El inicio de Historia de un matrimonio de Noah Baumbach es sintomático. La cara de Nicole – ese primer plano que aparecerá con frecuencia como recurso formal- aparece sobre fondo negro. Ella – interpretada por Scarlett Johansson bella, dúctil y fresca como siempre- solo su rostro, un fondo negro y en off, su voz. Una Nicole sin espacio, sin nada que la contenga, que le de identidad, que la defina. Sin embargo la voz de Nicole será uno de los ejes temáticos sobre los que se construirá el edificio tortuoso de la película; más que la de su marido porque ciertamente estará tematizada más adelante. Esa voz que ella tiene pero tal vez se haya olvidado de usar, por eso la reclama. Mientras se suceden pequeños fragmentos de esa vida amorosa y cotidiana, Charly relata aquello que le gusta de Nicole y luego el juego se invierte y ella resaltará aquellos momentos que le gustaban de él. Aparecen así las risas compartidas, los desafíos pequeños de la convivencia, los intentos de domesticación, los juegos con su hijo, los amorosos cortes de pelo en el baño como signos de intimidad.

Cuando le toca ser protagonista a Charly aparece también en un primer plano de medio perfil, pero a diferencia de ella, él se ubica en un fondo de luces teatrales, él si aparece contenido por su entorno, por el espacio del teatro que es su trabajo, su motor y una de sus pasiones. Charly, en la piel del siempre apacible Adam Driver, alto, melenudo, maleable que, al decir de Nicole es un poco ansioso, muy prolijo, atento, más pendiente de lo doméstico que ella, un buen padre que ama serlo. En cada uno de estos dos relatos aparece Henry, el hijo de ambos, que será una figura central en la edificación y desintegración de ese matrimonio y en la misma construcción de la película que no es más ni menos que la relación de pareja. El hijo de ambos que tiene rasgos de él y de ella, que a veces quiere más a uno que a otro, que se mueve con seguridad sobre el frágil terreno de una separación en ciernes, tentando entre el amor de su padre y de su madre.

Dice Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso, que “con la primera escena, el lenguaje comienza su larga carrera de cosa agitada e inútil”. Baumbach deja así hablar a sus personajes, escena tras escena los diálogos son vertiginosos; en esas voces la interioridad se pone en juego. La palabra adquiere valor en el intercambio, ese intercambio que es una batalla, un combate; sobre todo en ese encuentro entre ellos donde todo se desmorona, donde se desean lo peor, donde se explica lo inexplicable, donde se cuentan lo inenarrable, donde se expulsan las culpas inevitables. Por eso esta escena termina con un gesto, que es lo único que detiene a la palabra en su recorrido de furia y resentimiento; él quebrado por el llanto se arrodilla, ella repleta de emoción lo acaricia. Solo el gesto, solo el roce corporal del amor, en esa casa vacía de objetos, reemplaza a la palabra.

Después de la presentación de los personajes y de la historia, la pareja se muestra en una sesión con un mediador quien les anticipa que el divorcio será conflictivo y les sugiere resaltar en este momento lo positivo que han vivido en sus momentos en común. Ella, insegura, enojada, casi furiosa prefiere no leer lo que ha escrito; ya se posiciona desde un lugar de disidencia. Hay algo ahí del orden de lo irracional que se presenta anticipando las secuencias siguientes. Cuando la abogada de Nicole, Nora interpretada por una Laura Dern en uno de los papeles más odiosos, le cuenta su historia y Nicole a ella, añade un plus a la película. Aparece la Ley con toda su aspereza y su poca humanidad, con su densa materialidad, entra en escena, de su mano todo se resolverá en cuestión de dinero y tenencia del hijo, nada de los restos del amor, de las hilachas de afecto tendrán lugar en el relato de los abogados.

Historia de un matrimonio es una película de guion, donde el relato, el contenido prevalece sobre la forma. La historia que se cuenta es tan fuerte como cotidiana, tan áspera como normal, tan estremecedora como dolorosa. Por eso esta historia no necesita un fuerte trabajo de puesta en escena, que sin embargo aunque débil lo tiene. Los protagonistas aparecen centrados en el plano, como si esa centralidad apelara a cierta racionalidad de la que carecerán a lo largo del relato. Los espacios sobre los que trascurre la película son cerrados casi en su totalidad, espacios que son casas, departamentos, hoteles, oficinas. Espacios que se ven perfectamente regidos por líneas rectas, espacios repletos de cuadros como si esa historia de amor necesitara la desmesurada rigidez de la línea recta para pensarse y desarrollarse. Incluso el espacio esta tematizado, el principal inconveniente (solo aparentemente) de ese divorcio es donde vivirán, si en Los Ángeles ciudad que encarna a lo familiar, allí vive la madre y la hermana de Nicole, ahí se casaron, ahí nació Henry o en Nueva York, esa ciudad atiborrada de gente y de cosas, donde vivieron su relación, donde Charly trabaja. Varios personajes suelen referirse a Los Ángeles como un espacio más amplio, más vaciado de gente frente a la multitudinaria Nueva York que se deja entrever en una de las pocas secuencias en exteriores, cuando Charly habla por teléfono con la abogada de ella y sale a la calle y en ese instante pierde su singularidad es uno más de esos miles de hombres y mujeres que recorren la ciudad. Difícil es destacarse en una ciudad atiborrada, allí se suele perder la individualidad y la subjetividad se derrite en un mar de gente. El problema de Charly – su inminente divorcio- es el problema de muchos.

Estructurada como un folletín, los capítulos se suceden sin dar tregua, apurada, urgente la historia se cuenta con prisa pero sin pausa. Como en un folletín queremos saber el final del relato, de esos relatos que cada uno de ellos construye acerca de la historia. Relatos que se pisan, se esconden, se escamotean, se contradicen, se golpean. Relatos que aparecen en las escrituras vacilantes de las cartas, en las fotos de la casa de la madre, en las marcas de los viajes incluso en los cuerpos de los esposos, en la plasticidad de ella, en la rigidez de él. Todos esos relatos contados a varias voces forman una polifonía extraña y a la vez cercana acerca de amor, sus consecuencias, sus causas, sus frustraciones, sus desvíos. El amor suele ser la más interesante de las materias narrativas que arrastra –consciente o inconscientemente- al matrimonio, a la pareja, a los hijos, a la maternidad, a la paternidad como instituciones pero también en el amor emergen los deseos, los silencios, las pulsiones, la moral, la felicidad, el odio, la culpa. Y sin duda, el amor es la narrativa más interesante porque es la más cercana, la que nos roza, nos atropella, nos abofetea, nos hace pegarle a las paredes y en definitiva desangrarnos en un mar de sangre que se mezcla de manera imperceptible y metafórica con líquido amniótico. Este desangrarse está representado literalmente en el final de la escena donde la aséptica asistente social visita a Charly y su hijo. En esa maraña compleja y cercana que es el amor pensado como un campo de batallas cotidianas, el yo es un espacio donde la intriga y el secreto se anidan; esa intriga leída como curiosidad siempre incita cierto deseo de saber más. Por eso Baumbach piensa y diagrama su historia como si fuera un folletín, en capítulos, que avanza a través de la intriga como motor porque solo queremos saber más, no solo nosotros, también los protagonistas de la historia. Contada con cierta compasión y bastante gracia, Baumbach logra que nos identifiquemos de a ratos con Nicole y de a ratos con

Charly, porque ambos encarnan las contradicciones de una pareja que se desmorona lentamente y nada de esto nos es ajeno. Como no nos son ajenos los mecanismos de la culpa y el resentimiento, el suponer que en una pareja siempre uno ama más que el otro, la idea de que el amor nos lleva inevitablemente al desamor, intuir que siempre en un matrimonio uno hace y el otro acompaña, saber no sin dolor que los hijos son independientes a las horas de nacer, pensar que nos formamos en el espejo cóncavo y convexo de nuestros padres y nuestras madres, son apenas algunas de las ideas que sobrevuelan las cabezas y los corazones de Charly y de Nicole.

En los bordes de la ficción se ubica la película que detenta algunas frases memorables como así también algunos silencios palpables. Una película hecha de palabras y de escenas como los dos “musicales” que sobrevuelan hacia el final. Nicole rodeada por su madre y por su hermana, conforman un trio especial, querible y humano y cantan y bailan una canción alegre y extraña. A la vez, como el revés de la moneda, Charly también entona en un bar junto a su elenco la canción Being Alive que de tan triste y apacible conmueve y emociona, ahí las palabras se hacen música y esa música dice algo más, Charly construye cantando un lugar de resistencia, un espacio propio donde seguir viviendo.

Historia de un matrimonio se juega en el límite entre el cine de James Whale y de Kenneth Branagh, tal como el disfraz del niño que su padre le prepara para Halloween. Entre ese Frankenstein eterno y querible, entre ese terror casi infantil de Whale y la rigidez dramática del cine de Branagh pendula Baumbach, como pendula el amor siempre aunque a veces se desbarranque inevitablemente.

HISTORIA DE UN MATRIMONIO 
Marriage Story. Estados Unidos, 2019.
Dirección y guión: Noah Baumbach. Intérpretes: Scarlett Johansson, Adam Driver, Laura Dern, Azhy Robertson, Alan Alda, Julie Hagerty, Merritt Wever, Mary Hollis Inboden, Amir Talai, Ray Liotta, Wallace Shawn, Emily Cass McDonnell, Matthew Maher, Ayden Mayeri, Kyle Bornheimer, Mark O’Brien, Gideon Glick, Brooke Bloom, Matthew Shear, George Todd McLachlan, Annie Hamilton, Juan Alfonso, Justin Claiborne, Mickey Sumner. Música: Randy Newman. Fotografía: Robbie Ryan. Productora: Netflix / Heyday Films. Duración: 136 minutos.

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