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Llegará el momento en que la madre –que puede ser la hija de su madre, la madre de su madre o la hija de su propia hija- logre decir -o gritar- que su hijo no puede caminar. Ella puede en ese instante dejar de decir que su hijo sólo camina un poco más lento y asumir que no camina sino que se desplaza en una silla de ruedas. Esa puede ser una forma de superación o acaso una forma de desesperación.

Es el día del cumpleaños del hijo mayor que de a poco está perdiendo su motricidad. También es un día como tantos en la casa de la decadencia de una familia en tres generaciones, de tres matrimonios alguna vez felices y un trío de hijos que no saben cómo ubicarse en ese espacio y esa historia familiar. Como todo festejo familiar finalizará con una foto de la felicidad que no es. La misma incluirá a los espectadores, ellos mismos hijos, padres y nietos.

En todo momento la obra deconstruye no solo la relación del público con la escena –la vieja y querida cuarta pared- sino también la relación propia del actor y el personaje. Esa situación que es parte de la puesta en escena permitirá el despliegue de parte del mecanismo que hace que la obra se multiplique en lenguajes y dispositivos narrativos. ¿Se olvida la abuela de los textos que se olvida la actriz cómo se olvida de lo abúlico de su vida? ¿Inventa texto como el inventó a aquel amante inolvidable? Quienes apuntan el texto ¿lo hacen como meros “pasadores” de letra o son ellos mismos quienes dos generaciones después están dando cuenta de la misma frustración que los ancianos?

El trabajo de Cacace suma a favor de la potencia dramática la disposición escénica y los roles de los actores, que son muchas veces más que los del propio personaje. Esto se nota en el lugar del narrador externo y de los apuntadores, pero también en el modo en que dispone a los personajes, en la circulación de las miradas y en el uso de la totalidad de la sala incluso fuera de “el escenario”. La escenografía despojada se (re)construye a partir de los modos de circular y disponerse de los actores en la escena.

El texto del joven dramaturgo croata Ivor Martini aborda la mirada sobre el otro (como un diferente) desde la propia frustración. Habla de la decadencia de un modelo de vida, de un tiempo histórico, de un conjunto de relaciones. El espacio polifónico que propone Cacace rodea a los espectadores, los incluye dentro de esa casa encerrada, decadente y doliente. Los actores construyen esa escena con un compromiso total de sus cuerpos y sus voces, consiguiendo mágicos momentos de danzas y coros. Coros por momentos disonantes, chirriantes, plenos de la angustia que solo puede expresarse en el griterío y la desesperación.

El hijo, que cumple 25 años, ha dejado de caminar por una enfermedad neurodegenerativa. Su madre hace de esto la matriz de su infelicidad, más allá del encierro, de sus padres ancianos y frustrados y de su propio matrimonio que alguna vez pudo ser feliz. ¿Es acaso esa silla de ruedas la causa real de la tristeza? ¿Es acaso el otro –que no quiere serlo bajo ningún punto de vista- quien define el centro de la tristeza familiar? He ahí la cuestión. Los otros –nosotros- suponemos que el deseo no es posible en ese cuerpo al que la genética ha marcado con tiempo limitado. Pero el deseo y la vida suben a las sillas de ruedas o a las penumbras o al silencio como a nuestros propios zapatos. Todo cuerpo vivo es un cuerpo deseante

De lo que se trata “Mi hijo sólo camina más lento” es de la proyección de nuestra tristeza, la de nosotros espectadores, sobre aquel que sale a la plaza a ver el sol en una silla de ruedas.

MI HIJO SOLO CAMINA UN POCO MÁS LENTO
Mi hijo solo camina un poco más lento.
Dramaturgia: Ivor Martini. Elenco: Juan Tupac Soler, Paula Fernandez Mbarak, Antonio Bax, Romina Padoan, Pochi Ducasse, Luis Blanco, Clarisa Korovsky, Aldo Alessandrini, Pilar Boyle, Gonzalo San Millán, María Emilia Ladogana. Vestuario y Escenografía: Alberto Albelda; Producción: Romina Chepe; Arreglos musicales: Francisco Casares; Directora Asistente: Julieta Abriola. Dirección: Guillermo Cacace. Los jueves a las 20 en el Teatro Picadero (Pasaje Santos Discépolo 1857. CABA).

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