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Una gaucha –no una china, una gaucha- canta y cantando convierte a esa habitación rural, pieza simple un gaucho real, en un espacio con cierto halo de misterio. La camisa manchada del gaucho ¿acaso sangre? dispara también a la imaginación. Si nada en la obra avanza hacia una situación de violencia real, el universo que componen el cruce entre naturalismo y vaga irrealidad al comienzo de Hijo del campo, permite imaginar un recorrido que sin abandonar la estética gauchesca, se anima a recorrer sus márgenes.

Esta suposición inicial no es errada. Porque la pieza de Martín Marcou, que surge con el aliento de su historia personal, asume la tensión entre la identidad del gaucho patagónico que él es y la enajenación que de esa propia identidad ha sufrido por su elección sexual.

Ser gaucho en la Patagonia argentina es una particular manera de serlo. Las condiciones del clima, las distancias y los trabajos imponen una dureza poco habitual. Una mirada con un tiempo diferente y una cierta austeridad vital. La obra es el relato de un gaucho que, mirando por una ventana imaginaria, cuenta ese ambiente rural, sus historias, sus violencias, sus personajes y las relaciones que entre ellos se construyen. Y en el centro de esa historia estará su propio deseo. El monólogo de Marcou, que construye una bella voz rural, matizada, sin manierismos, cuenta el vivir allí, el ser en esa estepa patagónica, en ese mundo donde la relación con lo animal, con la naturaleza y con el cuerpo, tiene una forma propia.

Junto a él, todo el tiempo sobre el escenario, agregando su voz a la construcción de una voz múltiple, Carolina Curci, canta y explota en la sala de tanto talento. Ella reconstruye con sus canciones el clima, pero dialoga a su vez con la soledad del protagonista. Con su guitarra es un sostén y un alter ego de ese gaucho dolido. ¿Qué trae la voz de Curci? Al menos tres elementos: la música folklórica que suena en las radios de campo argentino; un canto que resuena a la tradición que pone orden y genera sentido de pertenencia; y a la voz de creadores populares que proponen cantar respecto de esa identidad desde la rebelión. Todo eso puede leerse al mismo tiempo en esa primera canción de amanecer.

La obra, más allá del eje personal, del drama y del dolor, da cuenta de la tensión entre la tradición como condición esencialista y conservadora y la tradición como cultura y construcción de subjetividades. La tradición como orden y moral, y la tradición como origen del propio deseo. Las tradiciones que nos constituyen y nos condenan, pero que también pueden eventualmente ser liberadoras. ¿Qué hacer si nuestro patrón sexo afectivo o ideológico no coincide con el del espacio que nos constituye? En la obra la expulsión física no es solo tal, pretende enajenar completamente de su identidad como gaucho al protagonista.

El título, Hijo del campo, es una reafirmación personal. Marcou se niega a renegar de las múltiples identidades que lo constituyen. Se niega a acepta la expulsión y el olvido. El trabajo en la escena le sirve sin dudas para reflexionar sobre su pertenencia gaucha, a pesar de la relación con su entorno familiar y geográfico. Más allá de las lágrimas, la obra se expande hacia territorios tan vastos y desiertos de reflexión, como esa Patagonia dura que es contada a través de sus ojos. Porque no solo propone pensar la cuestión del orden patriarcal en el mundo del gaucho, sino pensar en cómo muchas identidades en tensión –no solo la del gaucho gay- se pueden revolver, resolver y devolver para ponerse en juego en la vida real de las personas.

HIJO DEL CAMPO
Dramaturgia: Martín Marcou; Actúan: Carolina Curci y Martín Marcou; Música en escena: Carolina Curci; Dirección: Martín Marcou y Leandro Martínez.
Sábados a las 21. Espacio Tole Tole Teatro, Pasteur 683. CABA. Reservas: 3972-4042

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