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Vital y original, experimental y clásica al mismo tiempo, con zonas trilladas en otros biopics no convencionales pero emotiva y trascendental en su propuesta, el estreno del film ruso Leto no debería pasar desapercibido en la cartelera. Ojalá y que así sea.

Ocurre que la historia que cuenta Kirill Serebrennikov se ubica en los inicios de los 80, en Leningrado (aun no San Petersburgo), previo a la Glasnot, la Perestroika y las decisiones de Gorbachov, decisivas para hacer capitular al sistema comunista, un sistema de vida.

Y el relato recae en el rock de la época y en una multitud de personajes principales y secundarios, con especial énfasis en Viktor Tsov y la pareja constituida por Mayk y Natalia, ellos músicos y ella navegando entre las creaciones de su esposa y la atracción que siente por el otro. En ese punto, las idas y vueltas de los tres ocultando o aceptando el nuevo estado de la relación, exponen una zona argumental bastante convencional, aferrada a una historia de “tres personas que se quieren”, que mira de costado a tantos tríos de la Nouvelle Vague, pero en versión excesivamente juvenil y didáctica.

Sin embargo, la destreza del director apunta a conformar un biopic nada ortodoxo.

En primera instancia, recurriendo a un blanco y negro que remite a aquel revolucionario cine francés, pero también, al free cinema británico, a su mirada nostálgica, al registro de lo cotidiano, a ese visión antisistema teñida de ironía, acaso sin la iracundia británica de los 60, pero revestida de una tono melancólico que pega y muy fuerte.

Por eso, en Leto, el amor no es tan fuerte e importante.

En ese mundo aun controlado, con recitales vigilados y reuniones en domicilios, la película arriesga un tono feliz que se fusiona a la forma en que se expresan los materiales. Leto es una historia sobre el rock soviético previo a la caída del comunismo, pero también, coquetea con el musical en su faceta más experimental. Los cinco, seis momentos en que se rompe la cuarta pared, en aquellas escenas donde todos cantan a coro – en un tren, en otro medio de transporte, la forma en que se experimenta con la imagen mientras suenan algunos clásicos de Lou Reed, Bowie, Iggy Pop, Talking Heads y T-Rex, escapan a cualquier clasificación y conclusión genérica.

Son esos momentos donde temas, en verrsions originales o no, como Psycho Killer, Perfect Day y The Passenger, adquieren una nueva forma, anclándose en otro contexto, reformulándose a través de esa extraña fusión que Leto obtiene en (casi) sus dos más de horas: alegría más melancolía, ligereza y crítica política y social.

Y no solo por la música rock.

Por eso se desea que Leto, el mejor estreno de este año, debería conformar a un interesante espectro de espectadores. Va de vuelta: ojalá.

LETO
Leto. Rusia / Francia, 2018. Dirección: Kirill Serebrennikov. Guión: Kirill Serebrennikov, Mikhail Idov, Ivan Kapitonov y Lili Idova. Producción: Pavel Burya, Georgy Chumburidze, Mikhail Finogenov, Ilya Stewart y Murad Osmann. Con: Roman Bilyk, Teo Yoo, Irina Starshenbaum, Anton Adasinsky, Liya Akhedzhakova, Yuliya Aug, Filipp Avdeev, Aleksandr Bashirov, Nikita Efremov, Andrey Khodorchenkov. Duración: 126 minutos.

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