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Un banjo electrónico que trae ecos del blues estadounidense y con esa herencia de la música cajún, nos lleva, inevitablemente, al western. El personaje, algo oscuro, comienza su monólogo diciendo “Aquí me pongo a cantar”. Y así se larga a contar su historia, un discurso en verso de clave gauchesca, que sostendrá durante toda la obra.

Romance del Baco y la vaca, de Gonzálo Demaría con la dirección de Daniel Casablanca y el protagónico de Marco Antonio Caponi, cuenta la historia de Baco, que debe su nombre a la borrachera del padre en el momento de inscribirlo en el registro civil. A causa de la muerte de su madre en el parto, el niño fue amamantado y protegido por una vaca, a la que dejó recién a los 12 años, luego del deceso de su progenitor. Alejado de esa vaca/madre, Baco vivió escapando de su destino edípico. Hasta que se topó con Blanquita, una hembra de raza vacuna con la que finalmente vivirá una historia de amor romántico y trágico.

Aunque el texto despliega esas referencias culturales múltiples y constantes anacronías, Caponi compone un personaje que se inscribe en el imaginario gauchesco de un tiempo entre los siglos XIX y XX. Como Fierro o Moreira, Baco se convierte en un gaucho matrero cuando se lleva a Blanquita, vaca propiedad de un terrateniente, y huye de los poblados. Claro que estos ya no son la vieja Pampa, sino rutas con estaciones de servicio y maxikiosco. La soldadera, que dispone helicópteros y armas largas, dará caza a la pareja fugada. Como con Bonnie and Clyde o con Bairoletto, el amor, el delito y muerte serán claves en la historia de Baco.

Si Demaría hace gala de un talento particular en el trabajo con la palabra y el encuentro de hablas de un tiempo y otro, la puesta en escena de Casablanca construye espacios y sensibilidad con la luz y el ritmo que impone a la puesta. Caponi, que carga con todo el peso del espectáculo, despliega un manejo notable de la voz y del decir, lo mismo que de una trabajo corporal que remite a cierta imagen salvaje de la vida rural de otros tiempos.

En relación con otras obras de Demaría, aquí mirada sobre la relación del sujeto y el poder se desdibuja, se pierde en cierta repetición del recurso textual. El humor, como en muchas de sus obras, es una figura central. El trabajo en verso no es nuevo en la dramaturgia de Demaría. Lo mismo que su particular interés en la historia del gaucho y su relación con el orden estatal. También suele articular relatos que sobre modelos clásicos aborda desde una perspectiva anacrónica y atravesada por otras experiencias culturales. De La Anticrista y las langostas contra los vírgenes encratitas, pasando por La maestra serial 2 hasta La reina del pabellón, este recurso formal se transformó y deformó a partir del encuentro con otras experiencias históricas.

El amor romántico, puesto en cuestión como paradigma en estos días, es recuperado en Romance del Baco y la vaca a través de una pareja extrañada. ¿Cómo podría contarse la historia de amor romántico entre una hijo y su madre, sino no fuera a través de la sustitución de la teta materna por la de la vaca y el humor generado por el dispositivo de desencaje de lo real?

Demaría comprende que esta es una manera posible de contar esta historia sin perturbar a los espíritus amables de los espectadores. Y así lo hizo. Pero el teatro resuena más allá de la función y no es difícil advertir que de lo que se trató fue de un largo diálogo sexual entre una madre y su hijo.

Lo que narra el protagonista es la historia de un héroe trágico exiliado y solo. El relato del pasado de un hombre cuyos ojos de vidrio, el siginificado de ese hecho mínimo lo entenderá el espectador atento, hablan del castigo autoimpuesto de Baco, el edipo de la Pampa Gaucha.

ROMANCE DEL BACO Y LA VACA
Romance del Baco y la Vaca
Autor: Gonzalo Demaria. Actor: Marco Antonio Caponi. Vestuario: Pamela Martinelli. Iluminación: Gonzalo Córdova. Producción: Joaquin Bachrach, Marco Antonio Caponi. Dirección: Daniel Casablanca. Domingo a las en Timbre 4 (México 3554. CABA).

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