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Pertenecer tiene sus privilegios. Y también tiene su precio. Uno que se paga con dinero o con sangre. De la propia o de la ajena. Eso es lo que propone este film del dúo de realizadores Tyler Gillett y Matt Bettinelli-Olpin. Y la idea también de que algunas fortunas (¿solo algunas?) tienen un origen dudoso, oscuro, cuyo mantenimiento requiere mancharse las manos cada tanto. Acá la fortuna en cuestión es la de la familia Le Domas, emporio familiar de los juegos de mesa, cuyo estatus de líder del ramo se establece en la primera escena en un largo paneo en el que se muestran cual trofeo los juegos emblema de la casa, aquellos que cimentaron su reputación y su riqueza. La idea del trofeo en esta familia no es azarosa.

Grace (Samara Weaving), una joven de origen humilde, se casa con Alex (Mark O’Brien), uno de los herederos de la familia Le Domas, para sorpresa, diversión y en algunos casos disgusto de los parientes del novio. En la noche de bodas hay reunión de clan en la mansión familiar. Para cenar, festejar y darle la bienvenida al nuevo miembro pero también para realizar un ritual que se remonta a los orígenes del negocio. El ritual consiste en jugar uno de los juegos de mesa en el que la recién casada, o sea la nueva adquisición, deberá participar para finalmente ser considerada, ahí sí, parte de la familia. El juego se elige sacando una carta. Puede ser algo simple e inocente pero si se saca una carta determinada (la carta que obviamente va a salir) el juego es de vida o muerte. Grace va a tener que esconderse en los confines de la mansión hasta el amanecer mientras los miembros del clan armados salen a buscarla en una cacería cuyo resultado establecido es lisa y llanamente su muerte. Por supuesto este detalle no se le informa a Grace desde el principio y esta se va a enterar por medios contundentes e inequívocos que está metida en una carrera por su supervivencia.

La idea de la cacería con presa humana tiene un antecedente ilustre en El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game), el clásico de 1932 de otro dúo, el de de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack, que legaría un psicópata memorable en la figura de Zaroff (Leslie Banks), un millonario excéntrico y un cazador que prefiere la presas de su propia especie. Algo hay de ese planteo en Boda sangrienta y el goce perverso de los cazadores está presente. Sin embargo aquí los motivos de la cacería son menos deportivos y tienen más que ver con mandatos familiares, juramentos antiguos y maldiciones con consecuencias concretas si no se cumple con el rito tal como está establecido en tiempo y forma.

Con una premisa así es imposible tomarse la cosa muy en serio y los autores no lo hacen. Y lo demuestran en su actitud desvergonzada e irreverente. Se le pide al espectador suspender en buena medida la credibilidad pero es un requisito que tiene sus recompensas. Boda sangrienta es una comedia muy negra y violenta que se ríe de todo sin culpa. Con personajes que están sacados desde el principio, mucha sangre, mucha mugre, muertes disparatadas y gags que pegan como un garrotazo. Además, por suerte, no respeta nada: ni la familia, ni el matrimonio, ni siquiera la inocencia de la niñez, ya que los niños de la familia son tan cretinos y sanguinarios como sus parientes adultos.

Aún en este espíritu juguetón, se insinúan planteos interesantes y provocadores. La idea de que la asimetría entre cazador y presa se funda en una posición de poder que es básicamente una desigualdad de clase. Algo que se expresa explícitamente en boca de Grace cuando dice “los ricos son diferentes”. No lo dice como un elogio y el devenir de la noche le va a dar la razón. En el origen de ese poder económico y su mantenimiento hay un crimen cada tanto renovado. Una meritocracia bancada menos por el discutible talento de sus beneficiarios y más por la fuerza de las armas. Sostenida en el sacrificio que siempre es del otro, generalmente el de abajo y, por supuesto, cómodamente y sin riesgo. Es por eso que estos ricos sin escrúpulos se descolocan (y hasta se indignan) cuando la víctima se resiste con más fuerza y determinación de la que suponían.

Un acierto es la protagonista, encarnada con mucha actitud por Samara Weaving, que se resiste con todas sus fuerzas al triste papel de presa y cordero del sacrificio. Alguien que no se calza el papel de damisela en peligro, que se planta con carácter y personalidad, se indigna, se rebela, putea mucho y devuelve el golpe. Con ese mismo espíritu, Boda sangrienta se planta como una película que se regodea en su provocación, que es a veces disparatada, brutal, muy divertida y disfrutable en su irreverencia.

BODA SANGRIENTA
Ready or Not. Estados Unidos/Canadá, 2019.
Dirección: Tyler Gillett, Matt Bettinelli-Olpin. Elenco: Samara Weaving, Andie MacDowell, Mark O’Brien, Adam Brody, Henry Czerny, Nicky Guadagni, Melanie Scrofano, Kristian Bruun, Elyse Levesque, John Ralston. Guión: Guy Busick, Ryan Murphy. Fotografía: Brett Jutkiewicz. Música: Brian Tyler. Montaje: Terel Gibson. Diseño de producción: Andrew M. Stearn. Producción: Bradley J. Fischer, William Sherak, James Vanderbilt, Tripp Vinson. Producción Ejecutiva: Daniel Bekerman, Tracey Nyberg, Chad Villella. Distribuye: Fox. Duración: 95 minutos.

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