Estreno en Cine Ar TV (jueves 5 y sábado 7 de noviembre a las 22) y disponible de manera gratuita desde el 6 de noviembre en Cine.Ar Play

La muerte de un perro, ópera prima de Matías Ganz, demuestra que es posible la articulación de diversos géneros de una manera habilidosa y con escasez de recursos. Pasando de un estado de suspense al de sorpresa, el espectador queda atrapado por un trama sencilla e inquietante que involucra a más de una muerte y a más de un perro.

Cuando Hitchcock decidió adaptar la novela de Boileau y Narcejac, De entre los muertos, para realizar Vértigo (1958) tuvo que resolver un dilema que para él era irresoluble ya que apuntaba a las particularidades intrínsecas del dispositivo literatura y del dispositivo cine. En la novela, el lector debe esperar al final para que se le devele sorpresivamente que Judy es efectivamente Madelaine y, por tanto, que Scotty no delira cuando ve un parecido inédito entre la muerta y su doble. Hitchcock consideró que no era viable que ese efecto sorpresa se pudiera trasladar al cine porque el espectador siempre vería a Kim Novak –en su versión rubia o castaña, elegante o vulgar- y que no caería en la consternación de Scotty. En estas circunstancias, decidió revelar en la mitad de la película no solo la verdadera identidad de Judy, sino además, a través de una carta que ella le escribe a Scotty y que luego destruye, nos cuenta toda la trama: cómo ella es una herramienta de un engaño y él la víctima, la sustitución de cuerpos, el simulacro de un suicidio, etc. En síntesis, en Vértigo no hay sorpresa a partir de este punto sino solo suspenso: ¿de qué manera Scotty descubrirá el engaño? Este motivo sustituirá el de la primera parte de la película que radica en la relación entre Carlotta y Madelaine, una vez más entre una muerta y una viva.

Tal vez La muerte de un perro no sea la obra maestra de Hitchcock, pero demuestra con gran soltura el manejo del suspense e incluso la pequeña sorpresa hacia el final, y no creo casual que exista cierta reminiscencia a Vértigo en la estética del afiche de la película. Podría decirse que toma algo de las enseñanzas de la película del 50 y pone en práctica su adaptabilidad en otros horizontes. Incluso, La muerte de un perro, trabaja con la noción de doble, pero desde otro ángulo.

Mario (Guillermo Arengo) y Silvia (Pelusa Vidal) son una pareja mayor. Él posee una clínica veterinaria y su esposa ya jubilada tiene demasiado tiempo libre. Un pequeño error o distracción deriva en la muerte de “Cookie”, un paciente de Mario y el perro al que alude directa e indirectamente el título de la película. Frente a este cuadro, el veterinario intenta saldar la situación sugiriendo una rápida cremación del animal. La dueña, interpretada por Ana Katz, accede a pesar de su estado de shock; decisión que luego lamenta cuando intuye que se ha llevado a cabo una mala praxis. La situación deriva en una denuncia en redes sociales que resulta difícil de manejar.

Por su lado, Silvia parece obsesionada por la inseguridad reinante que afecta desde hace un tiempo los barrios tranquilos y residenciales de Montevideo. La tensión que impera entre la pareja burguesa, la empleada doméstica –vista como una amenaza constante- y la gente que toca timbre para preguntar “¿tiene algo para dar?” va creando un clima hostil sostenido por unos pocos encuadres, movimientos de cámara y miradas al fuera de campo. La muerte del perro inicial parece operar como una metáfora y sinécdoque simultáneamente. Es metáfora de otra inminente muerte, del “error” de criterio que padece Silvia que ve un perro donde hay un ser humano. Pero también hay una sustitución similar a la sinécdoque en donde la parte vale por el todo, la diferencia de clase es la amenaza y el mal, y debe ser contrarrestada con la vigilancia y el ataque, que desde la lógica de Silvia es solo una maniobra lícita de defensa.

Según Matías Ganz, La muerte de un perro no trata sobre la muerte literal de un perro. Efectivamente, hay aquí un doble sentido. Sin embargo, la operatividad de la trama necesita esa muerte para ser efectiva, es decir, la literalidad.

Pasando por diversas lógicas de género, La muerte de un perro tantea por momentos la comedia incongruente, con interpretaciones actorales ejemplares, no solo de la mano de la pareja principal sino completando la cartografía con los personajes de la hija, el yerno y Lupe, la empleada doméstica. Intercalando estos estereotipos grotescos, emergen recursos que construyen un clima de suspenso y tensión, logrados en gran parte por la maestría del diseño de sonido y la música, a cargo de Sofía Scheps así como de un impecable montaje y una cuidadosa fotografía. Una excelente obra, resultado de un trabajo minucioso y contundente.

LA MUERTE DE UN PERRO
La muerte de un perro. Uruguay / Argentina /Francia, 2019.
Dirección y guión: Matías Ganz. Intérpretes: Guillermo Arengo, Pelusa Vidal, Soledad Gilmet, Lalo Rotavería. Diseño de sonido y música: Sofía Scheps. Dirección de fotografía: Damián Vicente, Miguel Hontou. Montaje: Rodrigo Lappado, Jèrome Brèau. Producción: Nadador Cine, Le Tiro Cine, Les Valseurs.

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