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El cine de Raúl Perrone es, en el contexto del cine contemporáneo de la región, el que más sorprende y conmueve. No sólo por las temáticas que aborda sino también por el modo en el que trabaja sus materiales. Su “artesanía” cinematográfica es indudable y no sólo habla de tradiciones pasadas sino que lo interesante es que esas tradiciones se proyectan hacia un futuro inmediato que él mismo como “artesano” maneja desde el presente. Su modo de representación tensiona los tiempos; el pasado confluye en sus obras y a la vez el futuro se actualiza.

En el caso de Corsario, una cámara estenopeica demuestra esta idea. Cámara que puede ser casera, que data de siglos atrás, mucho antes de la invención del cinematógrafo; cámara que encarna en su propio dispositivo un modo particular de resolver la experiencia cinematográfica; desde ese pasado tan remoto se proyecta hacia un futuro que de tan inmediato se vuelve presente constante. Todos los múltiples dispositivos que el cine utiliza en la actualidad se resumen en la obra de Perrone a un manejo de la técnica artesanal que la hace más conmovedora, más sensible. Lo relevante es que en su cine la técnica es tan importante como el relato que cuenta, la coherencia entre sus materiales sensibles y los tangibles es extrema. El cine, para Perrone es acto y es proceso y a la vez es experiencia sensible del mundo; ese mundo que siempre de tan cercano se vuelve doloroso. Además, la coherencia es tan extrema que también tensiona económicamente sus materiales. Una cámara y una computadora le sirven a este director para realizar una película única; la economía de recursos es también una mirada sobre el cine actual y sobre el cine del futuro. Y esa economía de recursos es a la vez coherente con la clase que retrata; las clases populares son las que llevan a cabo la carga narrativa de sus películas. Casi como un acto de respeto, de humildad: se retrata a esa clase con la escasa economía que esa clase detenta.

Esta vez Perrone se acerca y se distancia de la figura de Pier Paolo Pasolini; se acerca en el homenaje a su figura de corsario negro, de pirata sensible, de poeta inconmensurable y se aleja en el modo icónico en que lo retrata; sus caminatas por Ituzaingó, sus anteojos negros, su particular belleza, mostrándolo en sus escarceos amorosos, cada vez que enciende un cigarrillo, cada vez que mira esos cielos tan “perronianos”. En este punto de inflexión entre el acercamiento y el distanciamiento aparece uno de los sentidos probables de Corsario – y quizá de todo el cine de Perrone- filmar la cotidianeidad, filmar este presente tan convulsionado, tan político, tan enloquecido, tan repleto de vida como de muerte. Traer a PPP a la actualidad es también una toma de posición no solo política, sino estética y hasta ética.

Sobresale un detalle importante en el conjunto de su obra y que se refuerza ahora en Corsario. Pareciera que al director no le interesan las catalogaciones, que no son otra cosa que cómodas manifestaciones para nombrar el mundo complaciente y ordenado que tanto PPP como Perrone reprueban. En esos chicxs que aparecen en el comienzo -gran escena con el querido crítico y poeta Alejandro Ricagno y la figura de PPP, donde se hace una especie de casting extraño- aparece el germen de esta idea; allí se mezclan género, sexo, identidad; tanto como se mistura la ficción con el documental, mientras la película se vuelve un revoltijo de cuerpos – que siempre son políticos- casi sin inventarios sexuales, cuerpos que responden a su propia libertad. Tal vez, ya a Perrone no le interesen esas antiguas nomenclaturas que de algún modo detienen el fluir del deseo, coartan la libertad individual y social, fijan sentidos y los coagulan. Corsario apuesta por imágenes libres, que a la vez son turbias en los múltiples reflejos, que otras veces se tornan difusas en las sobreimpresiones, que apelan a la eternidad de las repeticiones que siempre sugieren significados diferentes. También el concepto sonoro de la película es extraño, se leen poemas de Dylan Thomas o de Paul Verlaine (tan rebeldes y seductores como PPP o el propio Perrone), se dialoga sin palabras, se habla sin imágenes. Esta disonancia entre la imagen y el sonido es también uno de los modos de representación que piensa el cine de Perrone; esta no confluencia apela a la multiplicidad de sentidos, a las capas de significación que se agolpan en Corsario, que no necesita explicaciones ni prescripciones, ni siquiera una narración lineal.

Evidentemente Corsario apela a un espectador capaz de dejarse llevar, capaz de sentir esa libertad que era que la que sintió hasta su último día Pasolini, capaz de conmoverse con esa figura sucia y transparente a la vez, esa figura mítica e icónica cuando deambula por ese descampado, dejando atrás un edificio destruido que semeja a un cuerpo horadado, un cuerpo político sin órganos pero aún en pie.

CORSARIO
Corsario. Argentina, 2018.
Dirección, guion y edición: Raúl Perrone. Intérpretes: Martín Bermello, Nicolás Ruiz, Alejandro Ricagno y Ornella Timpanaro. Cámara y Fotografía: Raúl Perrone, Lara Seijas y Jorge Laplace. Música: Andre Villaveiran y Juan Marco Litrica. Duración: 67 minutos. 

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