"Ming of Harlem", de Phillip Warnell.

El cineasta británico Phillip Warnell es un artesano del presente. Sus películas indagan el presente a veces de un modo microscópico, a veces desde una panorámica. Estos dos modos de acercamiento a lo real proponen una estética y una ética coherentes y concisas. En Ming of Harlem un hombre vive con un tigre y un cocodrilo en la profundidad de ese barrio complejo en su constitución, barrio de hombres y mujeres fronterizos que recorren ese espacio urbano con cierta libertad. Ming es el tigre, señor del departamento vacío que recorre lentamente, la cámara de Warnell es epidérmica, vemos los estremecimientos del animal, sus escasos ronquidos, su caminar lento. Es el compañero de ruta, de vida, del protagonista. Su compañía, lo hace ser casi su doble animal. El tercer habitante es el cocodrilo Al, que arrastra su larga cola por el suelo con una tranquilidad que apabulla y a la vez nos pone en alerta. Mientras tanto la hermosa voz del filósofo Jean-Luc Nancy expresa un bellísimo texto acerca de los animales y su naturaleza, su salvajismo y su humanidad; esos animales que en su salvajismo escapan de las guerras, de las trampas, de la barbarie. No sienten ira, tampoco venganza. En esa velada dicotomía ontológica entre hombres y animales que propone Nancy con su texto y Warnell con sus imágenes, podemos entrever la supremacía de esas “fieras”.

Mientras la ciudad languidece en un anochecer eterno, el dueño de los animales viaja en taxi y recorre con su mirada las calles de su barrio, de su espacio que no es otro que el que le ha quitado a sus entrañables fieras. Sin resentimiento pero con dolor expresa en un momento que fue necesario suspender su propia vida a favor del cuidado de los bichos. Por supuesto, como sucede en estos casos donde lo extraño irrumpe en lo cotidiano, la ley se hace cargo del asunto y separa, segrega, expulsa a aquello que la naturaleza ha unido.

La cámara de Warnell interroga lo real, acerca y aleja sus materiales; sin intermediaciones. Este procedimiento también aparece en Intimates Distances, donde una mujer recorre la ciudad de Queens buscando personas que den testimonio de su propia intimidad, como una psicoanalista agazapada en el corazón de esa ciudad demasiado transitada, busca y encuentra historias íntimas que hombres anónimos le relatan sin pudor, sin sorpresas, La cámara de Warnell toma distancia en el momento preciso y se aleja cuando es necesario.

El espacio, el presente, la animalidad, el salvajismo, las vida íntima, la humanidad recorren el cine de Warnell indagándolos; su cine muestra y a la vez piensa; expone y a la vez reflexiona.

También en esa línea que releva el pensamiento sobre el cine y también sobre la vida sin olvidarse de la puesta en escena; el conocido realizador Jean-Louis Comolli entabla una diálogo amable con Nicolas Philibert donde ambos conversan acerca de la carrera de éste último, aparecen en la conversación sus obsesiones, sus necesidades, sus deseos; pero sobre todo, se trata de pensar el modo en el que ambos se acercan a lo real, como filmar al otro, desde dónde, donde aplicar la mirada, cómo trabajar la estética sin dejar de lado la ética. Comolli pregunta poco, deja hablar a su entrevistado; también aparece poco, casi en los bordes; enmarcando esta charla que se deja ver con la amorosidad y la afección que ambos se tienen y trasladan al espectador.

Warnell, Comolli y Philibert comparten – desde espacios diferentes- un mismo ideal; apelar a un tipo de cine que de algún modo quiebre las fronteras entre lo documental y lo ficcional e instale otro tipo de cine; aquel que se ubique más cercano al pensamiento, a la reflexión, a la textualidad; un cine donde las imágenes sean tan porosas que solo destilen pensamiento, pura curiosidad.

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