La sabiduría comienza siguiendo a unas chicas en una travesía nocturna de fiestas electrónicas, drogas, celulares; sobre el amanecer las chicas emprenden un viaje, que decididamente esta vez no será iniciático, a una pequeña estancia a tres horas de la ciudad. Las chicas van de ese contexto hiperurbano de fiestas electrónicas y redes sociales para adentrarse en una pequeña estancia, no tan alejada del centro pero si alejada de las costumbres, ritos y cotidianeidades de la modernidad urbana.

Varios indicios, demasiado remarcados, anuncian que algo no estará bien en el viaje de las chicas. El llamado telefónico del novio de una de ellas, la súplica de la madre de la otra que le pide que no se vaya, la muerte de un animal en la ruta. Sobre este comienzo aparece uno de los problemas más marcados de la película, la carencia de sutileza en el modo en que cuenta, ya sea con imágenes – por ejemplo la toma sobre el animal muerto- ya sea con palabras – ese “no te vayas” de la madre. La sabiduría escamotea la sutileza, la delicadeza al contar una historia de violencia sobre las mujeres. Porque eso es lo que sucederá, en ese ámbito rural, estas mujeres serán violentadas por una horda de hombres que parecieran ser de otros tiempos. El anacronismo de la película se muestra como un pasaje un tanto forzado; cuando las chicas se adentran en esa casa, no tienen señal de internet, no funcionan los teléfonos, encuentran un cajón de ropa y se visten con ella – y seguirán vestidas con esa ropa del siglo XIX toda la película- . Ese grupo de hombres que pareciera ser familia y a la vez camaradas de fechorías, son tan feroces como brutos, tan católicos como ignorantes, tan violentos como desvencijados en sus creencias y en sus accionares. Ellos seguirán algunos ritos indígenas confundiéndose entre drogas, te de hierbas alucinógeno, violaciones, incumplimiento de la ley, la ya – aparentemente- superada supremacía de los blancos y ricos sobre los pobres, los indígenas y las mujeres; esta supremacía la plantea la película a partir de situarse en una atemporalidad extraña. ¿Hace falta para narrar la violencia sobre el cuerpo de la mujeres trasladarse anacrónicamente al siglo pasado?

Por otro lado, la película deja un resabio un poco extraño. Una mirada un tanto punitiva sobre el recorrido inicial de la película, sobre esas chicas que hablan de drogas, de pareja, de trabajo, que bailan, luego serán “castigadas” con la intervención de sus cuerpos, con los golpes, con las violaciones. La película se da vuelta, trabaja con aquello que supuestamente denosta.

La sabiduría es una película opaca que lamentablemente no logra trasparentar aquello que propone interrogar, temas tan actuales como el machismo imperante, el patriarcado y el racismo.

LA SABIDURÍA
La sabiduría. Argentina, 2019.
Dirección: Eduardo Pinto. Guión: Eduardo Pinto, Diego Andrés Fleischer y María Eugenia Marazzi. Intérpretes: Sofía Gala Castiglione, Daniel Fanego, Analía Couceyro, Paloma Contreras, Lautaro Delgado Tymruk, Leonor Manso, Diego Cremonesi, Luis Ziembrowski, Juan Palomino, Pablo Pinto. Producción: Omar Jadur. Distribuidora: Primer Plano. Duración: 89 minutos.

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