Siempre es difícil volver a casa podría titularse esta reseña crítica de la última película del director turco Nuri Bilge Ceylan, la figura más reconocida del cine de su país y recurrente visitante (además, premiado) del Festival de Cannes.

Sinan, el joven recién recibido en la Facultad de Letras, vuelve a su terruño natal, a una vida pueblerina de la que estuvo alejado. El reencuentro será con sus seres más cercanos (el padre, la madre, la hermana), con amigos del pasado reciente, con sus abuelos, con una mujer (acaso una relación afectiva pendiente), con sus colegas y con los funcionarios del lugar que podrían darle una mano para publicar su primer libro.

El personaje central, punto de vista unívoco de la película, muestra cierta arrogancia y presuntuosidad frente a los suyos, como si su fachada intelectual (o algo parecido a eso) le fuera útil para observar a ese mundo de manera oblicua.

Nuri Ceylán invierte más de tres horas para construir un relato que va y viene entre conversaciones familiares, donde se fusiona lo primitivo y lo moderno, la tierra natal y el deseo de escaparse de ella, el lugar de pertenencia y el desarraigo. Pero también se conversa de literatura, religión, política y hasta de temas banales que el director controla desde un guión donde jamás se subrayan los contenidos ni se apela a la denuncia ramplona sobre una situación determinada.

En ese punto, El árbol de peras silvestre combina el paisaje rural y primitivo con los personajes, invadiendo la imagen con un tono que elige la melancolía (sin lugar para la nostalgia) por el paso del tiempo y por el re-descubrimiento que Sinan tiene de su entorno. En ese ida y vuelta entre charlas en casas o bares (donde en más de una oportunidad se intuye sutilmente que Sinan es una molestia como hijo, nieto y amigo), y pese a que algunas de esas conversaciones sí pueden resultar algo fatigosas y extensas, la película de Ceylán coquetea magistralmente con la ambigüedad y la no aclaración férrea de los conflictos.

De allí que esos largos y hermosos travellings siguiendo a los personajes traslucen plenamente justificados como elección formal: la cámara está al servicio de ellos, como si el director se metiera en la intimidad de un grupo familiar y de un contexto donde se presentan conflictos que aparentan ser menores pero no los son.

Cuando en más de una zona narrativa cierto exceso de metraje y de palabras parece llevar la historia a una monotonía sin retorno, el director turco quiebra esa letanía con la introducción de algunos momentos ajenos al naturalismo, buceando en lo fantástico dentro de un paisaje cotidiano.

Allí, el creador de Distante (2002), Climas (2006), Tres monos (2008) y Érase una vez en Anatolia, gambetea con inteligencia un tono rabiosamente naturalista para combinar las inestabilidades de su personaje central en relación al contexto con tres, cuatro escenas divorciadas de aquella melancolía que gobierna el relato casi en su totalidad.

El final de la película, en ese sentido, concreta definitivamente esa unión perfecta entre el naturalismo y el fantástico.

Hay futuro y reconciliación familiar, luego de tantas conversaciones y silencios que explicaban más que las palabras, parece decirnos el director, sin levantar la voz ni juzgar a propios y extraños.

EL ÁRBOL DE PERAS SILVESTRE
Ahlat Agaci. Turquía / Macedonia / Francia / Alemania / Bosnia y Herzegovina / Bulgaria / Suecia, 2018.
Dirección: Nuri Bilge Ceylan. Guión: N. B. Ceylan, Akin Aksu y Ebru Ceylan. Producción: Meral Akran. Fotografía: Gökhan Tiryaki. Montaje: N. B. Ceylan. Intérpretes: Dogu Demirkol, Murat Cemcir, Bennu Yildirimlar, Hazar Ergüclü, Serkan Keskin. Duración: 188 minutos.

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