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Salvador (Antonio Banderas) es director de cine, tiene fama y prestigio pero hace rato que no filma nada. Está paralizado artísticamente pero también en la vida. Hace tres años murió la madre y Salvador admite que aún no ha terminado el duelo por esa pérdida, un quebranto anímico que está acompañado por dolores inaguantables surgidos de una lesión en la columna vertebral aún cuando ya sufrió una operación. Así que el director se mantiene en pie con una dosis importante de calmantes de distinto tipo que se toma todos juntos, haciendo un puré de pastillas que toma con un vaso de yogur como si fuera una especie de Rocky Balboa en ruinas. Pero el negocio del cine no lo olvida y en el comienzo del relato Salvador se encuentra preparando una retrospectiva y de paso trata de subsanar algo que lleva años sin arreglarse, porque una de sus películas más importante Sabor, además de dejarle prestigio le dejó una pelea que a esta altura es legendaria para el mundo del espectáculo con el protagonista de aquella película Alberto Crespo (Esier Etxeandia). Salvador llama a Crespo y lo visita después de treinta años sin hablarse. El actor entregado al consumo de heroína apenas puede creer que el realizador lo esté visitando, así que el reencuentro es emotivo y todo parece acomodarse. En la reunión el director le pide a su viejo amigo que lo provea de heroína y ahí empieza una especie de secuencia que lo sume al protagonista en el consumo de la droga. No es que Salvador fuera cuidadoso pero aquellos días de la movida madrileña, cuando el director y el actor de Sabor eran jóvenes y las jornadas transcurrían entre hachis y cocaína.

Almodovar volvió con una película que remite a alguna de sus buenas películas del pasado (La ley del deseo, por ejemplo) usa esta vez a Banderas como alter ego y se dedica a contar una historia de dolor, de reencuentro, de duelo y de redención. Todos los elementos de eso que se llama “Almodovariano” están presentes, pero lejos de ser usados para auto celebrarse, Almodovar decide hacer cine del mejor y lo hace apoyándose en los actores. Antonio Banderas se pone en la piel de Salvador y lo hace desde la postura corporal, sus movimientos son los de un hombre que atraviesa un momento de dolor y de revisión de su vida, la de Banderas es una actuación extraordinaria. Pero también se luce Penélope Cruz, que interpreta a la madre de Salvador cuando este era pequeño y Leonardo Sbaraglia como un antiguo amante, que reaparece para que este pueda cerrar toda una etapa de la vida.

Dolor y Gloria es la película de un Almodovar maduro que no cae en la trampa de filmar para los adictos a su cine y así logra que la película trascienda su propia filmografía para convertirse en un evento que vale la pena no dejar pasar. Un cine adulto, profundo y al ritmo colocado de la heroína que hace que todo sea más lento, un poco alucinógeno y profundo.

DOLOR Y GLORIA
Dolor y gloria. España, 2019.
Dirección y Guión: Pedro Almodóvar. Intérprets: Antonio Banderas, Penélope Cruz, Leonardo Sbaraglia, Asier Etxeandia, Cecilia Roth, Raúl Arévalo, Nora Navas, Agustín Almodóvar, Julieta Serrano, Eva Martín. Producción: Agustín Almodóvar y Esther García. Distribuidora: UIP. Duración: 113 minutos.

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