Se estrena el 23 de julio en Puentes de Cine, la plataforma de la Asociación de Directores de Cine, PCI .

Silvia Zabaljáuregui fue un producto de su época, los ochenta, década donde los peligros por los abusos con los derechos humanos estaban aún vigentes y en carne viva, pero también fue una época marcada por los prejuicios de clase, las dominaciones machistas, el valor de las apariencias. El relato acerca de Silvia es el relato de una época, contando o intentando contar la vida de sus padres, la directora hace un relato íntimo y a la vez universal de esa época en la cual el “silencio” era central.

Silvia Esteve, la directora y productora de este documental es la hija de la retratada. Retratar a los padres es siempre un proceso que implica dolor y a la vez placer, el rio de recuerdos se desploma sobre las imágenes que Silvia Esteve recrea cada vez con esos fragmentos de VHS a los que interviene con una pulcra mirada estética sobre sus materiales. Las voces de las hijas – en unos diálogos confusos, que se reiteran, que se contradicen- que se agolpan; intentan reconstruir la vida de los padres. Esas voces en general no coinciden con las imágenes, así como no coincide la vida que llevaban Silvia y Carlos (los padres) en apariencia constante con lo que realmente haya sucedido. Esta falta de coincidencia es la matriz narrativa de la película, no coinciden las voces con las imágenes, no coinciden los recuerdos con los hechos, no coinciden las hijas entre si al momento de recordar hechos particulares. La nebulosa en la que los padres se movían deviene en omisiones, mentiras, silencios; cuestiones que también eran rectoras en la época.

Silvia es además una película de mujeres, de una generación de mujeres donde los valores que se trasmiten van perdiendo vigencia, y esos valores son puestos en constante interrogación. Mujeres que además se reflejan unas a otras, en un juego de espejos que la puesta en escena se encarga de demostrar; Leda, la abuela, Silvia la madre; repiten las historias maritales y sociales tanto como las de locura y las de abusos, las hijas cuestionaran esos relatos tratando de suplir los silencios y las omisiones con una mirada anclada en un presente que revisa esas convenciones. El padre es (como el abuelo) una especie de ausente, de figura fantasmatica que surca los relatos de las hijas, sin hacer eje, incluso en algún momento la película lo olvida, lo deja de lado, anclándose solo en la figura de la madre.

Silvia es el producto de una época, ésa en la que el prototipo era el personaje de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, ese ideal de mujer que se pasea por la pantalla del documental como un fantasma y a la vez como un modelo. Tal vez del mismo modo en el que Silvia se pasea por el documental.

Película hecha de retazos de VHS (qué manía obsesiva la de la época de filmar constantemente), de contrapunto de voces, de placas escritas que dicen aquello que la oralidad no puede decir. Un documental extraño que apuesta a un tratamiento especial de sus materiales y que no logra el objetivo de las hijas; la historia nunca o casi nunca puede reconstruirse.

SILVIA
Silvia. Argentina, 2019.
Guion, edición y dirección: María Silvia Esteve. Distribuidora: 19/23 Dis. Duración:103 minutos.

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