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La oportunidad que ofrece el estreno de la nueva película del director y actor palestino, Elia Suleiman, es encontrarnos con una historia donde no sucede nada de lo esperable, y las palabras sobran cuando los gestos universalizan el diálogo. Como en los inicios del cine mudo, la narración se potencia a través de la observación, los gags visuales y el lenguaje de la cámara. Un estilo visual y discursivo que recuerda, tanto como agasaja, a la comedia de Keaton, de Chaplin, y de Mr. Hulot, el personaje pequeñoburgués de Jacque Tati, con su crítica de la sociedad moderna.

Consagrado como uno de los directores más interesantes del cine de medio oriente, con Cyber Palestina; Intervención Divina y El tiempo que queda; Suleiman vuelve a dirigir y actúa sin decir una palabra, salvo cuando le preguntan su procedencia. La historia que transcurre primero en Nazareth, luego en París y en Nueva York, es un relato mordaz sobre las raíces, la identidad, el poder y la estupidez humana.

Caracterizado con sombrero Panamá, anteojos de carey, y chaqueta abotonada, su personaje mantiene una inexpresión en el rostro casi imperturbable. Diariamente recorre las ciudades donde el espacio cobra protagonismo, y las situaciones suceden como si su presencia no alterase nada de lo que vaya a acontecer; sin que él interceda ante lo impredecible. En ese espacio abierto, los planos generales dan lugar a las situaciones más absurdas y contradictorias, despegándose de los estereotipos y sacando rédito a un uso distinto del discurso político y cinematográfico.

Desde el inicio se anticipa el tono de humor que adoptará a lo largo del relato, como vemos en una peregrinación religiosa ortodoxa que se ve interrumpida de manera inusual y caprichosa por alguien que se niega a abrir una puerta. Luego seguirá con un par de policías intercambiándose los anteojos de sol mientras llevan a una chica secuestrada (entre otras escenas que los ridiculiza); se mete con un vecino obsesionado con su limonero; recrea el juego de las sillas en el jardín de las Toullerías, y como salido de un sueño surrealista, pasa una caravana de tanques circulando por París. En ese recorrido, el lirismo visual y la composición pictórica de sus encuadres, le otorgan realismo al sin sentido.

En una sociedad donde todo comunica, la palabra parece estar de más. Asi lo demuestra el silencio del protagonista, el sonido directo, y la música que completa las imágenes, como la secuencia en París con la gente “desfilando” en cámara lenta, mientras de fondo suena “I Put

a spell on you”, de Nina Simone; o durante la persecución policial a una chica por el Central Park bajo el tema “Darkness”, de Leonard Cohen.

Suleiman tampoco deja de lado su mirada sobre el cine contemporáneo industrial y comercial. En definitiva, en su pelicula el actúa de un director que va en busca de financiación y lleva su guion a París y Nueva York, donde un productor de cine le dice que: “ésta no es una película palestina porque lo que muestra puede pasar en cualquier lado”. ¿Y cómo debería ser una película palestina?

Esa universalidad se hilvana entre las ciudades, haciéndose presente en una observación minuciosa sobre las falencias, las mezquindades, y la violencia que se ejerce en el mundo, y que no es patrimonio de Palestina. Más allá del Muro de Cisjordania, Suleiman elige hablar desde el humor, y va en busca de su lugar en el mundo, de ese Paraiso deseado, en el cual uno se pueda sentir como en su casa. En eso radica la pertenencia. La escena de los jóvenes que bailan en la discoteca de espaldas al conflicto de Israel, funciona de ejemplo.

Hacia el final, ya de regreso en Nazareth, un hombre le dice en un bar: “uds. los palestinos toman para recordar, los demás toman para olvidar”. Y en ese recuerdo, la película está dedicada a sus padres y a su país.

De Repente, el paraíso fue galardonada con una Mención especial del Jurado y el premio Fipresci en el Festival de Cannes, un merecido premio a un cineasta singular que tiene mucho para seguir diciendo.

DE REPENTE, EL PARAISO
It Must Be Heaven. Palestina/Francia/Qatar/Alemania/Canadá/Turquía, 2019.
Dirección y guion: Elia Suleiman. Fotografía: So an El Fani. Edición: Veronique Lange. Sonido: Olivier Touche, Johannes Dobereng. Producción: Serge Noel, Edouard Weil, Elia Suleiman. Duración: 97 minutos.

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