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Luisa (Sofía Gala Castiglione) trabaja en una fábrica con su novio (el propio director y guionista, Mariano González) y también cuidando Felipe, al hijo menor de una familia de clase media alta. Por un descuido, en principio de ella que se queda afuera del departamento donde está el niño solo, y luego de su novio que viene a traerle la llave de repuesto y se le cae una sustancia de la billetera, Felipe sufre una intoxicación grave por drogas. Luisa tiene que llevar al chico al hospital de urgencia y este queda allí por varios días. A raíz del incidente los padres de Felipe cortan todo contacto con Luisa quien no solo queda ante la angustia acerca de las posibles consecuencias sino en completo desconocimiento sobre la suerte del niño.

Con una premisa argumental que parece una anécdota menor (que lo es solo en apariencia) Mariano González, en su segundo largometraje, construye un relato de progresiva y sostenida tensión. Una pequeña distracción desencadena una serie de consecuencias imprevisibles y el episodio que podría haber sido intrascendente deriva en una situación que a Luisa la pone ante una sensación de abismo luchando para no derrumbarse. Gran parte de esa tensión está sostenida en la incertidumbre, en lo que queda fuera de campo pero tiene un peso determinante, es sobre todo ese no saber lo que a la protagonista no la deja en paz.

Son varios los frentes con los que Sofía debe vérselas. En principio dos instancias que reaccionan de manera totalmente diferente. Por un lado los padres del chico, que actúan primero con hostilidad y luego con total hermetismo, con una negativa cerrada a comunicarse. Por otro lado la pasividad, que por momentos parece indiferencia, de su novio, quien lejos de sentirse nervioso o siquiera interpelado transita la misma situación con una actitud impasible como si nada hubiera sucedido. Y en el medio Sofía debe lidiar internamente no solo con su angustia y el miedo a las consecuencias legales, sino en gran medida con la culpa. Felipe es no solo un chico al que cuidaba por trabajo sino uno con el que había construido una relación afectiva y ella se siente en falta con él. El cuidado de los otros es también un film sobre la responsabilidad, sobre hacerse cargo de los propios actos, aun si no son completamente voluntarios, y esto se puede ver en las reacciones tan disímiles entre Luisa y su novio.

Sofía Gala Castiglione hace tiempo dejó de ser una revelación para convertirse en una de las actrices más destacadas de su generación. Es notable lo que logra manejando todo ese bagaje de emociones contenidas, miedo, angustia, rabia, culpa, tratando de no desbordarse y manejar la situación de la mejor manera posible, mostrando al mismo tiempo vulnerabilidad y entereza. Y es también interesante la forma en que Mariano González compone al novio de Sofía, con su silencio y su supuesta indiferencia, dejando entrever algo pero revelando muy poco, como un personaje que es más bien un enigma.

Como realizador, González arma una puesta austera pero ágil y nerviosa. Quizás con una posible influencia del cine de los Dardenne, la cámara se le pega a su protagonista y la sigue de cerca en planos cortos y constante movimiento transmitiendo una tangible sensación de urgencia. En apenas 68 minutos El cuidado de los otros se constituye en una experiencia alejada del exceso y a la vez intensa, un relato minimalista que pasa con naturalidad de una banal cotidianeidad a la más inesperada pesadilla.

EL CUIDADO DE LOS OTROS
El cuidado de los otros. Argentina. 2019.
Dirección: Mariano González. Reparto: Sofia Gala Castiglione, Edgardo Castro, Laura Paredes, Mariano González, Jeremías Antún, Jorge Prado. Guión: Mariano González. Fotografía: Manuel Rebella. Montaje: Delfina Castagnino. Dirección de arte: Marina Raggio. Diseño de sonido: Emiliano Biaiñ, Marcos Zoppi. Producción ejecutiva: Ignacio Sarchi, Francisco Larralde. Jefe de producción: Martín Feldman. Distribuye: Cine Tren. Duración: 68 minutos.

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