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A Rodrigo (Nico Riera) le gusta seducir. Está además muy seguro de sí mismo y se desenvuelve en ese juego con eficacia, armado de estrategias estudiadas que le salen con naturalidad. Pero no tiene un plan para más adelante o más bien su plan es que no haya un más adelante. Las conquistas de Rodrigo no duran más de una noche, y a la mañana siguiente lo único que le interesa es deshacerse de la chica seducida con quien no le interesa compartir ni el desayuno. Después de sacarlas de la cama con un ritual un poco irritante, las ahuyenta (más o menos) elegantemente, con estrategias también estudiadas, y con la idea de no volver a verlas. Modus operandi que repite de manera invariable, convencido de que el amor no existe y que lo único que importa es pasar a la siguiente conquista.

Un personaje así es cantado que está esperando recibir tarde o temprano su merecido en forma de probar su propia medicina. Y esa medicina difícil de tragar le llega a través de Sol (Inés Palombo), casi un alma gemela de nuestro protagonista, con la misma visión acerca del amor e idéntico modus operandi. Rodrigo comete el peor de los errores: enamorarse, y a partir de ahí todas sus estrategias y por ende toda su construcción de vida se le viene abajo. Como si fuera víctima de un hechizo o una maldición, que es en realidad el cuestionamiento de sus certezas, empieza a fracasar en todo aquello en lo que antes triunfaba y sus estrategias de seducción fallan al punto del patetismo y el ridículo.

El camino de nuestro ¿héroe? es uno de caída y posible redención. Rodrigo se convierte en un perdedor y por eso también en alguien vulnerable y por ende humano. La idea desplegada es conocida, tocar fondo para salir mejor. Y también para que los espectadores lo queramos un poco, porque es un personaje en principio bastante odioso, a quien sus compañeros de trabajo lo bautizan como el “garca”. Es así que la tarea de hacerlo empatizable va a necesitar algún refuerzo al de la simple cadena de humillaciones. Y esto viene por otro recurso conocido, el de explicar su carácter soberbio y comportamiento indiferente en un pasado fracaso amoroso, una relación que le pegó tan fuerte que lo dejó marcado y sin ganas de más.

Por supuesto Te pido un taxi, primer largometraje de Martín Armoya, es una comedia y todo este camino tortuoso se muestra a través del tamiz del humor, donde el recurso habitual es el de colocar al protagonista en situaciones incómodas y/o ridículas, por lo general provocadas por él mismo, acompañado de un elenco de secundarios perfilados de manera bien precisa. Se trata de una comedia romántica de formato tradicional y casi de manual, que no inventa nada pero es liviana y amable. Una comedia que apuesta antes que por la risa violenta a la sonrisa cómplice y unas cuantas consigue. Mientras, sus personajes se hacen preguntas acerca del amor, aquellas de las que obviamente nadie tiene respuesta.

TE PIDO UN TAXI
Te pido un taxi. Argentina. 2019
Dirección: Martín Armoya. Elenco: Nico Riera, Inés Palombo, Agustín Sierra, Bárbara Vélez. Julián Larquier, Cande Molfese, Julieta Cayetina, Marcelo Sein, Ana Celentano. Guión: Andrés Alvarado, Federico Viescas. Fotografía: Mariano Suárez. Música: Pablo Salas. Montaje: Santiago Martí. Dirección de Arte: Catalina Oliva. Distribuye: 3C Films Group. Duración: 80 minutos.

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