Disponible en la página del Festival de Mar del Plata desde el 21 hasta el 23 de noviembre.

Isabella es, de alguna manera, una película sobre los distintos estados que atraviesa Mariel. Su deseo de convertirse en actriz, su paso por la maternidad, el anhelo de reencontrarse con su hermano y la ambigua relación que entabla con Lucía, su compañera de teatro. Podemos agregar que también trata sobre el deseo o no de ocupar ese espacio simbólico que es el del personaje shakespereanoIsabella-, el cual más allá del debate moral que se le juega, fluctúa entre la duda y la acción. Trata sobre esto, pero al mismo tiempo su verdadero contenido, no es deudor de este precario punteo.

Sabido es que Matías Piñeiro (aquí la entrevista) tiene un modo de construir la narración que debe más al ritmo que al contenido de lo que está representando. De alguna manera, podríamos decir que es este devenir, así como la manera de compaginar sus escenas y secuencias, lo que va edificando la trama. Pero podemos ir un poco más lejos y afirmar que es esta dinámica la que termina por ubicar a la construcción misma de la ficción como uno de los temas centrales de sus propuestas. Porque en última instancia, sea lo que fuera que se narra, siempre encontramos ahí una reflexión sobre el dispositivo narrativo y la puesta en escena.

Parte de sus estrategias, es tomar a la literatura como disparador inicial. Esta operación está desde El hombre robado (2006) –cuyo título toma prestado el del quinto capítulo de Adriana Buenos Aires de Macedonio Fernández– a Hermia & Helena (2016) que retoma Sueño de una noche de verano de Shakespeare. Pero el cruce con otras formas de representación no se agota en la confluencia entre cine y literatura, sino que se extiende a la histórica relación cine y teatro (a las mencionadas podemos sumar Rosalinda (2010) así como al vínculo cine y radio (La princesa de Francia, 2014).

Podría afirmarse que, felizmente, Isabella no escapa a esta dinámica. Es evidente que el camino elegido por este cineasta está lejos de haberse agotado, condición que se refuerza por el hecho de que siempre trabaja con el mismo equipo y elenco. Isabella logra ser novedosa gracias al efecto mismo de la repetición de un patrón.

En este caso, vemos dos disparadores provenientes de otros lenguajes artísticos que logran marcar el flujo de los acontecimientos. Por un lado, la obra de teatro de Shakespeare, Medida por medida, y por otro, la reflexión en torno de las artes visuales. A medida que la paleta de colores (arrancando por el púrpura) se va desplegando, en conjunción con decisiones que hacen a la puesta en escena (la del film, pero también la teatral dentro del film), las acciones y las motivaciones de los personajes van cobrando forma. El procedimiento parece ser sencillo pero lo cierto es que Isabella no es simplemente una película de corte rohmeriano (como casi todas del director) sino que opera como una unidad compleja que se parece más al funcionamiento de un reloj de precisión. Los tiempos narrativos se encuentran escindidos y por tanto el pasado, el futuro, así como el presente cero de la narración se van intercalando. Esto va forzando que el espectador deba armar ese rompecabezas de piezas temporales y espaciales. Pero no es un ejercicio fatuo ni forzado ni tedioso, sino todo lo contrario. En esa nueva cronología que vamos armando en nuestro pensamiento, es en donde la trama realmente cobra sentido y en donde el espectador encuentra una enorme satisfacción.

Al comienzo de la película solo vemos un plano púrpura al tiempo que se escucha la voz en off de Mariel afirmando que este color es el de la ambigüedad y el equilibrio. Efectivamente, mezcla de rojo y azul, el púrpura es por momentos un rojo enfriado y por otros, un azul entibiado. Este sentido encaja a la perfección con el ritual que lleva a cabo la protagonista que consiste en elegir doce piedras, que son de alguna manera doce deseos que uno debería transitar o bien doce ambigüedades. Si al querer lanzar una piedra al agua la duda de esa acción que uno visualiza es demasiado poderosa, la piedra no puede ser lanzada porque uno no está preparado para producir una acción sobre ese deseo. En caso contrario, si uno logra lanzarla, la piedra en el agua se convierte en una promesa de compromiso de una acción. Este ritual o juego aparece de manera reiterada en diversas secuencias y funciona más como un comentario más que como una metáfora de lo que se está narrando.

En síntesis, Isabella es una hermosa película sobre la ambigüedad y duda que inevitablemente se cruzan en el camino y sobre las acciones y decisiones que tomamos en relación a nuestro deseo de ocupar o no el papel que queremos representar. En un punto es el dilema de Isabella en Medida por medida. Pero en la narración de Piñeiro, deseo-duda-acción, no siempre siguen una secuencia cronológica esperable, ni la acción debe necesariamente vincularse con la proyección de un deseo (¿éxito?) inicial.

ISABELLA
De Matías Piñeiro (Argentina, 2020, 80 minutos)

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