cuesta sostener los vínculos y mantener las ideas por las que lucharon, en otros tiempos.

La película, enmarcada en el policial y con algunas características del cine negro, principalmente por los roles y estereotipos de los personajes, más que por el clima o la estética alcanzada, tiene puntos en común con Betibú (2014) de Miguel Cohan, en relación al escenario que presenta (una muerte a investigar), la realidad política argentina que refleja y las conductas sociales que se desprenden.

Alberto Masliah, con una vasta experiencia en la producción y el documental (Negro Che, los primeros desaparecidos, 2006; El último quilombo, 2012; Yenú Kade: Cristiano bueno, 2015), sigue la línea temática de sus trabajos anteriores orientados a la identidad y los derechos humanos. En éste caso, según palabras del realizador, la identidad se remite más a un tema intrapersonal, en relación al vínculo padre e hijo, quienes van redescubriendo quienes son a partir de la pérdida, como quiebre.

A pesar de la buena elección de los actores, que hacen lo posible por sostener la tensión, hay escenas donde la interpretación parece algo forzada, y otras, donde la mirada a cámara fracasa en su relación con el fuera de campo; no por lo que se preserva al espectador, sino en cuanto a lo formal.

El sonido de los tulipanes trabaja sobre puntos oscuros de nuestra historia, pero en su afán por develar tantos frentes abiertos desde el guion, la puesta en escena no termina de alcanzar la fluidez y el ritmo necesario que exige el cine de género.

EL SONIDO DE LOS TULIPANES
El sonido de los tulipanes. Argentina, 2019.
Dirección: Alberto Masliah. Guion:Alberto Masliah y Hernán Alvarenga, con la colaboración de Lucas Santa Ana. Intérpretes: Pablo Rago, Calu Rivero, Gerardo Romano, Roberto Carnaghi, Iván Masliah, Gustavo Garzón, Atilio Veronelli, Bernarda Pagés, Amanda Busnelli, María Lía Bagnoli, Víctor Malagrino, Daniel Di Biase, Pablo Palacio, Gustavo Pardi, Néstor Villa, Rodolfo Durán. Dirección de fotografía:Mariana Russo. Montaje:Emiliano Serra. Música: Mariano A. Fernández. Dirección de Arte: Augusto Latorraca. Dirección de Sonido Directo: Carolina Pérez Sandoval. Duración: 95 minutos.

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