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Al enterarse que una película va a retratar los orígenes del narcotráfico en Colombia, uno a priori (y de puro prejuicioso) se puede imaginar un posible y previsible abordaje. Pero ese no viene a ser el caso de Pájaros de verano, donde Ciro Guerra y Cristina Gallego hacen una aproximación original al tema distanciándose de la habitual biografía demonizante/romantizante de narcos como Pablo Escobar (posiblemente uno de los personajes más ficcionalizados del cine reciente) y de la mirada entre condescendiente y atemorizada de Hollywood cuando pretende echar un vistazo a lo que sucede en su patio trasero.

El film abarca un periodo comprendido entre fines de los 60 y principios de los 80 en la zona de La Guajira, al norte del país, territorio habitado y defendido por la comunidad originaria de los wayúu que viven bajo sus propias y estrictas reglas de convivencia e intercambio entre familias, así como del restringido contacto con aquellos que no pertenecen a la comunidad. En ese contexto, Rapayet, un joven que quiere conseguir el dinero necesario para reunir la dote que se le exige para casarse con Zaida, hija de una influyente familia, descubre que puede hacer un muy buen negocio proveyendo marihuana a unos curiosos hippies norteamericanos que trabajan para el Departamento de Estado y quieren fumar porro al mismo tiempo que distribuyen panfletos anticomunistas. El negocio es más lucrativo de lo que Rafayet y su socio esperaban al principio, empieza a crecer de manera exponencial y coloca a la familia de Rapayet y la de Zaida (ahora casados) en posición de liderazgo en el comercio y distribución de la droga en la zona. Esto con el correr del tiempo les provee prosperidad económica pero también va a traer la ruina a su familia y provocar un grave daño a su cultura.

Planteada como saga familiar que la emparenta con otras familias como los Corleone, narrada en cuatro actos a lo largo de más de una década, postula en referencia al narcotráfico algo así como un mito de origen que va a dar lugar a una espiral descendiente de violencia, corrupción y destrucción que está anunciada ya desde el comienzo. Hay como en los anteriores films de Guerra una puesta en escena bella, elegante y precisa, que sobre todo en su primera mitad remite a cineastas como Glauber Rocha. Es fundamental la fuerza de la tradición y el papel de lo onírico y las escenas donde esto es más evidente son algunas de las visualmente más fascinantes.

Se trata de la paulatina degradación de una familia y una cultura, una degradación en cuyo origen está, cuando no, la intervención del capitalismo. Algo que los realizadores hacen explícito cuando muestran a los socios brindando a la salud de este tras el éxito de su primer negocio. Paradójicamente todo se origina cuando el protagonista quiere acoplarse a la tradición (cumplir con la dote exigida) y así es como se da la convivencia ambivalente y contradictoria entre el cumplimiento de las leyes ancestrales de la comunidad y el ejercicio de la actividad que los enriquece, hasta que al final estas reglas se vacían de contenido y pasan a estar al mismo nivel con las del código mafioso.

Ya en su anterior film, El abrazo de la serpiente (2015), Ciro Guerra había retratado las tensiones entre las culturas originarias de América y la civilización blanca occidental. Aquí hay nuevamente una mirada que es en algún punto etnográfica, que no apunta al exotismo, mostrando las costumbres y creencias del pueblo wayúu, con diálogos hablados mayoritariamente en su idioma, y a la vez respetando pero no idealizando, lo cual implica mostrar que también pueden corromperse y que no están inmunes a la codicia, la ambición, la violencia ni otras tantas miserias propiamente humanas. 

PÁJAROS DE VERANO
Pájaros de verano. Colombia, 2018.
Dirección: Ciro Guerra, Cristina Gallego. Intérpretes: Carmiña Martínez, José Acosta, Natalia Reyes, Jhon Narváez, Greider Meza, José Vicente Cote, Juan Bautista Martínez. Guión: Maria Camila Arias, Jacques Toulemonde. Sobre una idea original de Cristina Gallego y Ciro Guerra. Fotografía: David Gallego. Música: Leonardo Heiblum. Montaje: Miguel Schverdfinger. Dirección de Arte: Angélica Perea. Producción: Cristina Gallego, Katrin Pons. Distribuye: Mirada Distribution. Duración: 125 minutos.

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