Uno querría creer que 20 años no es nada y 25 tampoco es tanto, pero siempre hay pruebas que lo desmienten. Basta por ejemplo ver la primera Bad Boys de 1995, a su vez primera película de Michael Bay, y darse cuenta no solo que su estilo de acción canchera lleno de ralentis, de explosiones y caídas filmadas y repetidas desde varios ángulos, y que se copió y repitió hasta el cansancio, hoy se ve viejo y grasa, sino también que varios de sus abordajes entonces naturalizados hoy serían por lo menos cuestionables: racismo, sexismo, cosificación de la mujer, glorificación de la violencia policial y otros ítems que hoy harían levantar algunos ceños. La secuela de 2003 no sólo no mejoró las cosas sino que además amplió el espectro étnico de los villanos (cubanos, rusos, haitianos) y terminó con el dúo protagónico infiltrándose en Cuba junto a la DEA y la CIA y refugiándose finalmente en la base de Guantánamo.

Si solo concluimos que ahora estamos transitando la era Trump, todo esto no sería nada, pero también es una era de corrección política hipervigilante de la que Hollywood no escapa y un nuevo regreso de la franquicia requería alguna que otra actualización para no ser inmediatamente señalada. Y aunque en este caso parece tan fatigoso cómo enseñarle computación a un jubilado, Bad Boys para siempre, tercer film de la saga, al menos lo intenta. Es cierto que algunos vicios quedan: los villanos son todos latinos y México es mostrado como un lugar siniestro, a la vez que se siguen añorando los apremios ilegales (a un testigo le sacan información a martillazos en la mano) mostrados como trucos Old School que todavía funcionan y a los que cada tanto hay que acudir pese al aggiornamiento, la tecnología y (Ufa) las reglas.

Como toda Buddy Movie, cualquiera de las películas de la saga se basa en la relación amistosa y tirante de su pareja policial protagónica, donde Marcus (Martin Lawrence) es el hombre de familia, un poco miedoso y torpe, y Mike (Will Smith) es el temerario, mujeriego y banana. Los dos son irritables, malhablados y se la pasan peleando, pero también son amigos de fierro, se quieren y se bancan. La misión en cada caso, generalmente obvia y genérica, es apenas la excusa para que esta relación se despliegue, para que los actores disparen sus gags, y también para que haya un número razonable de escenas de persecución y tiroteos que tienen que aparecer cada tantos minutos. En esta tercera entrega todo esto está.

Con dos protagonistas ya cincuentones, parte de los chistes ahora son a costa de su edad, sobre todo en el caso de Marcus que ahora está pensando seriamente en un confortable retiro. Mike no se resigna a esa perspectiva y convoca a su eterno compañero a una última misión que lo involucra personalmente ya que un misterioso asesino está matando una serie de personajes (policías, testigos, jueces fiscales) y descubren que Mike es el blanco privilegiado, donde de lo que se trata entonces es del Quién y sobre todo el Por Qué. En esa empresa se embarcan ambos aunque la novedad es que la pareja no está sola y se le suma todo un equipo de investigación que, ahora sí, cumple con los requisitos mínimos de representación exigible. Dos de ellas son mujeres, una de ellas latina (la mexicana Paola Núñez) que además es jefa y con la que hay una tensión constante con Mike, mientras el resto del team multiétnico incluye un asiático y también un blanco rubio como para que el público WASP no llore porque lo dejaron afuera. Aquí se juega también la tensión entre estos jóvenes que trabajan con lo último en tecnología y metodologías precisas y estos viejos tozudos que insisten en sus métodos más artesanales y expeditivos, a veces desprolijos y muchas veces ilegales.

En esa trama de thriller policial no muy original se le agrega en el último tercio un giro más osado en cuanto al pasado de Mike que hace la cosa un poco más interesante y que, con cierto nivel de autoconciencia el personaje de Marcus lo va a calificar como de “telenovela” (así, en español). Por otros lado, la villana líder (la también Mexicana Kate del Castillo) a quien califican de Bruja y adora a la Santa Muerte, promete algún elemento oscuro y esotérico que después no cumple.

Michael Bay ya no está en la silla del director y la verdad no se lo extraña. Se lo puede ver por ahí haciendo un cameo, pero los directores belgas de origen árabe Bilall Fallah y Adil El Arbi no intentan (por suerte) replicar su estilo en las escenas de acción, que aquí son mucho más dinámicas y vertiginosas, aunque se reservan algunos ralentis grasas para tomas cuasi turísticas de la ciudad de Miami. Bad Boys para siempre no tiene demasiadas pretensiones, es un entretenimiento descerebrado, violento, mersa, un poco ridículo e inverosímil, pero en general divertido, que se deja consumir como fast food, donde los gags causan gracia y las escenas emotivas también, y sobre todo la química entre Lawrence y Smith se mantiene, que eso es al final lo que justifica todo.

BAD BOYS PARA SIEMPRE
Bad Boys For Life. Estados Unidos. 2020
Dirección: Bilall Fallah, Adil El Arbi. Intérpretes: Will Smith, Martin Lawrence, Vanessa Hudgens, Kate del Castillo, Paola Nuñez, Alexander Ludwig, Charles Melton. Guión: Chris Bremner, Peter Craig, Joe Carnahan. Fotografía: Robrecht Heyvaert. Montaje: Dan Lebental, Peter McNulty. Música: Lorne Balfe. Producción: Doug Belgrad, Jerry Bruckheimer, Will Smith. Producción ejecutiva: Bill Bannerman, James Lassiter, Chad Oman, Mike Stenson, Barry H. Waldman. Diseño de producción: Jon Billington: Distribuye: UIP – Sony. Duración: 124 minutos.

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