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Si desde Chile hasta Francia, pasando por Colombia, Ecuador, Líbano y China, las noticias sobre protestas, revueltas, exigencias de cambio y denuncias ante la desigualdad son el tema del momento, el reconocimiento para Parasite que empezó el año pasado nada menos que con la Palma de Oro en Cannes 2019 y siguió con las seis nominaciones a los premios Oscar, parte de la certeza que el surcoreano Bong Joon-ho logró capturar el estado de las cosas en buena parte del mundo a partir de una sátira social, tan devastadora como risueña, una de esas comedias para reír con la mandíbula definitivamente tensa.

El camino pendular elegido de la narración lúgubre entre el trhiller y la comedia disparatada no hacen más que potenciar el tono oscuro y la bufonada histérica, un relato que habla de la brecha social entre ricos y pobres desde la ciudad de Seúl, capital de un país pequeño pero orgulloso de su desarrollo ultra capitalista y ultra innovador, pero también ultra clasista y profundamente desigual.

En el comienzo está la familia Kim, con un hogar miserable -el inodoro ubicado en un lugar imposible es la prueba más flagrante de su devastadora precariedad- y casi subterráneo en los suburbios, en donde el padre, la madre y sus dos hijos sobreviven armando cajas para una cadena de pizzerías mientras con enojo y resignación, observan por una única ventana ubicada al ras de la calle cómo los borrachos hacen sus necesidades en el callejón en donde está ubicada la casa. Son desagradables, su pobreza tan brutal como absoluta es casi un cliché que inicia el camino de la comedia.

Pero el hijo consigue trabajo como profesor particular de una niña de una familia adinerada, los Park, con una casa soñada, modales de la alta burguesía y una vida sin sobresaltos. Ese será el escenario de un thriller improbable pero verosímil, en donde poco a poco el resto de la familia Kim se convertirá en viral para totalizar el personal de servicio de los Park: chofer (el padre, interpretado el extraordinario Kang-ho Song, una súper estrella del cine coreano), cocinera (la madre) y psicoterapeuta artística (la hija). Y no, no son parásitos, son lúmpenes a la fuerza que ven una oportunidad y la toman, sin detenerse en cuestiones morales y éticas. No cuentan con ese beneficio.

Pero se trata del cine coreano y Bong Joon-ho (Memories or Murder, The Host, Okja) también introduce lo fantástico dentro de esa mansión hípermoderna, con otros desesperados que precedieron a la familia invasora y que también son parte de la ecuación ricos vs. pobres, en donde el resultado necesariamente va a ser negativo para todos.

Con su mirada cáustica y desencantada, Bong parece decir “son ellos o nosotros” y transita por la certeza de que la convivencia no es posible y la prueba está ahí, en el relato que intenta encajar dos realidades sociales diferentes, con una intensidad que va subiendo, un desenlace que se encamina hacia el abismo y una tragedia que sorprende que no se traslade masivamente a todo el mundo. Aún.

PARASITE
Gisaengchung. Corea del Sur, 2019.
Dirección: Bong Joon-ho. Guión: Bong Joon-ho y Han Jin-won. Intérpretes: Song Kang-ho, Jang Hye-jin, Choi Woo-shik, Park So-dam, Park Seo-joon, Lee Sun-kyun, Jo Yeo-jeong, Jung Hyun-joon, Jung Ji-so, Lee Jung-eun. Producción: Bong Joon-ho, Jang Young-hwan, Moon Yang-kwon y Kwak Sin-ae. Duración: 132 minutos.

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