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En medio de este furor de las biopics que parecen salir hasta debajo de las piedras, hay una tendencia que renuncia al intento de abarcarlo todo, de recorrer toda la vida del personaje y que, por el contrario, elige concentrarse en un periodo determinado con la idea de que algunas claves sobre su objeto pueden desprenderse en una mirada más enfocada y ganar en profundidad. Judy pertenece a esta tendencia ya que toma un momento específico en la carrera de Judy Garland, cuando en 1968, y ya con una carrera en declive, la actriz y cantante acepta el ofrecimiento de viajar a Londres para dar una serie de conciertos. Garland tiene sus reparos porque eso implica dejar a sus dos hijos menores con su ex marido, el empresario Sid Luft con quien tiene una discusión bastante amarga acerca de cuál es el mejor destino para los chicos. Acepta de todos modos porque las necesidades económicas apremian y, al contrario de lo que pasa en Estados Unidos, en Inglaterra la siguen considerando una diva y los conciertos pueden darle un respiro monetario y quizás movilizar un poco una carrera estancada.

Allá viaja entonces Judy, sin sus hijos pero con su mochila de problemas a cuestas, eso que suele llamarse sus “demonios” y que incluyen una historia de depresión, comportamiento profesional errático, adicción al alcohol y los medicamentos, unos cuantos matrimonios fallidos, otro por llegar, y la pelea por la custodia de sus dos hijos menores en la cual tiene todas las de perder. Su hija mayor, Liza Minnelli, ya por entonces es una estrella por derecho propio y mucho más grande que su madre, quien vive la sensación agridulce de celebrar el triunfo de su hija pero también ver como su propia carrera y también su vida se van deshilachando.

Si uno espera ver una historia de redención, de renacimiento de las cenizas, no va a tener suerte. El de Judy es el retrato crepuscular de una diva que fue enorme ya desde muy joven con el protagónico de El mago de Oz, y que para entonces es la sombra de lo que fue y ya no volverá a ser. Si en 1954 Garland había protagonizado una de las más célebres versiones de Nace una estrella, está claro que para el 68 esa estrella estaba en caída, incluso emulando en la vida real el destino trágico del personaje de James Mason. Esta idea de ocaso ya está insinuada en el título de la obra teatral que inspira el film: “Al final del arco iris”. Pero aun cuando se lo muestra en situaciones muy difíciles está claro que hay una empatía y un cariño por el personaje que hace lo posible para encauzar su vida mientras cae una y otra vez en las mismas trampas, los mismos callejones sin salida. Atormentada por la soledad y la incomprensión, Judy tiene que luchar también consigo misma y sigue adelante por una necesidad de no estar sola y por el amor a sus hijos. Es probable que sea también por esa misma empatía y también por respeto que el film cuenta el último año de vida de la diva pero prefiere dejar su muerte afuera del relato, parando un tiempo antes, como dejándole la posibilidad de una despedida con dignidad.

Al relato presente se le intercalan algunos flashbacks que se remontan al momento de rodaje de El mago de Oz, en que la estrella se estaba forjando. Estas escenas nada tienen de glamorosas, y más bien lo que hacen es mostrar la relación de explotación y abuso para con quien en ese entonces era apenas una adolescente. Momentos que adquieren incluso un toque siniestro con la aparición de Louis B. Mayer, todopoderoso productor de la MGM, quien le deja en claro a su nueva adquisición que podrá ser una estrella pero sobre todo es una propiedad del estudio. Este atisbo a una juventud poco feliz que, sin hacer mucho psicologismo, puede dar una pista de los problemas que vendrían más tarde. Hay en medio de toda la lucha cotidiana una línea más amigable para la diva cuando conoce una pareja de gays fans incondicionales y se establece con ellos una cierta solidaridad. Una línea que tiene que ver con esa voluntad de empatía y también para recordar que Judy Garland ya era por entonces un icono gay (como sería luego su hija Liza) y que “amigo de Dorothy” en relación a la protagonista de El mago de Oz era para estos una contraseña para reconocerse.

Para quien las esté buscando, y seguramente hay unos cuantos en su público potencial, el film es generoso en escenas típicas de la biopic de estrella problemática que sigue porque “el espectáculo debe continuar”. Shows gloriosos se intercalan con actuaciones desastrosas, comportamiento impredecible detrás y delante de escena, peleas a los gritos, llanto, incomunicación, caídas para levantarse y luego volver a caer, momentos altamente emocionales y hasta épicos de los que la escena en que interrumpe una canción porque no puede seguir y el público la ayuda cantando la letra en un ejemplo claro.

La actuación de Renée Zellweger es de esas a las que cabe el adjetivo de consagratoria. Mimética y gesticulante, ideal para los varios premios (como el BAFTA y el Globo de Oro) que ya ganó y el Oscar al que está nominada. De hecho es una película que responde a casi todo lo que la Academia le gusta históricamente celebrar, entre ellas la perfecta reconstrucción que le valió también la nominación de Maquillaje y Peinado, pero sobre todo esa combinación, que es precisamente su sostén, entre la historia trágica de su personaje principal y el lucimiento actoral de su protagonista.

JUDY
Judy. Estados Unidos. 2019
Dirección: Rupert Goold. Reparto: Renée Zellweger, Jessie Buckley, Rufus Sewell, Finn Wittrock, Michael Gambon, Richard Cordery, Richard Cordery, Darci Shaw, Andy Nyman,Daniel Cerqueira, Bella Ramsey, Lewin Lloyd. Guión: Tom Edge, sobre la obra de Peter Quilter. Fotografía: Ole Bratt Birkeland. Música: Gabriel Yared. Montaje: Melanie Ann Oliver. Dirección de Arte: James Price, Tilly Scandrett. Producción: David Livingstone. Diseño de producción: Kave Quinn. Distribuye. BF + Paris Films. Duración: 118 minutos.

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