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Hunter (Haley Bennett) es una esposa y ama de casa perfecta. Eso claro si nos regimos por los ideales conservadores de los 50. Ordenada, sumisa, dedicada a su casa y su marido, vive en un mundo contemporáneo pero que no solo no atravesó la última oleada feminista sino que ni siquiera parece haber advertido la liberación femenina de los 60. Hay razones para esto. En principio las más evidentes parecen ser las razones de clase. Hunter proviene de un hogar más bien humilde, algo que su marido y su familia política se encargan de recordarle de maneras sutiles y no tanto. Richie (Austin Stowell), su marido le recalca que ella no sabe hacer nada, su suegra Katerine (Elizabeth Marvel) le dice sin vueltas que debería estar agradecida de que su hijo la haya rescatado en plan Príncipe Azul a Cenicienta y, cuando se anuncia que Hunter está embarazada, su suegro Michael (David Rasche, a quienes algunos recordarán como el rostro de Sledge Hammer), cabeza de una empresa de la cual su hijo se foguea como próximo líder, anuncia en el vientre de su nuera al futuro CEO.

La perfección de este hogar se revela tan falsa y superficial como tóxica. Las sonrisas condescendientes y el trato cordial de Richie son imposturas siempre listas a caer, teniendo Hunter que soportar desde un insultante desmerecimiento y falta de atención hasta ridículos desplantes ante la más trivial de las fallas. Estas fisuras en la fachada tan elegante como la casa exquisitamente decorada van mostrando las fisuras que se van convirtiendo en grietas y dejan entrever un malestar que está pidiendo a gritos manifestarse. Y esta manifestación llega, como a veces sucede, por un costado inesperado pero contundente. A poco de anunciarse su estado interesante, Hunter empieza a sentir el impulso de tragar objetos pequeños pero en muchos casos peligrosos. Primero una bolita, luego una chinche, un pequeño tornillo y así. Algunos pueden ser expulsados naturalmente en el baño, otros van a requerir intervención médica. Ahí es cuando, al enterarse su marido y familia, van a encender las alarmas, no tanto por la salud de Hunter, la cual está puesta evidentemente en riesgo, sino por la posibilidad de dañar el recipiente que porta al heredero al trono y por el cual han hecho una inversión que a sus ojos les otorga todo los derechos de propiedad.

Así, los cuidados y tratamientos médicos y psicológicos para controlar la compulsión de Hunter son también la oportunidad de ajustar los controles sobre su cuerpo y añadir nuevas humillaciones. Pero claro, semejante nivel de vigilancia por muy cerrada y minuciosa no puede ser perfecto y la situación va evolucionando en alternativas cada vez más imprevisibles. Porque además empiezan a salir a flote las otras razones que podría explicar la conducta autodestructiva de Hunter y que tienen que ver con un hecho de su pasado remoto, un secreto familiar reprimido pero en plena carrera de retorno. El escenario de este conflicto es esta casa modelo / prisión de lujo, mientras el cuerpo de Hunter es el campo de batalla entre su compulsión, aquello que quiere ser denunciado vs. los intentos de control y dominación de su marido y familia a través de un poder económico que se expresa en médicos, psiquiatras, vigiladores y relaciones sociales , todos ellos medidos en función del único parámetro que conocen que es cuánto dinero les cuestan.

Carlo Mirabella- Davis, en su primer largo de ficción, hace una puesta estilizada y preciosista que se expresan sobre todo en sus estudiados encuadres y en la fotografía. Una puesta que deja ver alguna influencia de Stanley Kubrick y David Fincher y por el lado argumental algo del suspenso de Hitchcock (hay algo de Marnie en Hunter) y las preocupaciones corporales de Cronenberg. Mirabella Davis construye un drama psicológico con elementos de thriller inquietante y por momento perturbador que sin acudir al Body Horror en su versión extrema ni caer tampoco en lo explícito, es capaz de generar en el espectador frecuentes sentimientos de incomodidad.

Pero la estrella del film es su protagonista. Haley Bennett, cuya interpretación le valió unos cuantos premios incluido el del Festival de Tribeca, hace un trabajo notable con ese cuerpo que es no solo el de una futura madre sino el de la madre de todas las batallas. Bennett es capaz de despertar sobre Hunter una genuina empatía y transmitir su fragilidad y vulnerabilidad y a la vez el inevitable distanciamiento cuando entra en la espiral de atentados contra sí misma, y también va dejando entrever de manera sutil pero cada vez más evidente la fuerza que está ahí escondida pugnando por salir. Hunter tiene que salir de esas trampas, la que pretenden cerrar sobre ella y la que ella misma se tiende, y recuperar el control sobre sí misma. Esa fuga hacia adelante puede adquirir la forma por vías sinuosas de un extraño pero efectivo empoderamiento.

SWALLOW
Swallow. Estados Unidos, 2019.
Dirección: Carlo Mirabella-Davis. Intérpretes: Haley Bennett, Austin Stowell, Denis O’Hare, Elizabeth Marvel, David Rasche, Lauren Vélez, Zabryna Guevara, Laith Nakli. Guión: Carlo Mirabella-Davis. Fotografía: Katelin Arizmendi. Montaje: Joe Murphy. Música: Nathan Halpern. Producción: Mollye Asher, Carole Baraton, Frédéric Fiore, Mynette Louie. Producción ejecutiva: Haley Bennett, Sam Bisbee, Constantin Briest, Yohann Comte, Pierre Mazars, Eric Tavitian, Joe Wright. Diseño de producción: Erin Magill. Duración: 94 minutos.

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