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En 1920 Karel Capek, un conocido dramaturgo checo, escribió por primera vez sobre entidades mecánicas antropomórficas, que respondían a una programación y a nuestra voluntad. Desde entonces los robots y sus múltiples potencialidades han atrapado nuestra imaginación. En el cine, la idea del robot se ha materializado en distintas formas que van desde el voluntarioso Astroboy a Wall-E, el eficiente mayordomo que limpia la tierra.

Los robots para diversión o compañía representan una de las variantes menos frecuentes en la vida real, pero más abundantes en el cine. En Blade Runner, Pris es un “modelo básico de placer”. C-3PO, el robot de “protocolo” de Star Wars, no cumple con ninguna función específica, más allá de traducir y mediar entre humanos y máquinas. Ava, la fembot de Ex Machina, que es tan real que parece humana, no parece tener propósito alguno, salvo el satisfacer el ego de su creador. Este es claramente el antecedente más cercano de Dolores, la verdadera protagonista de la serie Westworld.

HBO respetó en casi todo la idea original de la película de Michael Crichton protagonizada por Yul Brynner en 1973. Delos es un novedoso parque de diversiones, donde los humanos interactúan con androides y dan rienda suelta a sus más bajos instintos. Dos amigos llegan allí en busca de diversión, uno entusiasta el otro escéptico. De pronto se ven en medio de una “rebelión de las máquinas”, ese temor que se instaló a partir del uso de robots en la industria, y que nunca nos abandonó. En la película, el pistolero ya no pierde el duelo, en la serie Mae, la cantinera, despierta cuando aún está en el laboratorio donde la reparan. Ambos tratan de tomar el control de la situación. La película es un buen punto de partida, pero queda a mitad de camino, la serie se esfuerza por llegar hasta el final. ¿Lo logrará?

La ilusión del control
En la primera temporada el parque está bajo control humano y todos los temas clásicos de las películas de robots se agolpan, capítulo tras capítulo. ¿Existe la libertad de acción o todo es parte de un plan que no conocemos, una trama más del parque? La imagen de la pianola, el sonido familiar que se repite una y otra vez, la escena de la llegada del tren, construyen la idea de que todo vuelve a empezar con cada nuevo día, siempre igual, pero levemente distinto. Un automatismo mecánico, sin más propósito que sostenerse en el tiempo. Está claro que los anfitriones responden a un programa y que todo lo que hacen está causalmente determinado. La pregunta clave es si el visitante tiene libertad de acción. Siendo que juega dentro de una narrativa, ¿qué tanto puede alejarse de lo estipulado? ¿A qué responde su conducta? ¿Puede acaso el vaquero bueno, identificado por su blanco sombrero, convertirse acaso en el inescrupuloso personaje que porta el sombrero negro?

Otro de los temas que se exploran en profundidad es la relación creador-criatura. ¿Cuál es la responsabilidad del creador con respecto a ese ser, fruto de su imaginación y deseo? Dolores afirma que vive dentro de un sueño. El soñador, Bernard, la mira complacido, computadora portatil en mano. Las preguntas que le hace no se parecen en nada al test de Turing. Es obvio que no se pretende probar qué tan inteligente es Dolores. Su propósito es otro, chequear que su funcionamiento sea correcto. En ese punto no nos cuestionamos la relación entre ambos personajes. Creemos entender que quien sostiene el control, controla. Westworld nos depara muchas sorpresas en este sentido y, como en una trama de cajas chinas, los sueños y sus soñadores se van revelando lentamente. Eso nos lleva a la pregunta más interesante: ¿cómo saber si estamos despiertos? y ¿qué nos hace humanos?

La serie no da respuestas a estos interrogantes, pero los desarrolla con gran maestría y, tal como Matrix en su momento, deja muy claro que no es fácil distinguir entre lo virtual y lo real, lo mecánico y lo humano. Después de todo muchas de nuestras reacciones son, por momentos, tan mecánicas como las de un robot y algunas de las situaciones en las que nos vemos inmersos cotidianamente tienen rasgos de pesadilla. Si la realidad no es más que una construcción de nuestro cerebro, si todo es pensamiento desplegado, se impone la necesidad de salir de uno mismo y explorar el exterior.

Si nos guiamos por el mayor exponente del existencialismo, Martin Heidegger, el ser auténtico propio del Dasein se da por y a través de la muerte. Se pueden compartir rituales, decisiones y aún pensamientos y sentimientos, pero la muerte es absolutamente propia. Lo real es lo irreemplazable. Los androides de Westworld mueren una y otra vez, mueren su propia muerte y la muerte del otro. Esta pantomima de la muerte repetida, les birla su singularidad, los transforma en juguetes contingentes, reemplazables, meros engranajes de un mecanismo. Es por eso que el mismo androide puede ser hoy padre de Dolores y mañana pianista en la cantina. Si somos la suma de nuestras experiencias y emociones, entonces los anfitriones de Delos no son, no tienen entidad, se reducen a meros fragmentos de conciencia, minúsculos impulsos que se mantienen inalterados y trazan su accionar.

Dolores emerge de ese cúmulo de indeterminación como una figura singular, bella e inteligente. Es el alter ego del creador y se presenta desnuda y genuina ante él. Dios eligió a esta Eva perfecta y no a un Adán, para ser su heredera. Le dio sus sueños y un propósito. Dolores es el eje del parque, todas las narrativas giran de alguna manera en torno a ella y su rol no ha cambiado con el transcurso de los años. Está allí para ver la belleza del mundo y recordárnosla. Hay una escena reveladora en la que Ford, el creador del parque y sus personajes, le muestra una réplica de la imagen de la creación de Adán, de Miguel Ángel. Su atención no recae en el gesto de la mano del creador, sino en la nube que lo envuelve. “Tiene la forma de un cerebro”, señala, para luego agregar “Lo que nos distingue no viene de un don superior, sino de nosotros mismos”.

Los infinitos recuerdos de su humillación, la pérdida de sus seres queridos y de sí misma a mano de sus múltiples asesinos, la llevarán a convertirse en un ser duro y despiadado. El sufrimiento es la clave para salvarlos y salvarnos de la coraza de la moralina. Androide y humano comparten la misma suerte, el camino recorrido los endurece a ambos y los lleva a realizar actos inesperados, propios de un demente. Entonces, ¿son androide y humano la misma cosa? ¿son capaces de sentir de la misma manera? ¿Es la personalidad producto de los primeros años formativos o de las experiencias extremas con que nos desafía la vida? Cada uno de los personajes da su respuesta a estos interrogantes, sin que una desvalorice o invalide a las demás.

El placer del caos
Nietzsche afirma en El nacimiento de la tragedia, que la decadencia de la cultura occidental está íntimamente ligada a su voluntad de eliminar el caos y tratar de hacer del mundo un lugar racional y ordenado. Las emociones, lo primitivo y esencial, que conforman el caos, hacen a lo humano y no es posible eliminarlos sin caer en un desequilibrio, que conduce a un mal mayor. En la segunda temporada, los creadores de Westworld abrazan esta idea y la llevan a su máxima expresión.

El mundo civilizado, plagado de reglas, nos lleva al hastío, a la pérdida de la emoción por el juego de la vida. Es importante liberarse de la moralidad para superarse, afirma Nietzsche en su teoría del superhombre. Esa es la clave del éxito del parque. ¿Es la liberación que nos proporcionan “esos placeres violentos” lo que nos hace más humanos? Aparentemente no, si nos dejamos guiar por los guionistas de la serie, quienes sólo confieren a uno de los jugadores esa capacidad. Son los androides los que encarnan al superhombre, los que son una versión mejorada de sus creadores e incapaces de morir, pero aún no han tomado debida dimensión de este hecho.

Liberados del ensueño en el que los anfitriones estaban sumidos y que los tornaba en blanda arcilla moldeable por los deseos humanos, los androides crean alianzas, trazan planes, se sublevan. Dolores se da cuenta de que la voz interior que pautaba sus acciones no era otra más que su propia voz. Esta toma de conciencia produce un cambio radical en el parque, pero más aún en las instalaciones aledañas, donde se encuentran el centro de control y los talleres. La sed de venganza de los anfitriones y su deseo de confrontación con los que llaman “los dioses” superan con mucho a su deseo de escapar al encierro. Las escenas de violencia se vuelven más gráficas. El placer por la mostración de cuerpos desnudos, bellos y no tanto, se acentúa. Tal como los replicantes de Blade Runner los anfitriones quieren conocer a los amos y, cuando lo hacen, los encuentran decepcionantes, frágiles y temerosos.

Los anfitriones se debaten entre dos opciones, dos actitudes opuestas frente a la vida. Pueden optar por esconderse y vivir felices y tranquilos, sometidos al sueño de otro, sin experiencias verdaderamente significativas o pelear por el mundo que imaginan como justo. Westworld, inteligentemente, no descarta ningún de ambas opciones, sino que, convenientemente bifurca la trama una vez más. Por un lado se abre un paraíso virtual ajeno al control, un espacio virgen, todo posibilidad. Por el otro reúne a un grupo mixto, compuesto por anfitriones y técnicos, que serán los encargados de luchar por la concreción de sus ideales.

¿La síntesis?
Los avances de la 3ra temporada insisten en la expansión del terreno en disputa. Los confines del parque serán reemplazados por los del mundo real. Vemos a Dolores con un vestido corto de noche, color azul, que deja sus hombros y espalda al descubierto. Desde la terraza de una elegante mansión admira los edificios iluminados, que son “como estrellas esparcidas en el suelo”. Aún responde a su instrucción de base y busca la belleza en el mundo.

Si en el parque se podía ver a la gente como realmente era, sin el peso del juicio y la mirada del otro; es posible que en el mundo real podamos ver a los androides, como realmente son. El mayor interrogante es el que se pregunta por el significado de la palabra libertad. El deseo de conocimiento es válido, pero el de emulación implica necesariamente la necesidad de renunciar a otras opciones. Los anfitriones desean elevar su condición, de androides a humanos. Eligen tomar el control, sin saber que, quizás, ya lo tienen o que nadie lo tiene. Uno de los personajes afirma que la sed de venganza no es más que otra forma de admiración. No le falta razón.

No es necesario que hayas visto la primera temporada, para entender la segunda. Y tampoco que hayas visto la segunda para entender la primera. La cuidada calidad de la producción, la belleza de las imágenes, los espectaculares efectos especiales y las excelentes actuaciones son más que suficientes para que ver algunos capítulos valga la pena. Cada temporada representa un momento dialéctico distinto y autónomo. La tesis de un mundo perfecto, creado para satisfacernos, se planteó en los primeros diez capítulos. La antítesis de un mundo en el que las pulsiones básicas y el desenfreno son la regla, en los siguientes. La síntesis será, tal vez, un mundo con valores, engendrados en la comunidad y celebración con el otro o la mera concreción de una entre tantas fantasías.

Cuando el hombre haya sido superado, entonces recuperará el sentido de la existencia, afirma Nietzsche.¿Serán los robots quienes nos devuelvan el verdadero sentido de vivir? ¿Serán los humanos capaces de encontrarlo ante la inminencia de su pérdida? Ese es el desafío. Ojalá que Westworld esté a la altura.

Ficha técnica:
Serie: Westworld
Creadores: Jonathan Nolan y Lisa Joy
Productor: HBO

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