Disponible en alquiler a partir del 2 de julio en Puentes de cine (Nota: el estreno de “Bacuaru” en cines fue el 2 de enero de este año).

En su anterior film, Aquarius (2016), Kleber Mendonça Filho contaba la historia de una crítica musical (una interpretación inolvidable de Sonia Braga) que enfrentaba, en una lucha desigual pero de manera firme y determinada, a una empresa que quería forzarla por medios cada vez más espurios a vender su departamento para llevar a cabo un emprendimiento inmobiliario. El tema principal ahí era la resistencia contra el abuso del poder y también la fuerza que podían sacar, a veces de manera inesperada, los acosados, los abusados, a partir de esa misma resistencia. Podría decirse que son en buena parte los mismos temas de su nuevo film, Bacurau, esta vez ampliando la escala. Un film dirigido a dúo con Juliano Dornelles, responsable del diseño de producción de sus dos largos previos, y que ganó tanto el Premio del Jurado en Cannes como varios galardones en el Festival de Cine Fantástico de Sitges, lo cual da un poco la idea de las varias zonas que abarca.

La acción se ubica en el nordeste brasileño en un futuro muy cercano. Bacurau, un pequeño pueblo caído del mapa (y borrado, como más tarde veremos) se convierte en el objetivo, por motivos que no llegan a revelarse, de un grupo de mercenarios norteamericanos liderado por el alemán Michael (el gran Udo Kier) y ayudado por colaboracionistas locales. El pueblo es vigilado, rodeado y progresivamente aislado, en un sitio que proyecta coronarse con un asalto final con vocación de masacre. Los habitantes acosados, amenazados y sin nadie a quien acudir más que a sí mismos, deberán unir fuerzas, anticiparse a sus inesperados victimarios y organizarse para resistir, demostrando además que no están tan indefensos como a simple vista parecen.

Bacurau es un objeto cinematográfico extraño y original, producto de un sincretismo de diversos géneros e influencias. Hay mucho de western (del clásico americano y de su reinterpretación spaghetti), algo de thriller, de cine de acción y violencia y algo de ciencia ficción, todo ello mezclado y combinado en un relato que pone en primer plano la dimensión política del mismo modo que lo hacía el Cinema Novo de los 60.

Las referencias para el cinéfilo son varias y se despliegan a lo largo de todo el film. Por el lado del western americano la premisa del pueblo amenazado presente en Los 7 magníficos (1960), aunque en este caso sin los 7 magníficos ya que el pueblo deberá arreglárselas solo contra la amenaza externa, y también en el western revisionista de Sam Peckimpah de La pandilla salvaje (1969), presente desde su poética de la violencia, que cuando se desata al final del film es explícita, brutal y lidiando con el gore. Por el lado spaghetti del western la referencia más evidente es el Sergio Corbucci de El gran silencio (1968), cuya banda de cazarrecompensas parece anticipar a los mercenarios aquí presentes, y de Django (1966), a quien se tributa en el protagonismo de los ataúdes.

Pero si hay aquí un Alma Mater, un guía espiritual y cinematográfico, ese es John Carpenter, sobre todo en la reinterpretación policial del western (nada menos que Río Bravo) que hace en Asalto al Precinto 13 (1976) y su resistencia tenaz en un lugar sitiado, premisa que repitió desde el terror en Príncipe de las tinieblas (1987). El culto que Mendonça Filho y Dornelles rinden al maestro se hace explícito en el uso de su tan particular música (esos teclados que gritan su nombre) y en el guiño cinéfilo de bautizar João Carpinteiro a la escuela del pueblo. En Carpenter está también la idea de dar un mensaje político desde los géneros.

El elemento más extraño aquí es el de ciencia ficción, presente ya en la primera toma desde el espacio, con el protagonismo de un satélite y el planeta Tierra de fondo, hasta la ubicación temporal “de aquí a algunos años”. Un futuro cercano que se expresa sobre todo en la tecnología desplegada por los sitiadores y que les permiten aislar al pueblo no solo cortando las rutas de acceso y salida, sino también dejándolo sin señal, borrándolo de los mapas digitales o cortando el suministro de energía. Eso sí, su gadget más llamativo es sin duda un dron espía que, para mayor goce cinéfilo tiene la forma de un OVNI salido de las películas de ciencia ficción de los 50.

Precisamente esta cercanía temporal sugiere que quizás ese futuro ya llegó. Mendonça Filho y Dornelles se ubican en el futuro para hablar del presente, y es ahí donde entra la dimensión política. Se trata no tanto de futurismo como de la actualización de un conflicto. La zona del nordeste brasileño, de la cual ambos directores son originarios, tiene una larga historia de conflictos sociales y de violencia, presente en la historia legendaria de los cangaceiros (registrados en las fotos del museo del pueblo) que otro director nordestino como Glauber Rocha, que es también un referente ineludible, retrató con situaciones y personajes similares y cercanos. Difícil no ver en los bandidos cortadores de cabezas, que viven en las afueras del pueblo y acuden también en su defensa, alguna reminiscencia de aquellos cangaceiros.

Mendonça Filho y Dornelles parecen estar hablando a veces de forma oblicua, y otras no tanto, de lo que está pasando en el planeta, en la región, en su país. Y aunque el film fue realizado antes de la llegada al poder de Bolsonaro, no deja de ser inquietante en su actualidad. Es decir, con la violencia despiadada y el poder político al servicio de la codicia y la rapiña, con el desprecio y desinterés por la suerte de los pueblos, ahí donde el borrarlos del mapa aparece como el equivalente de hacerlos caer del sistema. Ambos realizadores usan y mezclan los géneros para hacer una declaración del estado de las cosas. Ese estado de cosas no es muy alentador y el líder de los invasores ya lo anticipa cuando anuncia que “esto es solo el principio”. Sin embargo, lo que también está presente es la reivindicación de la dignidad y la lucha de los pueblos, la idea de que la pelea es difícil y desigual, pero la resistencia es posible.

BACURAU
Bacurau. Brasil. 2019.
Dirección: Kleber Mendonça Filho, Juliano Dornelles. Reparto: Udo Kier, Sonia Braga, Jonny Mars, Chris Doubek, Karine Teles, Alli Willow, Brian Townes, Antonio Saboia, Barbara Colen, Julia Marie Peterson, Silvero Pereira. Guión: Kleber Mendonça Filho, Juliano Dornelles. Fotografía: Pedro Sotero. Música: Mateus Alves, Tomaz Alves de Souza. Montaje: Eduardo Serrano. Producción: Saïd Ben Saïd, Michel Merkt. Producción Ejecutiva: Dora Amorim. Productor Asociado: Tiago Melo. Dirección de Producción: Cristina Alves, Dedete Parente. Diseño de producción: Thales Junqueira. Distribuye: Maco Cine: Duración: 132 minutos.

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