El realizador Sebastián Díaz ya había mostrado en su anterior largometraje La muralla criolla (2017) su interés por la historia argentina en lo relacionado a la campaña del desierto y el genocidio de los pueblos originarios. Aquel film se centraba en la construcción de la célebre Zanja de Alsina que buscaba obstaculizar los avances (o contraataques) de los pueblos indígenas dentro de territorio conquistado. En este nuevo documental (que según el realizador es el segundo de una trilogía), Díaz se concentra en algunos de los líderes de estos pueblos (mapuches, tehuelches y ranqueles) a través de un relato en cuatro partes, cada una de ellas dedicada a uno de estos cuatro personajes clave: Juan Calfucurá, Mariano Rosas, Cipriano Catriel y Francisco Pincen. En cada una de estos capítulos se cuenta la vida, la muerte, y también lo que pasó con ellos después de su muerte. Esto último constituye uno de los capítulos menos conocidos pero no menos aberrantes del despojo que los originarios sufrieron: la profanación de sus tumbas y el robo de sus restos para integrarlos en colecciones privadas y museos, en particular el de Ciencias Naturales de La Plata.

Estos cuatro líderes en varios aspectos, político, social, militar y también religioso (todo aquello que se engloba en el término lonko), tuvieron posicionamientos diferentes en relación a las autoridades del estado argentino. Algunos lo combatieron, otros negociaron, y otros colaboraron. Y sin embargo, lo que se observa al agrupar sus historias es que todos ellos recibieron un tratamiento similar por parte de ese mismo estado, en particular en lo que hace al apoderamiento de sus cuerpos. En los tres primeros casos, a través del secuestro de sus restos mortales, mientras que en el caso de Pincen lo que se tomó como trofeo es su imagen a través de la fotografía para uso político y simbólico. Y si sus restos no fueron además profanados, estudiados y exhibidos no fue por falta de ganas sino porque su paradero sigue siendo un enigma.

El documental muestra además el momento de devolución de estos restos en poder del museo a los descendientes, un hecho que empezó a darse recién en las últimas décadas, y da pautas para comprender por qué la restitución es importante. Para los pueblos originarios como una forma de realizar correctamente los ritos funerarios, recuperar parte de su legado y reencontrarse con su cultura (uno de ellos relata cómo a su pueblo le costó cuatro generaciones recuperarse). Para el mismo Estado, como una forma de ubicarse en un lugar diferente y opuesto al que una vez jugó.

El film de Díaz toma una posición clara y en él se mencionan las cosas por su nombre. Las palabras que los entrevistados usan son contundentes: racismo, esclavitud, genocidio. Esta posición implica no sólo el cuestionamiento de la historia tradicional de origen liberal, sino también poner en cuestión a algunos personajes sobre los que la atención no se ha puesto lo suficiente. Como Estanislao Zeballos, ideólogo de la campaña del desierto y reconocido coleccionista de cráneos, y sobre todo el Perito Francisco Moreno, personaje aún hoy respetable y celebrado que, a pesar del revisionismo histórico, no ha sufrido la caída de su pedestal como sí sucedió con Roca y sus secuaces de uniforme.

Lo que se pone aquí de relieve es el papel de personajes como estos en darle una justificación ideológica y una base científica a las prácticas racistas, a la deshumanización del otro para poder despojarlo de todo. Y se pone en cuestión también el papel que jugó en

general la ciencia positivista en un cuarteto del que el ejército, la Iglesia y el capital formaban la parte más visible. Algo en consonancia con lo que realizó Alejandro Fernández Mouján en su documental Damiana Kryygi (2015) donde se relataba un tratamiento similar que habría sufrido una niña de la etnia Aché como objeto de estudios raciales para la ciencia de la época.

Díaz acude a los recursos clásicos del documental, entrevistas, imágenes de archivo y recorrido por los lugares donde ocurrieron los hechos, a los que agrega otros menos frecuentes como animaciones que representan algunos de los hechos relatados (algo que ya había utilizado en su anterior film). Lo más endeble es cierto subrayado a través de las voces en off y sobre todo de efectos de sonido (filtros, ecos en determinadas palabras y frases) que enfatizan de manera gruesa ciertos pasajes. Los testimonios se valen por sí mismos sin necesidad de este recurso, y son valiosos no solo por su pertinencia y por el peso de sus entrevistados, sino también porque incluyen algunos de los últimas participaciones cinematográficas de personajes imprescindibles como Carlos Martínez Sarasola y Osvaldo Bayer. Figuras fundamentales en una corriente humanista de reconocimiento y reivindicación de los pueblos originarios de la que este documental también forma parte.

4 LONKOS
4 Lonkos. Argentina. 2019.
Dirección: Sebastián Díaz. Testimonios: Osvaldo Bayer, Marcelo Valko, Carlos Sarasola, Claudia Salomón Tarquini, Juan José Estévez, Fernando Miguel Pepe, Walter Minor, Facundo Gómez Romero, Nora Galván, Domingo Catriel, Isabel Serraino, Luis Eduardo Pincén, Lorenzo Cejas Pincén. Guión: Sebastián Díaz. Fotografía: Manuel Muschong. Música: Daniel Bugallo. Montaje: Sebastián Díaz. Animaciones: Carlos Escudero, Juan Carlos Camardella. Producción: Sebastián Díaz. Duración: 78 minutos

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